Como cada noche, asomaba por la ventana
lo poco que dejaba de él el día. Sin sonrisa, sin alegría. Sus ojos, tristes y
cansados, buscaban en mí algo más que un reflejo, pero no le podía ayudar. No
podía silenciar su llanto, ni calmar su dolor. Sólo podía ver cómo se consumía
cada noche, como también hacía yo.
Dos almas abandonadas, olvidadas. Eso
éramos. No quedaría de nosotros ni el más mínimo recuerdo, pero nos daba igual.
Noche tras noche nos mirábamos, él me contaba sus penas, una y otra vez, yo
sólo permanecía a su lado.
A veces me tomaba las manos, como si no quisiera dejarme escapar, y me juraba lo que jamás podría cumplir.
A veces me tomaba las manos, como si no quisiera dejarme escapar, y me juraba lo que jamás podría cumplir.
Una noche salió, entusiasmado. Me decía
que sabía lo que debía hacer para poder estar junto a mí. Yo negué. Tenía la
certeza de que no podía ser. No sólo acabaría consigo mismo, sino conmigo
también.
La lujuria le cegó, enloqueció. Se subió,
tembloroso, sobre el borde de la ventana y, levantando los brazos, me confesó
amor eterno. Fue doloroso tener que negarlo pero debía evitar, así, que se
hiciera daño.
Triste y desolado no pudo impedir el
llanto. Me pidió, sonriendo, que ese fuera de él, mi último recuerdo. Pensaba
que todo había acabado cuando se escapó de entre mis dedos, cayendo al vacío.
Lloré su pérdida incontables noches, y lo
busqué otras tantas para darle el lugar que se merecía, junto a mí, en el
firmamento. Desde entonces, siempre que surge la oportunidad, nos fundimos en
el cielo.
Jesús Muga
No hay comentarios:
Publicar un comentario