Llevaba horas frente a la máquina de
escribir. Desde que se la regalaron, siempre le había gustado escribir en esa
máquina. Le inspiraba, decía, el olor de la tinta y los sonidos metálicos que
se producían cuando pulsaba cada tecla. El chirriar del carro cada vez que
pasaba a la siguiente línea. El cambiar la hoja, revisándola antes de ponerla
en el montón, era todo un ritual para él. Desde luego, nada que ver con
escribir en un ordenador, donde todo es más artificial. Donde no puedes sentir
el tacto del papel, ni descubrir por ti mismo, tus propios errores. Sólo un
escritor puede sentir su obra si la palpa, si consigue clavar cada letra sobre
el papel. Y, según él, eso sólo es posible cuando se escribe con máquina o a
mano.
Sujetaba con la punta de los dedos lo
poco que del cigarro le quedaba. Hacía tan sólo un instante que había dejado de
escribir para inundar sus sentidos con la puesta de sol. No pudo evitar
recordar cómo se fue, cómo se marchó llevándoselo todo. Dejándole vacío. Su
inspiración lo había abandonado a pesar de que él continuara llenando folios de
letras, de historias; pues no había hecho otra cosa desde que la vio marchar,
salvo escribir.
La madera de la silla crujió cuando se
echó hacia delante. Realmente el crespúsculo era hipnótico. Él se sintió
cautivado por el momento. Hacía ya algún tiempo que había dispuesto todo para
poder escribir en la terraza del ático donde vivía, y así, poder disfrutar de
fugaces momentos como ese. La luz se repartía por el cielo caprichosamente,
dotándolo de unos colores fantásticos, casi imposibles. Tomó la botella de
brandi y dio un buen trago. Le servía para descongestionar las palabras que se
amontonaba en su cabeza, así le era más fácil plasmarlas sobre el papel.
Al soltar la botella, todo se iluminó. La
luna traía consigo algo más que la noche. Puso las manos sobre la máquina y,
sin hacer nada más, las apartó. Las primeras tímidas gotas de lluvia comenzaron
a caer. Liberó la hoja con la que estaba cargada la máquina y la depositó en el
montón, con el resto de hojas llenas de palabras. Respiró hondo y se echó sobre
el respaldo de la silla, dejando caer su cabeza hacia atrás. Siempre le había
gustado sentir la lluvia en su rostro. Esa frescura que sólo proporciona la
naturaleza. Sentía que podía absorber todo el conocimiento y la fuerza que
traía la lluvia.
Las palabras se diluían en el papel
mojado, que se deshacía sobre la mesa. Pero no le importaba que se destruyesen
esas historias, que dejasen de existir. No le importaba lo más mínimo tener que
escribirlas de nuevo. Lo haría, las escribiría de nuevo. No con esas mismas
palabras, ni de la misma forma. Serían historias nuevas, pero las escribiría, pues
es su trabajo: escribir. Es su pasión. Es su vida.
Y aun cuando él no esté, su obra le sobrevivirá, perdurando a lo largo del
tiempo. Recordando su nombre y, quizás, quién un día fue.
Jesús Muga
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