Llega sin que lo esperes, como un terremoto que sacude tus cimientos y destruye tu universo para siempre, pues aunque sabes que algún día se recompondrá, ya nunca volverá a ser igual.
Te destroza, dejándote el alma en pedazos tan pequeños que apenas crees que puedas encontrarlos o que alguien pueda ayudarte a buscarlos, ya que por el camino se van perdiendo pues las manos no abarcan a sujetarlos.
Es como una bomba que apaga todas las luces sumiéndote en la más profunda oscuridad, sin permitirte ver el camino que puede continuar sino más bien un abismo que se extiende como una gran boca negra que te engulle sin que lo puedas evitar.
Nada vuelve a ser igual, nada. Todo cambia y se vuelve más gris, más triste. La felicidad se esfuma, el carácter se transforma y te envuelves en una coraza del más duro metal para evitar que algo así vuelva a pasar. No confías a nadie ese sentimiento tan puro que todo lo puede mejorar. No le cedes a nadie ni la más mínima posibilidad, ya que te encierras en tus propios pensamientos mientras te carcomen por dentro las dudas y el pesar.
No puedes engañarte a ti mismo con las bonitas palabras que les regalas a los demás tratando de ocultar todo cuanto bulle en tu cabeza a toda velocidad. Y hay un momento en el que no sabes si lo correcto es seguir o parar.
Hoy, justo hoy, hace un año que me rompieron el corazón en mil pedazos. Sigue roto y creo que nunca lo voy a arreglar...
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