lunes, 5 de octubre de 2015

Los chicos del coro

Una de esas películas francesas que escapa de los convencionalismos del cine francés para regalarnos
una historia tan dura como épica sobre la superación mediante la motivación en una situación más que complicada.
Una delicia que traspasa la imagen para tocarnos el alma con dulces cantos infantiles. Un drama disfrazado de musical que nos hace entender lo valioso que resulta premiar antes que castigar a la hora de educar y enseñar.

La mezcla de factores tan distanciados entre sí han dado un resultado extraño pero acertado que resulta atractivo. Emplear la figura de un profesor inspirado y decidido a transmitir valores más allá de lo común en una situación convulsa y en la que una serie de impedimentos le acechan constantemente, es algo que hemos visto en el lejano Hollywood en más de una ocasión. Pero este hecho, tan llevado a cabo al otro lado del charco y con tan buenos resultados cosechados, visto a través de la óptica de un cine tan sensible y a la vez visceral como el francés, cobra un nuevo significado dando lugar a algo mucho más auténtico y cercano. Y es esa autenticidad lo que hace única a Los chicos del coro.
Nos encontramos ante una historia de superación. No sólo la de esos alumnos descarriados a los que el director Rachin trata de encaminar a base de palos y en los que ha perdido toda esperanza, pero que logran, ante todo pronóstico, crear algo increíble y sentirse a la par útiles. Un cambio visible para quienes habían sido desahuciados. Es la historia de superación de Clément Mathieu, un músico frustrado que descubre que alguien se puede sentir más realizado al ayudar a otros a descubrir su camino y hacerles sentir importantes, que al tocar en el mejor teatro del mundo ante cientos de desconocidos.
De esta forma, Barratier cumple su máxima de lograr que el espectador reflexione sobre cuestiones relevantes y empatice con sus personajes hasta el punto de que sea el propio espectador el que sufra una conversión que sirva para mejorar no sólo al individuo sino a la sociedad y el lugar en el que vive.
Y lo consigue tirando de lo sutil, lo imperceptible, concediendo mayor importancia a la sensible historia; diluyendo con simpatía una lección de vida humana mediante las acciones y los profundos diálogos, así como con los bellos temas que cantan los chicos, antes que con otros medios.
La escasa profundidad con la que trata un tema tan hiriente como controvertido como es el maltrato infantil o el abuso de poder la hace apetecible incluso para el público más sensible, que llegará a emocionarse, sin lugar a dudas, tanto con el afán de superación de los jóvenes como con la paciencia y dedicación que el profesor tiene hacia ellos.


Todo esto queda retratado de una forma elegante, sin fuegos de artificios innecesarios para que la historia nos llegue sin interferencias de ningún tipo. Los tonos grises predominan, como acompañando el sentir de los alumnos así como lo lúgubre que puede llegar a resultar el sitio en el que se localiza la historia. Algo que en contadas ocasiones difiere con lo que tiene lugar, claro.
Gracias a una elaborada ambientación, Los chicos del coro nos traslada a una Francia en postguerra, a un tiempo en el que el hambre y la podredumbre acechaban tras cada esquina.

Lo vital de esta película es el coro como un personaje con alma propia. Es esa parte que le da sentido a la historia y sobre la que gira todo lo demás. No son sólo las letras de los temas y sus significados, o la musicalidad con las que inundan nuestros oídos, es lo que significa el propio coro en sí: La clandestinidad a la que son empujados casi de forma permanente, el nivel que sus propios componentes se exigen, la unión entre ellos y la lucha por algo para lo que comprenden que sirven. Sentirse útil, al fin y al cabo, es el mejor sentimiento que alguien puede tener. Y el coro lo consigue.
Un detalle a tener en cuenta es que el coro que vemos en imagen no es el que pone sus voces a las canciones. De eso se encarga el coro Les Petits Chanteurs de Saint Marc, aunque el niño solista, Jean-Baptiste Maunier, forma parte tanto del elenco de actores como del coro real. Un auténtico reto ha sido orquestar todo de forma que parezca que esos niños son los que verdaderamente cantan.
Brillante, esencial. La música es imprescindible en esta producción tanto como el realismo que los actores imprimen en su interpretación. Lo visual convive con cada nota musical, otorgando armonía y misticismo; un escape a lo atroz que acontece en el internado El fondo del estanque, cuyo nombre ya augura lo que en él encontraremos.

Los chicos del coro nos deja un buen sabor de boca. Una película de superhéroes sin capa ni poderes pero que logran salvar, sino al mundo sí al entorno al que llegan como verdaderos salvadores.
Para algunos peca de sensiblera pero en verdad es sólo emocionante. Tan sólo se expresa en ella un sentimiento que, seguro, a más de uno nos ha invadido alguna vez durante nuestras vidas. Una lección sobre la superación, sobre encontrar un camino digno por el que caminar.
Un tanto dura en más de una ocasión, quizá siendo tan sólo el reflejo de una realidad que en algún lugar se resista a morir. Queda en esta película reflejada la atrocidad que el poder ejerce sobre cualquier que se encuentre bajo su manto. Una tragedia que encuentra un final feliz al sobrevivir siempre el sentido común y las auténtica justicia.
Probablemente no será la mejor película que alguien vea, pero sí una de esas películas que deja algo sembrado en nuestro interior. 

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