Los números
corrían. Uno tras otro pasaban constantes aunque no lo suficiente rápidos para
mi corta paciencia. Aquel diminuto ascensor parecía más pequeño de lo habitual.
¡Dios! Hacía un calor insoportable…
Lo cierto es
que tenía ganas de llegar a casa, había sido un duro día en la oficina y
necesitaba relajarme aunque fuera por unos segundos. Sí, unos segundos. Porque
estoy segura de que en cuanto mis hijos me vea aparecer por la puerta se
abalanzarán sobre mí y me cubrirán de besos; me contarán con gran entusiasmo
todas y cada una de sus aventuras y no se apartarán de mí ni un segundo. Y mi
marido me sorprenderá con alguna de sus invenciones culinarias para la cena. No
es un gran cocinero, pero el pobre al menos lo intenta. Sabe que llego cansada
y sin pizca de ganas de cocinar. Sin ganas de nada, en realidad. Habrá ayudado
a los niños con los deberes, les habrá duchado y preparado para la cena. Es tan
atento conmigo…
Qué lástima
que todo eso no sea más que una ilusión. Algo con lo que sueño despierta
mientras permanezco inmóvil en la cama, esperando a que se olvide de mí, o al
menos de mis niños, y se duerma por la borrachera. Luego, cuando al fin se
duerme, rezo en silencio porque no me despierte con otra paliza o amenazándome con
hacer algo a mis niños. Y pienso que ojalá fuera tan valiente como esas que
salen en la televisión, ojalá yo fuera una de esas… Pero no lo soy… No lo soy.
Jesús Muga
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