miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lágrimas de color carmín

Los números corrían. Uno tras otro pasaban constantes aunque no lo suficiente rápidos para mi corta paciencia. Aquel diminuto ascensor parecía más pequeño de lo habitual. ¡Dios! Hacía un calor insoportable…
Lo cierto es que tenía ganas de llegar a casa, había sido un duro día en la oficina y necesitaba relajarme aunque fuera por unos segundos. Sí, unos segundos. Porque estoy segura de que en cuanto mis hijos me vea aparecer por la puerta se abalanzarán sobre mí y me cubrirán de besos; me contarán con gran entusiasmo todas y cada una de sus aventuras y no se apartarán de mí ni un segundo. Y mi marido me sorprenderá con alguna de sus invenciones culinarias para la cena. No es un gran cocinero, pero el pobre al menos lo intenta. Sabe que llego cansada y sin pizca de ganas de cocinar. Sin ganas de nada, en realidad. Habrá ayudado a los niños con los deberes, les habrá duchado y preparado para la cena. Es tan atento conmigo…


Qué lástima que todo eso no sea más que una ilusión. Algo con lo que sueño despierta mientras permanezco inmóvil en la cama, esperando a que se olvide de mí, o al menos de mis niños, y se duerma por la borrachera. Luego, cuando al fin se duerme, rezo en silencio porque no me despierte con otra paliza o amenazándome con hacer algo a mis niños. Y pienso que ojalá fuera tan valiente como esas que salen en la televisión, ojalá yo fuera una de esas… Pero no lo soy… No lo soy.
Jesús Muga

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