domingo, 5 de marzo de 2017

500 Días juntos

Pequeña. Brillante. Vibrante. Un canto al desamor, a la caída de ídolos y relaciones idealizadas. Todo un tributo a aquellas historias fugaces que no acaban bien. Y como no podría ser de otra manera, desde el punto de vista de "la victima". Sí. De quien sufre el desamor. De quien no entiende la ruptura ni los motivos de esta. De quien pasa de saber lo que es amar a odiar incluso la propia palabra; a no comprender nada viviendo a medio camino entre la incertidumbre, la esperanza, el dolor y el odio.
Y contado en pequeños fragmentos que debemos unir por nuestra cuenta hasta montar la historia tal cual es. Un soberbio ejercicio que se une por detalles imperceptibles que dan total sentido a la trama una vez ésta queda conclusa en un final enmascarado que nos devuelve la ilusión. Si. Porque el final es como un reinicio, una nueva oportunidad que siempre está ahí incluso cuando no la buscamos. Una bofetada que nos devuelve a la realidad donde no existen los juegos de artificio, ni el destino, ni las casualidades sino las acciones propias que nos impulsan a nuevas circunstancias, experiencias y vivencias.
¿Qué es el amor? Es la pregunta que nos lanza esta película. Dejándonos más que clara la evidencia de que nos hemos convertido en una sociedad incapaz de demostrar o decir lo que siente cara a cara, sin utilizar espejos ni espejismos, poniendo siempre etiquetas a lo que siempre fue y existió sin tener nunca nombre alguno hasta que decidimos darle uno. Del mismo modo nos libera al hacernos conscientes de lo que supone una ruptura, o incluso una relación, y lo patético que es no reconocerla. Si, debemos pasar el duelo, claro, pero una vez superado esto no nos queda más que levantarnos, sacudirnos el polvo, levantar la cabeza y seguir caminando con la mayor dignidad posible hacia nuestro verdadero objetivo, quizá cegado por la necesidad; quizá obviado por el propio amor. Las ilusiones, las falsas esperanzas deben ser abandonadas por nuestro bien, por nuestra propia salud mental. Debemos derrumbar ídolos y no idealizar a las personas porque esto se puede convertir en una obsesión.
Impecables los protagonistas, que nos llevan de la mano con cierta exquisitez y locura por todas aquellas situaciones que los unen y los alejan. Odiamos a Summer, su frescura, su lunar, su pelo, pero quizá la odiamos porque se presenta como un ideal inalcanzable, alguien que sabe que el amor no corresponde con fórmulas sino con sensaciones y sentimientos que pueden surgir de la noche a la mañana. Y por eso la odiamos, pero también la queremos. Y adoramos a Tom, que cándido e inocente cree que todo es posible hasta que su mundo se desquebraja y entonces es empujado a una realidad tremenda que nos hace a todos despertar. Y queremos abofetearle para que espabile del mismo modo que nos abofetearíamos a nosotros mismos. Enormes e inolvidables para siempre en el imaginario de los cinéfilos y esas tribus urbanas que ven su reflejo en ellos. Pues no son algo común.
Y tan originales como ellos, la forma en la que se les representa, en la que se capta cada momento y situación, llevándonos desde una realidad contundente, casi palpable, a una especie de ensoñación en la que el protagonista se resguarda en momentos de difícil digestión. Todo aderezado con una banda sonora sublime, única, que no sólo nos introducirá hasta el fondo de la historia sino que nos hará empatizar aún más con los personajes.

Ñoña para algunos; clásico para otros. Obra de arte para mí. Una historia de (des)amor como nunca antes se había contado. Toda una apuesta que salió triunfante.


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