Dejó sonar el teléfono móvil, ni si
quiera comprobó quién le llamaba. Iba por el paseo marítimo, desde el puerto
deportivo. Sus pasos eran largos y su caminar apresurado. El teléfono sonó de
nuevo.
No tardó en llegar a la cafetería.
Carmen, una vieja amiga, esperaba en la terraza. Tenía el teléfono móvil en una
mano mientras que jugueteaba con los dedos de la otra entre los rizos de su
larga melena castaña.
No tardó en levantarse al ver a Gabriel
llegar. Le dio un beso en la mejilla.
-¿Dónde tienes el móvil? Te he llamado
hace un momento –dijo Carmen mientras se sentaba.
-Ya, no te lo he cogido porque venía de
camino –contestó Gabriel que, antes de sentarse, llamó la atención del
camarero.
-Y, ¿de dónde vienes?
-De la redacción –no tardó Gabriel en
contestar.
-¿Hoy?
-¡Sí, hoy! –sentenció groseramente.
Un silencio incómodo se hizo entre los
dos jóvenes. Carmen tragó saliva y respiró hondo. Gabriel bajó la mirada en
gesto de negación. Sabía que Carmen no merecía ese trato.
-Perdona, no quería…
-No, perdona tú –Gabriel no la dejó
continuar-. Aun…, aun estoy tratando de asimilarlo todo, de acostumbrarme a
esto y llevo unos días un tanto…, estresantes. Es agotador. Ya sabes, por ahora
me toca cubrir lo peor.
Carmen sonrió y alargó su mano hasta
ponerla sobre la de Gabriel. Él también sonrió y la miró a los ojos. Durante un
instante puede que encontrara la paz en aquellos grandes ojos verdosos.
Al llegar el camarero, Carmen retiró la
mano y se acomodó en el butacón de mimbre. Ella pidió un café solo con hielo;
él, un bombón batido. No tardaron en servírselos.
-¿Qué tal te va en el hospital?
-Bien. La verdad es que esperaba que se
me hiciese más cuesta arriba pero todo lo contrario –contestó Carmen mientras
movía enérgicamente el café con la cucharilla-. Y tú, ¿no tienes ningún nuevo
chisme que contarme?
-De momento nada nuevo. –Tras una pausa-
¿Sabes algo del hombre que se lanzó desde el Cerro de San Cristóbal?
-No llegó al hospital. Tú cubriste la
noticia, ¿no?
-Si –contestó Gabriel-. Por lo poco que
nos dijo la policía el hombre se lanzó desde lo alto del cerro. Un intento de
suicidio.
-Es muy raro. No sé con qué intención lo
hizo pero ese es el peor lugar para intentar suicidarse así.
-Nos dijeron que tenía un fuerte golpe en
la cabeza –continuó Gabriel.
-Si, esa fue la causa de la muerte. Se
pudo golpear con alguna mala piedra al caer. Aun así, creo que alguien lo pudo
empujar.
-No creo –dijo tajantemente Gabriel-. Yo
creo que el hombre se acercó demasiado al muro, resbaló y cayó por el barranco
golpeándose la cabeza.
De nuevo se hizo el silencio. Carmen echó
el café en la copa con hielo. Lo echó poco a poco, observando cómo se derretía
el hielo. Después, volvió a moverlo con la cucharilla.
Gabriel raspaba con la pajita el
chocolate del borde de la copa y tomaba un poco del dulce bombón batido.
-Conocí a una chica –dijo Carmen mientras
metía la cucharilla en el vaso vacío-. Es muy simpática.
-Me alegro –contestó él tras un silencio.
-La he hablado de ti.
Gabriel guardó un largo silencio. Ni si
quiera miró a Carmen, tan sólo se limitó a mover su bombón batido con la
pajita.
-Vamos. Deberías pasar página. Hace ya…
-Haga el tiempo que haga –de nuevo,
Gabriel, cortó la conversación de forma brusca-. Te agradezco que trates de
ayudarme pero…, ahora mismo no es el momento.
Antes de que ella pudiera rebatirle nada
llegaron Laura y José, otros dos viejos amigos de Gabriel. Se levantaron para
saludar y todos se sentaron alrededor de la mesa. Pidieron algo para tomar.
Hablaron largo y tendido. Laura y José
les contaron que habían comprando un pequeño piso en el centro de la ciudad.
Tras contarlo, guardaron silencio repentinamente. Todos miraron a Gabriel, que
contemplaba la espuma yacer sobre el culo de la copa. Esperaban quizá una
reacción de él, algún gesto que contara algo, pero él sólo se limitó a sonreír.
Todos supieron que estaba bien, hacía ya
tiempo de aquel desgraciado accidente y las heridas ya estaban sanando.
Pronto llegó el resto. Gabriel se levantó
para saludar a todos, uno por uno. Hacía tiempo que no coincidían todos en la
ciudad. Acercaron un par de mesas más y todos se sentaron. Conversaron durante
horas sobre cómo les iba en sus vidas.
Gabriel se inundó de toda esa felicidad y
olvidó todo por un momento. Sus amigos alabaron su labor como periodista pero
él le restó importancia. Para él no era más que un trabajo que se le daba bien
por pura vocación.
El teléfono de Gabriel volvió a sonar
mientras conversaba con algunos de sus amigos. Lo sacó rápidamente del bolsillo
de su pantalón, descolgó y se lo llevó a la oreja sin mirar quien era. Se
disculpó con un gesto por cortar la conversación antes de hablar.
-Dígame.
-Sé lo que haces –dijo una voz ronca.
-¿Cómo dice? –preguntó inmediatamente
Gabriel frunciendo el ceño.
La llamada se cortó. Gabriel, extrañado,
miró la pantalla de su teléfono para ver el número del teléfono desde el que le
habían llamado. Pero para su sorpresa no había número. Habían hecho la llamada
con número oculto.
Gabriel guardó de nuevo el teléfono. Se
mantuvo en silencio, con un serio gesto de preocupación mientras el resto de
sus amigos continuaban con la conversación.
Carmen se percató de que algo no iba
bien.
-¿Quién te ha llamado, Gabriel?
-No, nadie. Se habían equivocado y han
colgado –contestó él.
Seguía pensando, pero no sabía quién
podía haber llamado. Aquellas palabras machacaban su conciencia. Él era muy
cuidadoso, ¿quién iba a saber nada? Sacó de nuevo el móvil y miró las últimas
llamadas recibidas. Se sorprendió al ver que las seis últimas eran de un número
privado.
Se levantó súbitamente de la silla,
guardando el teléfono en el bolsillo, y puso sobre la mesa un billete de 10
euros.
-Lo siento chicos, pero me tengo que ir
–dijo despidiéndose de todos.
-¿Tan pronto? Vamos, espera un poco. Que
ahora estamos en lo mejor –le dijo uno de sus amigos.
-No puedo tío, tengo que ir urgentemente
a la redacción –respondió enseguida-. Otro día echamos otro rato, me lo he
pasado bien.
-Gabriel, otro día no olvides traerme mi
libro. Que hace ya tiempo que lo tienes –le dijo Laura.
-Sí, descuida. No sé muy bien donde lo
tengo, lo tengo que buscar, pero te prometo que te lo devolveré pronto.
Gabriel se despidió de todos y se marchó.
Sus pasos eran largos, tenía prisa. No
tardó en llegar al puerto deportivo. Paseo durante unas horas por los muelles
del puerto y allí lo vio. Sin duda era él. Estaba sentado en el muelle, cerca
de su barco. Lo observó durante un rato y, justo antes de que anocheciera, se
marchó.
Días más tarde Gabriel volvió al puerto.
Estaba comiendo en el restaurante. Había pedido que lo pusieran en la mesa más
cercana a las ventanas que daban al puerto. Después de comer salió al balcón,
se apoyó sobre la barandilla y le volvió a ver. El anciano llevaba a una niña
de su mano; señalaba con el bastón su barco. Mientras tanto, los padres de la
niña se despedían desde la terraza. Tomarían café mientras que la niña veía el
barco.
Gabriel observó la escena desde lo alto
del balcón. Sin duda alguna, era Carlos.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
Obra original de Jesús Muga
14-Noviembre-2011

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