lunes, 7 de noviembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x01-Las dos caras


Parque Nicolás Salmerón - Almería


Su caminar era lento y sinuoso. Ya llegaba al fin su paseo diario.

Bajó por La Rambla hacia el Parque de Nicolás Salmerón. Portaba un viejo libro en sus manos, ni si quiera lo había abierto. Caminó por el parque buscando el cobijo de los árboles más viejos, sus pasos lo llevaron casi hasta la rotonda de la fuente de los peces.
Allí había un gran árbol. Su espesa copa apenas dejaba pasar la luz mortecina de la tarde, y sus raíces, gruesas y alargadas, dibujaban a su antojo sobre el suelo diversas formas.

Se sentó en el banco más cercano al árbol, puso el libro sobre sus piernas y contempló en silencio, taciturno, la portada. Pocos minutos después un anciano se sentó en el mismo banco, al otro extremo. El joven parecía no haber notado la presencia del anciano, continuaba ensimismado mirando la portada del libro en total silencio.
El anciano le miró sonriendo. No dijo nada, tan sólo observo guardando el mismo silencio. No tardó en apartar sus ojos del chico para mirar lo que acontecía a su alrededor.
Entonces, el joven le observó con disimulo.

El anciano tenía entre sus manos un bastón de madera. Deslizaba su pulgar por el relieve de la empuñadura, una impresionante talla de la cabeza de un águila, y movía de forma nerviosa la pierna izquierda. Tenía el pelo canoso y un espeso bigote, no era muy alto a pesar de su corpulencia.

Justo antes de que el anciano se girase hacia él, volvió súbitamente la vista al libro. El anciano sonrió nuevamente.

-Me gusta venir aquí por la vida que hay –dijo el anciano.

El joven ni se inmutó ante las palabras del anciano. Continuaba mirando el libro, ignorando a propósito todo lo demás.

-Míralos, tan inocentes –continuó el anciano-, sin preocupación alguna. Sin temor a los golpes o placeres que les depararán sus vidas. Cómo me gustaría volver a ser un crio, volver a esa inocencia y despreocupación. Eso sí, sin saber nada de lo que sé, claro –explicó el anciano riéndose-. Por cierto, me llamo Carlos García.

Carlos tendió la mano al joven, pero éste le ignoró una vez más. Tras retirarle la mano reflejando en su rostro la indignación por tal descortesía, el anciano se pasó la mano por la boca y volvió la vista al frente.

-Perdone mi intromisión, no era mi intención molestarle –espetó tajante Carlos-. Pero déjeme decirle algo –mirando de nuevo al joven-. La concentración no aparta a la educación.

Y tras decir esas últimas palabras se inclinó hacia delante apoyando ambas manos sobre el bastón.
No dijeron nada durante un instante. El chico seguía prestando toda su atención a aquel libro mientras que el anciano no apartaba la vista de una niña pequeña.  El joven se percató de lo que estaba ocurriendo, de la expresión que mantenía Carlos en su rostro. En aquel momento sintió más curiosidad por el anciano y aumento su deseo de conocerle.

-Me llamo Gabriel –dijo el joven ante la sorpresa de Carlos.

De nuevo se hizo el silencio. El anciano parecía ser quien le ignorara a él, pero no tardó mucho en volver a acomodarse en el banco y girarse hacia Gabriel.
Se miraron a los ojos manteniendo el gesto serio y una tensión asfixiante. Carlos tomó aire, no pudo evitar fijarse en la novela que sostenía Gabriel sobre sus manos.

-Buena novela. La leí hace años y me pareció una gran historia.
-Aun no la he leído, nunca he abierto este libro –contestó Gabriel.

No esperaba tal respuesta. Le era extraño haberle visto tan absorto en aquella novela y que, a pesar de todo, no la haya leído.

-Aun así, sé más o menos de que trata –explicó Gabriel al ver la cara de asombro de Carlos.
-¿Y por qué aun no lo has leído?
-No quiero llevarme una decepción –contestó tajante Gabriel.

El anciano asintió con la cabeza. No entendía que el chico llevara un libro que probablemente jamás abriría. Aun así, decidió no indagar más.

-Creo que todas las personas tienen dos caras, dos identidades –comenzó a explicar Gabriel-. Una es la visible, la que debemos mostrar al mundo, la correcta ante la sociedad. Lo que debemos ser. La otra es nuestra naturaleza real, la animal. Esa que se comporta mediante el instinto, la necesidad. Esa que debemos ocultar porque moral y socialmente no es la correcta. De eso creo que trata el libro.

Carlos permaneció atónito. No esperaba tal respuesta del joven. Parecía conocer a fondo la historia de aquella novela a pesar de no haberla leído nunca.

-¿Cómo…, cómo puede ser que conozcas tanto de la novela sin haberla leído? –preguntó Carlos con curiosidad.
-Esta historia está más que trillada –explicó Gabriel-. Cada día me cruzo con personas que no son lo que parecen.
-Bueno, todas las personas tienen algo que ocultar.
-Todas no –dijo tajantemente Gabriel.

En el rostro del joven se dibujó una media sonrisa. Carlos se había quedado sin palabras, no sabía que contestar a las palabras de Gabriel.

-Todos tenemos dos caras –dijo Carlos un tanto nervioso.
-Todos tenemos dos caras, pero no cosas que ocultar -aseveró Gabriel.

Carlos frunció el ceño mientras que Gabriel sonreía. Lentamente el joven dirigió su mirada hacia la niña que Carlos miró con tanta atención. El anciano siguió su mirada hasta la niña y rápidamente se giró hacia Gabriel.
Había empalidecido y tragaba saliva, parecía no tener palabras para explicarse.

-No sé en qué estás pensando, pero no es lo que crees –dijo Carlos inmediatamente.
-Todos tenemos algo que ocultar –espetó Gabriel.

Aun sonriendo, Gabriel se levantó del banco y se marchó sin decir nada más.
El viento silbaba entre las copas de los viejos árboles, no tardaría en anochecer y ya todos se despedían del día, preparándose para recibir a la noche. El anciano seguía allí, con aquel libro entre las manos. Gabriel lo había dejado allí, en el banco. Puede que olvidado, puede que a propósito.

Continuará…


Obra original de Jesús Muga
07-Noviembre-2011 




2 comentarios:

  1. Querido Jesús. La historia promete. Esperamos la continuación.
    Un fuerte abrazo, Miguel Muga

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  2. Muchas gracias!! Espero no seguir en la línea sino mejorar la serie en cada capítulo para que os guste a todos.

    Un abrazo,
    Jesús Muga.

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