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| Parque Nicolás Salmerón - Almería |
Su caminar era lento y sinuoso. Ya
llegaba al fin su paseo diario.
Bajó por La Rambla hacia el Parque de
Nicolás Salmerón. Portaba un viejo libro en sus manos, ni si quiera lo había
abierto. Caminó por el parque buscando el cobijo de los árboles más viejos, sus
pasos lo llevaron casi hasta la rotonda de la fuente de los peces.
Allí había un gran árbol. Su espesa copa
apenas dejaba pasar la luz mortecina de la tarde, y sus raíces, gruesas y
alargadas, dibujaban a su antojo sobre el suelo diversas formas.
Se sentó en el banco más cercano al árbol,
puso el libro sobre sus piernas y contempló en silencio, taciturno, la portada.
Pocos minutos después un anciano se sentó en el mismo banco, al otro extremo.
El joven parecía no haber notado la presencia del anciano, continuaba
ensimismado mirando la portada del libro en total silencio.
El anciano le miró sonriendo. No dijo
nada, tan sólo observo guardando el mismo silencio. No tardó en apartar sus
ojos del chico para mirar lo que acontecía a su alrededor.
Entonces, el joven le observó con
disimulo.
El anciano tenía entre sus manos un
bastón de madera. Deslizaba su pulgar por el relieve de la empuñadura, una
impresionante talla de la cabeza de un águila, y movía de forma nerviosa la
pierna izquierda. Tenía el pelo canoso y un espeso bigote, no era muy alto a
pesar de su corpulencia.
Justo antes de que el anciano se girase
hacia él, volvió súbitamente la vista al libro. El anciano sonrió nuevamente.
-Me gusta venir aquí por la vida que hay
–dijo el anciano.
El joven ni se inmutó ante las palabras
del anciano. Continuaba mirando el libro, ignorando a propósito todo lo demás.
-Míralos, tan inocentes –continuó el
anciano-, sin preocupación alguna. Sin temor a los golpes o placeres que les
depararán sus vidas. Cómo me gustaría volver a ser un crio, volver a esa
inocencia y despreocupación. Eso sí, sin saber nada de lo que sé, claro –explicó
el anciano riéndose-. Por cierto, me llamo Carlos García.
Carlos tendió la mano al joven, pero éste
le ignoró una vez más. Tras retirarle la mano reflejando en su rostro la
indignación por tal descortesía, el anciano se pasó la mano por la boca y volvió
la vista al frente.
-Perdone mi intromisión, no era mi
intención molestarle –espetó tajante Carlos-. Pero déjeme decirle algo –mirando
de nuevo al joven-. La concentración no aparta a la educación.
Y tras decir esas últimas palabras se
inclinó hacia delante apoyando ambas manos sobre el bastón.
No dijeron nada durante un instante. El
chico seguía prestando toda su atención a aquel libro mientras que el anciano no
apartaba la vista de una niña pequeña. El
joven se percató de lo que estaba ocurriendo, de la expresión que mantenía
Carlos en su rostro. En aquel momento sintió más curiosidad por el anciano y
aumento su deseo de conocerle.
-Me llamo Gabriel –dijo el joven ante la
sorpresa de Carlos.
De nuevo se hizo el silencio. El anciano
parecía ser quien le ignorara a él, pero no tardó mucho en volver a acomodarse
en el banco y girarse hacia Gabriel.
Se miraron a los ojos manteniendo el
gesto serio y una tensión asfixiante. Carlos tomó aire, no pudo evitar fijarse
en la novela que sostenía Gabriel sobre sus manos.
-Buena novela. La leí hace años y me
pareció una gran historia.
-Aun no la he leído, nunca he abierto
este libro –contestó Gabriel.
No esperaba tal respuesta. Le era extraño
haberle visto tan absorto en aquella novela y que, a pesar de todo, no la haya
leído.
-Aun así, sé más o menos de que trata
–explicó Gabriel al ver la cara de asombro de Carlos.
-¿Y por qué aun no lo has leído?
-No quiero llevarme una decepción
–contestó tajante Gabriel.
El anciano asintió con la cabeza. No
entendía que el chico llevara un libro que probablemente jamás abriría. Aun
así, decidió no indagar más.
-Creo que todas las personas tienen dos
caras, dos identidades –comenzó a explicar Gabriel-. Una es la visible, la que
debemos mostrar al mundo, la correcta ante la sociedad. Lo que debemos ser. La
otra es nuestra naturaleza real, la animal. Esa que se comporta mediante el
instinto, la necesidad. Esa que debemos ocultar porque moral y socialmente no
es la correcta. De eso creo que trata el libro.
Carlos permaneció atónito. No esperaba
tal respuesta del joven. Parecía conocer a fondo la historia de aquella novela
a pesar de no haberla leído nunca.
-¿Cómo…, cómo puede ser que conozcas
tanto de la novela sin haberla leído? –preguntó Carlos con curiosidad.
-Esta historia está más que trillada
–explicó Gabriel-. Cada día me cruzo con personas que no son lo que parecen.
-Bueno, todas las personas tienen algo
que ocultar.
-Todas no –dijo tajantemente Gabriel.
En el rostro del joven se dibujó una
media sonrisa. Carlos se había quedado sin palabras, no sabía que contestar a
las palabras de Gabriel.
-Todos tenemos dos caras –dijo Carlos un
tanto nervioso.
-Todos tenemos dos caras, pero no cosas
que ocultar -aseveró Gabriel.
Carlos frunció el ceño mientras que
Gabriel sonreía. Lentamente el joven dirigió su mirada hacia la niña que Carlos
miró con tanta atención. El anciano siguió su mirada hasta la niña y
rápidamente se giró hacia Gabriel.
Había empalidecido y tragaba saliva,
parecía no tener palabras para explicarse.
-No sé en qué estás pensando, pero no es
lo que crees –dijo Carlos inmediatamente.
-Todos tenemos algo que ocultar –espetó
Gabriel.
Aun sonriendo, Gabriel se levantó del
banco y se marchó sin decir nada más.
El viento silbaba entre las copas de los
viejos árboles, no tardaría en anochecer y ya todos se despedían del día,
preparándose para recibir a la noche. El anciano seguía allí, con aquel libro
entre las manos. Gabriel lo había dejado allí, en el banco. Puede que olvidado,
puede que a propósito.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
07-Noviembre-2011

Querido Jesús. La historia promete. Esperamos la continuación.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, Miguel Muga
Muchas gracias!! Espero no seguir en la línea sino mejorar la serie en cada capítulo para que os guste a todos.
ResponderEliminarUn abrazo,
Jesús Muga.