lunes, 21 de noviembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x03-Ni una lágrima




Sonó el despertador, pero allí no había nadie para pararlo.

Hacía tan sólo unos minutos que el sol acariciaba la imponente Alcazaba. No había subido allí para contemplar el amanecer, ni si quiera las vistas del monumento o cómo la ciudad volvía a la vida desde el cerro. Gabriel observaba atentamente el lugar donde, unas semanas antes, se había despeñado aquel hombre.
Guardaba un respetuoso silencio y apenas se movía. Miraba fijamente al barranco, sumido en sus pensamientos, cuando aquella mujer llegó.

Ninguno dijo nada. Él sabía que estaba allí pero no se giró hacía ella, permaneció inmóvil. La mujer colocó sobre el bajo muro un ramo de flores y comenzó a llorar.
Su llanto apenas rompió el silencio. Gabriel, sin mediar palabra, alargo su brazo hacia ella ofreciéndola un pañuelo. Ella le miró y lo cogió sin más.

-Lo peor de todo es que no merece ni una lágrima –dijo ella enjugando sus lágrimas con el pañuelo.
-No derrames ni una lágrima por aquel que no se las merece –contestó Gabriel tras guardar silencio.
-No sólo lloro por él, sino por haberle permitido que nos arruinara la vida a mi madre y a mí.

Volvió a imperar el silencio en aquel lugar. Gabriel se volvió y, sin mirar a la joven, caminó hasta ponerse a su lado. Puso su mano sobre el hombro de la chica. La miró de reojo y respiró hondamente antes de marcharse. La dejó allí, sumida en su silencioso llanto.
El joven caminó con paso lento hacia su moto, sonriendo. Sonreía complacido, sabiendo que todo estaba bien.

No tardó en llegar desde el Cerro de San Cristóbal a la redacción. A Gabriel le gustaba moverse en moto por la ciudad, era la forma más rápida y cómoda de llegar a los sitios. Y para él la rapidez era importante.
Saludó a algunos de sus compañeros al entrar y fue directo a su mesa para soltar sus cosas. Vanesa no tardó en llamar su atención.

-Mira esto –dijo lanzando dos ejemplares del periódico sobre su mesa.

Gabriel cogió ambos periódicos y miró sus portadas. En uno de ellos venía publicada su noticia, en el otro no.

-¿Y esto? –dijo frunciendo el ceño mientras mostraba los periódicos a Vanesa.
-¿Cómo has llegado tan tarde? –preguntó ella con curiosidad.
-He estado en casa haciendo unas cosas. ¿Qué ha pasado con mi artículo?
-El jefe ha salido de su despacho con la primera edición en la mano buscándote –contestó la mujer apoyándose en la mesa-. Estaba más cabreado de lo común. Ha dejado claro que en cuanto pisarás aquí quería tu culo en su despacho.
-Pues que bien…
-Y eso no es todo.
-Ah, que hay más –ironizó Gabriel.
-Sí, hay más. También ha mandado retirar tu artículo del diario digital con urgencia.

A Gabriel se le torció la sonrisa. No entendía el motivo por el cual habían retirado su artículo de la portada y mucho menos del periódico. Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondamente. Apenas se sentó en su silla, El jefe abrió la puerta de su despacho.

-¡Gabriel! –gritó-. Quiero tu culo en mi despacho ahora mismo.

Cerró la puerta dando un portazo mientras Gabriel se levantaba de un salto de su silla. Vanesa corrió hacia su mesa y él fue rápidamente al despacho. Justo cuando iba a llamar a la puerta, El Jefe la abrió y, con tono serio y cara de pocos amigos, le invitó a entrar. Gabriel tragó saliva antes de hacerlo. Estaba claramente preocupado pero no se permitiría signo de flaqueza ante El Jefe.

-¿Qué quería? –preguntó Gabriel.
-¿Qué es esto?

El jefe le lanzó a Gabriel la primera edición del periódico del día. Él miró la portada y antes de que dijera nada, El Jefe le pidió que abriese el periódico por la primera página. Su artículo estaba marcado con un rotulador rojo.

-Es mi artículo, Señor Pérez.
-Claro que es tu artículo. Artículo que he tenido que retirar forzosamente por falta de veracidad.
-No puede ser, mis fuentes son fiables.
¿Fiables? –Preguntó el Señor Pérez tras una sonora carcajada-. Mira este, o este, o este otro –dijo mientras le enseñaba otros periódicos de la competencia-. En estos dicen que no han cerrado el caso.
-Pueden estar equivocados –se justificó Gabriel.
-¿Todos? –emitió de nuevo una sonora carcajada-. Permíteme dudarlo. Creo que tú eres el que está equivocado –zanjó con firmeza.
-Mi fuente es de fiar, señor. Sabe mejor que nadie acerca del caso y le aseguro que está cerrado. Es más, mi fuente me asegura que aquel hombre se suicidó arrojándose por el barranco del Cerro de San Cristóbal.
-Pues dile a tu fuente que cómo es posible que aun no hayan cerrado el caso, que sigan buscando pruebas de que fue un asesinato –le contestó tajante el Señor Pérez.

Gabriel no supo qué más decir. Se quedó boquiabierto tras escuchar al Señor Pérez decir aquello. No le preocupaba que retiraran su artículo, sino que el caso no estuviera cerrado.

-Gabriel, eres uno de mis mejores efectivos. Tus artículos son los mejores –se sinceró El jefe-, pero no puedes permitirte estos fallos. Para mañana a primera hora quiero un artículo bien redactado sobre el caso –le pidió mientras se encendía un enorme puro.
-Sí señor, para mañana tendrá su artículo. A primera hora –respondió Gabriel.

Salió del despacho sin rumbo aparente. Tenía la mirada perdida, no sabía exactamente qué hacer o a dónde ir. Encontró el camino a su mesa, allí se acercó Vanesa nada más verle. Él se desplomó sobre la silla con ambas manos sobre su rostro.

-¿Qué te ha dicho? –preguntó ella en voz baja.
-Nada, que debo asegurarme de que mis fuentes son fiables y que debo escribir un nuevo artículo sobre el caso para mañana –contestó él con total desgana.
-Y, ¿qué piensas hacer?

Durante un instante Gabriel se mantuvo en silencio. Entonces pareció despertar. Retiró las manos de su rostro, se levantó rápidamente de la silla, recogió su bandolera de encima de la mesa y salió corriendo de la redacción ante la asombrada mirada de sus compañeros.
Corrió a coger su moto y condujo raudo por las calles de Almería hasta llegar a la comisaría. Tenía claro su destino.

Entró, ahora más tranquilo, y se dirigió hacia la ventanilla de información.

-Buenos días. Perdone, ¿puedo ver al Inspector Ramírez por favor? –preguntó nada más llegar.
-Lo siento, pero el Inspector Ramírez está ahora ocupándose de un asunto y me ha pedido que no lo molesten.
-Es urgente, tengo que hablar con él. Dígale que Gabriel está aquí, él sabrá quién soy.
-Ya señor, pero le he dicho que debe esperar. Puede esperar en esos asientos de ahí –dijo señalándole los asientos de la sala de espera.
-Pero…
-Lo siento señor, tendrá que esperar –contestó tajante la mujer.

El joven, resignado, se volvió y ocupó uno de aquellos asientos. Esperó durante unos minutos pacientemente. Y fue al levantarse para irse cuando escuchó una voz familiar.

-Sentimos haberle causado molestias Señor García, ya sabe que ante tal acusación más vale prevenir, y tanto la niña como la madre están un tanto nerviosas y confusas.
-No se preocupe agente. Ustedes sólo velan por la seguridad de todos, es su deber.
-Si me lo permite, le acercaré en coche a su casa –dijo el agente de policía.
-No es necesario hijo, no se preocupe –espetó el anciano.

Gabriel se sentó mientras vio cómo el anciano avanzaba hacia la puerta de salida ayudándose de su bastón de madera. El sonido del golpe del bastón contra el suelo retumbaba en aquella sala. El anciano se paró en la entrada y se giró mirando a Gabriel, levantó el bastón para saludarle.
Gabriel le miró desde su asiento, no movió un dedo ni dijo nada. Estaba completamente perplejo al ver a Carlos en aquella comisaría.

Continuará…

Obra original de Jesús Muga
16-Noviembre-2011 

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