Sonó el despertador, pero allí no había
nadie para pararlo.
Hacía tan sólo unos minutos que el sol
acariciaba la imponente Alcazaba. No había subido allí para contemplar el
amanecer, ni si quiera las vistas del monumento o cómo la ciudad volvía a la
vida desde el cerro. Gabriel observaba atentamente el lugar donde, unas semanas
antes, se había despeñado aquel hombre.
Guardaba un respetuoso silencio y apenas
se movía. Miraba fijamente al barranco, sumido en sus pensamientos, cuando
aquella mujer llegó.
Ninguno dijo nada. Él sabía que estaba
allí pero no se giró hacía ella, permaneció inmóvil. La mujer colocó sobre el
bajo muro un ramo de flores y comenzó a llorar.
Su llanto apenas rompió el silencio.
Gabriel, sin mediar palabra, alargo su brazo hacia ella ofreciéndola un
pañuelo. Ella le miró y lo cogió sin más.
-Lo peor de todo es que no merece ni una
lágrima –dijo ella enjugando sus lágrimas con el pañuelo.
-No derrames ni una lágrima por aquel que
no se las merece –contestó Gabriel tras guardar silencio.
-No sólo lloro por él, sino por haberle
permitido que nos arruinara la vida a mi madre y a mí.
Volvió a imperar el silencio en aquel
lugar. Gabriel se volvió y, sin mirar a la joven, caminó hasta ponerse a su
lado. Puso su mano sobre el hombro de la chica. La miró de reojo y respiró
hondamente antes de marcharse. La dejó allí, sumida en su silencioso llanto.
El joven caminó con paso lento hacia su
moto, sonriendo. Sonreía complacido, sabiendo que todo estaba bien.
No tardó en llegar desde el Cerro de San
Cristóbal a la redacción. A Gabriel le gustaba moverse en moto por la ciudad,
era la forma más rápida y cómoda de llegar a los sitios. Y para él la rapidez
era importante.
Saludó a algunos de sus compañeros al
entrar y fue directo a su mesa para soltar sus cosas. Vanesa no tardó en llamar
su atención.
-Mira esto –dijo lanzando dos ejemplares
del periódico sobre su mesa.
Gabriel cogió ambos periódicos y miró sus
portadas. En uno de ellos venía publicada su noticia, en el otro no.
-¿Y esto? –dijo frunciendo el ceño
mientras mostraba los periódicos a Vanesa.
-¿Cómo has llegado tan tarde? –preguntó
ella con curiosidad.
-He estado en casa haciendo unas cosas.
¿Qué ha pasado con mi artículo?
-El jefe ha salido de su despacho con la
primera edición en la mano buscándote –contestó la mujer apoyándose en la
mesa-. Estaba más cabreado de lo común. Ha dejado claro que en cuanto pisarás
aquí quería tu culo en su despacho.
-Pues que bien…
-Y eso no es todo.
-Ah, que hay más –ironizó Gabriel.
-Sí, hay más. También ha mandado retirar
tu artículo del diario digital con urgencia.
A Gabriel se le torció la sonrisa. No
entendía el motivo por el cual habían retirado su artículo de la portada y
mucho menos del periódico. Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondamente.
Apenas se sentó en su silla, El jefe abrió la puerta de su despacho.
-¡Gabriel! –gritó-. Quiero tu culo en mi
despacho ahora mismo.
Cerró la puerta dando un portazo mientras
Gabriel se levantaba de un salto de su silla. Vanesa corrió hacia su mesa y él
fue rápidamente al despacho. Justo cuando iba a llamar a la puerta, El Jefe la
abrió y, con tono serio y cara de pocos amigos, le invitó a entrar. Gabriel
tragó saliva antes de hacerlo. Estaba claramente preocupado pero no se
permitiría signo de flaqueza ante El Jefe.
-¿Qué quería? –preguntó Gabriel.
-¿Qué es esto?
El jefe le lanzó a Gabriel la primera
edición del periódico del día. Él miró la portada y antes de que dijera nada,
El Jefe le pidió que abriese el periódico por la primera página. Su artículo
estaba marcado con un rotulador rojo.
-Es mi artículo, Señor Pérez.
-Claro que es tu artículo. Artículo que
he tenido que retirar forzosamente por falta de veracidad.
-No puede ser, mis fuentes son fiables.
¿Fiables? –Preguntó el Señor Pérez tras
una sonora carcajada-. Mira este, o este, o este otro –dijo mientras le
enseñaba otros periódicos de la competencia-. En estos dicen que no han cerrado
el caso.
-Pueden estar equivocados –se justificó
Gabriel.
-¿Todos? –emitió de nuevo una sonora
carcajada-. Permíteme dudarlo. Creo que tú eres el que está equivocado –zanjó
con firmeza.
-Mi fuente es de fiar, señor. Sabe mejor
que nadie acerca del caso y le aseguro que está cerrado. Es más, mi fuente me
asegura que aquel hombre se suicidó arrojándose por el barranco del Cerro de
San Cristóbal.
-Pues dile a tu fuente que cómo es
posible que aun no hayan cerrado el caso, que sigan buscando pruebas de que fue
un asesinato –le contestó tajante el Señor Pérez.
Gabriel no supo qué más decir. Se quedó
boquiabierto tras escuchar al Señor Pérez decir aquello. No le preocupaba que
retiraran su artículo, sino que el caso no estuviera cerrado.
-Gabriel, eres uno de mis mejores
efectivos. Tus artículos son los mejores –se sinceró El jefe-, pero no puedes
permitirte estos fallos. Para mañana a primera hora quiero un artículo bien
redactado sobre el caso –le pidió mientras se encendía un enorme puro.
-Sí señor, para mañana tendrá su artículo.
A primera hora –respondió Gabriel.
Salió del despacho sin rumbo aparente.
Tenía la mirada perdida, no sabía exactamente qué hacer o a dónde ir. Encontró
el camino a su mesa, allí se acercó Vanesa nada más verle. Él se desplomó sobre
la silla con ambas manos sobre su rostro.
-¿Qué te ha dicho? –preguntó ella en voz
baja.
-Nada, que debo asegurarme de que mis
fuentes son fiables y que debo escribir un nuevo artículo sobre el caso para mañana
–contestó él con total desgana.
-Y, ¿qué piensas hacer?
Durante un instante Gabriel se mantuvo en
silencio. Entonces pareció despertar. Retiró las manos de su rostro, se levantó
rápidamente de la silla, recogió su bandolera de encima de la mesa y salió
corriendo de la redacción ante la asombrada mirada de sus compañeros.
Corrió a coger su moto y condujo raudo
por las calles de Almería hasta llegar a la comisaría. Tenía claro su destino.
Entró, ahora más tranquilo, y se dirigió
hacia la ventanilla de información.
-Buenos días. Perdone, ¿puedo ver al Inspector
Ramírez por favor? –preguntó nada más llegar.
-Lo siento, pero el Inspector Ramírez
está ahora ocupándose de un asunto y me ha pedido que no lo molesten.
-Es urgente, tengo que hablar con él.
Dígale que Gabriel está aquí, él sabrá quién soy.
-Ya señor, pero le he dicho que debe
esperar. Puede esperar en esos asientos de ahí –dijo señalándole los asientos
de la sala de espera.
-Pero…
-Lo siento señor, tendrá que esperar
–contestó tajante la mujer.
El joven, resignado, se volvió y ocupó
uno de aquellos asientos. Esperó durante unos minutos pacientemente. Y fue al
levantarse para irse cuando escuchó una voz familiar.
-Sentimos haberle causado molestias Señor
García, ya sabe que ante tal acusación más vale prevenir, y tanto la niña como
la madre están un tanto nerviosas y confusas.
-No se preocupe agente. Ustedes sólo
velan por la seguridad de todos, es su deber.
-Si me lo permite, le acercaré en coche a
su casa –dijo el agente de policía.
-No es necesario hijo, no se preocupe –espetó
el anciano.
Gabriel se sentó mientras vio cómo el
anciano avanzaba hacia la puerta de salida ayudándose de su bastón de madera.
El sonido del golpe del bastón contra el suelo retumbaba en aquella sala. El
anciano se paró en la entrada y se giró mirando a Gabriel, levantó el bastón
para saludarle.
Gabriel le miró desde su asiento, no
movió un dedo ni dijo nada. Estaba completamente perplejo al ver a Carlos en
aquella comisaría.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
Obra original de Jesús Muga
16-Noviembre-2011

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