-¡Hola! –Dijo Carmen besándole en las
mejillas-. ¿Pero qué haces tú por aquí?
-Emmm, pues…, aquí –dijo titubeando-. Me
apetecía dar un paseo por el puerto.
-Vaya, pues que coincidencia. Nosotras
también hemos venido a dar un paseo antes de ir a casa.
Gabriel sonrió mirando a Carmen. Tanto
las dos chicas como él guardaban un incómodo silencio. Se miró los zapatos,
tenía las manos en los bolsillos. Rápidamente levantó la vista, mirando a la
joven que acompañaba a Carmen.
-¡Oh!, perdonad. Nos os he presentado aun
–dijo Carmen tras ver como Gabriel miraba a su acompañante-. Ella es Sara, una
de mis primas de Madrid –indicó mirando a Gabriel- y él es Gabriel, un viejo
amigo.
Se quedó quieto, sonriendo. La chica no
sabía si besarle, darle la mano o mantener la distancia. Carmen no tardó en
darse cuenta de la frialdad entre los dos.
-Vamos Gabriel, dale un par de besos
hombre.
Tras sonreír, dio un paso hacia Sara y,
poniendo su mano sobre el hombro de la chica, la besó en las mejillas. Los dos
sonrieron. Y de nuevo se hizo el silencio.
Sara y Gabriel se miraban fijamente,
parecían alejarse de todo. Carmen, complacida, miraba a Gabriel.
-Bueno, ¿qué os parece si vamos a tomar
algo? –Carmen llamó la atención de Gabriel-. Sé de un sitio por aquí que está
bastante bien.
Tanto Gabriel como Sara aceptaron la
proposición. Antes de echar a andar, Gabriel volvió la vista atrás. Buscaba las
luces del barco de Carlos pero no encontró más que oscuridad.
Salieron del puerto y caminaron en
silencio alumbrados por la intensa luz de las farolas de la calle. No tardaron
en llegar al bar de copas al que Carmen los llevaba. Se podían contar con las
manos las personas que había allí.
-En serio, este sitio está muy bien
–alegó Carmen al ver que estaba casi vacío.
-Nadie ha dicho nada –contestó Gabriel.
Se sentaron en una mesa. Gabriel y Sara
pidieron cerveza, mientras que Carmen pidió una tónica. A cada uno le pusieron
con la bebida una buena tapa.
Mantuvieron una conversación amena. Sara
se presentó como una mujer sencilla, alegre y extrovertida, aunque sabía
mantener bien las distancias. Era psicóloga y había venido a Almería por
cuestiones de trabajo, su idea era no quedarse por mucho tiempo.
Gabriel comprobó que con Sara podía
hablar de cualquier tema. Sin duda se sentía más que cómodo con ella.
Las horas pasaron y, tras varias
cervezas, Gabriel vio oportuno marcharse. Se despidió cortésmente de las dos
mujeres y caminó en solitario hasta su casa. Sabía bien que aquella noche había
perdido una gran oportunidad pero le consolaba saber que tendría más opciones.
Al llegar a casa sacó de sus bolsillos
los guantes y el destornillador, poniéndolos sobre la mesa del salón. Se cambió
de ropa para estar más cómodo y se sentó en una silla frente a la mesa. Con un
trapo, limpió concienzudamente el destornillador. Después, se levantó de la
silla y fue hasta su dormitorio, abrió uno de los cajones de la cómoda y ocultó
entre las sábanas el destornillador; los guantes los guardó en otro cajón.
Se echó sobre la cama y cerró los ojos.
Pasaron algunos días en los que Gabriel
no pasó por el puerto. Ni tan si quiera por la zona. Se limitó a ir del trabajo
a casa y viceversa, apenas tuvo contacto con alguno de sus amigos.
Una mañana, bien temprano, a Gabriel le
despertó el sonido del teléfono. Saltó de la cama y corrió hacia el salón. Se
paró ante el teléfono que sonaba de forma estridente. A Gabriel le gustaban las
antiguallas y aquel teléfono no era una excepción. Permaneció inmóvil, ante el
teléfono. Dudaba sobre cogerlo pero, finalmente, lo descolgó.
-Dígame.
-Hola, soy Carmen. ¿Qué tal estás? Llevo
unos días sin saber de ti y ya estaba preocupada.
-Es que ahora ando un poco liado y no
tengo tiempo para nada.
-Ya…, excusas nada más. Bueno, que he
pensado que podríamos quedar esta noche a tomar algo –propuso Carmen.
-No sé si podré.
-Vamos, no pongas excusas antes de oír el
plan... Además, yo no lo he propuesto, ha sido Sara… Me ha dicho de quedar y
que te avisara –se mantuvo en silencio-. Creo que le gustas –dijo con cierto
rintintín.
Gabriel sonrió tras escucharla. Guardó
silencio y lo pensó un instante.
-De acuerdo, esta noche después de las 12
nos vemos en el mismo lugar al que nos llevaste –le propuso Gabriel.
-Vale, allí nos veremos. ¡Y ponte
guapete! –le dijo Carmen antes de colgar.
Aquella tarde Gabriel guardó el
destornillador y los guantes en los bolsillos de su cazadora. Caminó hacia el
puerto y entró por la puerta principal saludando, como siempre, al guarda de
seguridad. Paseó por el puerto sin perder de vista cada movimiento de Carlos.
Al anochecer salió del puerto, de nuevo, por la puerta principal y se despidió
del guarda. Recorrió las calles cercanas para hacer tiempo.
Gabriel miró su reloj, eran cerca de las
22:30. Sabía que Carlos no tardaría en irse al bar. Caminó hacia el puerto pero
esta vez entró por el acceso del bar. Se acercó a la barra y pidió una cerveza.
Tras beber un par de tragos, salió al puerto y se sentó en un banco cercano al
muelle donde estaba amarrado el barco de Carlos. Le vio desde allí salir del
barco e ir al bar. Esperó pacientemente en aquel banco su llegada.
Eran casi las 23:30, se le agotaba el
tiempo y él lo sabía bien. Se puso los guantes. Estaba impaciente, más nervioso
que de costumbre. Movía la pierna de forma impulsiva, no podía hacer nada por
evitarlo. Sentía los pies fríos. Entonces, cuando menos lo esperaba, escuchó a
Carlos venir.
Canturreaba una vieja canción de marinero
y movía en alto su bastón de madera. Caminó por el muelle hacia su barco y
Gabriel lo siguió guardando una corta distancia.
Su respiración se agitó. Tragó saliva.
Sabía que cualquier error le costaría caro por lo que guardó el mayor silencio
posible para evitar que Carlos sospechara. Por suerte aquella noche la
oscuridad jugó en su favor. Las densas nubes cubrían la luna y las luces del
muelle apenas alumbraban un palmo.
Carlos subió al barco. Gabriel esperó en
el muelle, frente al barco, hasta que Carlos abriese la puerta de los
camarotes. Se le cayeron las llaves un par de veces, pero al fin el anciano
consiguió abrir la puerta.
Gabriel subió rápidamente al barco y sacó
el destornillador de su bolsillo. Antes de que Carlos llegara a entrar a los
camarotes, le clavó con fuerza el destornillador en la nuca mientras que con la
mano libre le tapó la boca. El anciano apenas opuso resistencia.
Toda la tensión acumulada escapó a través
de aquel destornillador.
Dejó caer el cuerpo sin vida al suelo y,
raudo, entró al interior del barco. Con ayuda del destornillador desmontó el
asiento del banco, dejando a la vista todas las fotos de niñas desnudas y la
ropa interior que Carlos escondía allí. Después buscó con cierto nerviosismo el
libro que le dejó al anciano en el parque de Nicolás Salmerón, lo encontró sobre
la mesita de su camarote.
No tardó en salir de allí. Caminó con
tranquilidad, con la seguridad de que no había un alma en el puerto en aquel
momento, sabiendo que tardarían unas horas en encontrar el cuerpo. Antes de
entrar al bar se quitó los guantes, les dio la vuelta y los guardó en sus
bolsillos. Tras pagar la cerveza, se dirigió con total calma al bar de copas
donde había quedado con las chicas. Llegó justo a tiempo, esperó en la puerta
del bar a las chicas.
-¡Qué puntual! –dijo Carmen nada más
llegar-. ¿Llevas mucho rato esperando?
-Un rato sólo, no te preocupes. Entremos
–contestó Gabriel cediéndolas el paso con una sonrisa.
Habían tomado un par de copas cuando las
sirenas de los coches de policía llamaron la atención de todos en aquel bar. Salieron
a ver qué pasaba mientras que Gabriel permaneció inmóvil dentro del bar. Los
coches de policía se dirigían al puerto. Sin duda, habían encontrado el cuerpo
de Carlos.
Gabriel se levantó para salir de allí y
nada más abrir la puerta del bar, sonó su teléfono móvil.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
9-Diciembre-2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario