Permaneció en silencio sentado en aquella fría sala. Tenía las manos sobre su regazo y miraba atentamente al vaso de agua que habían colocado frente a él.
En aquella sala no había más que una mesa, el vaso con agua sobre ésta y la silla en la que Gabriel estaba sentado. A su derecha había un espejo alargado pero ni si quiera intentó ver su reflejo en él. Sabía que desde el otro lado del espejo observaban cada uno de sus movimientos con total atención. Él espero paciente a que alguien entrara por la puerta.
En la sala contigua, al otro lado del falso espejo, se encontraba el Inspector Ramírez con uno de sus compañeros.
-¿Ha dicho algo? –preguntó el inspector mirando a Gabriel a través del espejo.
-Aun no. Desde que lo trajo no ha apartado la vista del vaso de agua, ni tan si quiera se ha levantado de la silla.
-Y el resto, ¿ha dicho algo?
-No mucho. Tan sólo el guarda de seguridad del puerto le ha reconocido al verle.
-¿Y qué ha dicho? –preguntó girándose hacia su compañero.
-Ha confirmado que el chico es asiduo a ir al puerto. Incluso le saluda al llegar y se despide al salir. Además, ha añadido que suele ir por la tarde.
-Y la camarera, ¿ha dicho algo?
-Nada en claro. Me ha dicho que pasan demasiadas personas por el bar del puerto como para que pueda llegar a recordar algún rostro. Y me temo que el del chico no ha sido una excepción.
El inspector miró de nuevo al chico a través del cristal. Continuaba hierático, sosegado. A penas movía un músculo y mantenía la vista sobre el vaso. Mientras tanto, el inspector apoyó ambas manos sobre la mesa y agachó la cabeza. Permaneció en silencio, en aquella misma postura, durante más tiempo de lo que habría deseado.
Miles de ideas e hipótesis se cruzaban en su cabeza y temía tener que enfrentarse a ellas. No sabía cómo afrontar aquella extraña situación. Sin duda, algo le decía que Gabriel estaba implicado en el crimen cometido aquella noche, pero le conocía bien y pensaba que nunca sería capaz de hacer algo semejante.
Gabriel era como un hermano pequeño para él y no estaba preparado para algo así. Sin embargo, no le quedaba otra opción que hacer su trabajo lo mejor posible. Por lo que apaciguó sus conflictos, apretó los dientes y, expulsando todo el aire de sus pulmones, levantó la cabeza para mirarlo de nuevo.
-No podemos retenerlo por más tiempo, señor –le dijo su compañero-. ¿Deberás cree que tiene algo que ver con el crimen?
-No lo sé, pero para eso estamos aquí –contestó el inspector mirando a su compañero-. Tan sólo lo retendré unos minutos más –continuó mientras se erguía-. Después, lo llevaremos a casa.
Tras decir esto, el inspector se dirigió hacia la puerta.
-Señor…, -dijo el policía llamando la atención del inspector-. No tiene porque hacerlo usted.
-Debo hacerlo yo –zanjó el inspector mientras abría la puerta.
Entró en la sala donde se encontraba Gabriel con total silencio y parsimonia. Antes de sentarse, tiró sobre la mesa una carpeta de papel con varios documentos dentro. Apenas miró al joven, que esperaba en silencio alguna palabra suya.
Tras sentarse, sacó de la carpeta algunas fotografías y las puso sobre la mesa, frente a Gabriel, el cual no mostró ni el mínimo interés por ellas.
-Mira bien esas fotos –le pidió con firmeza el inspector.
Gabriel permanecía en silencio, mirando al inspector fijamente. Lentamente guió su mirada hacia las fotografías.
-El informe del forense dice que Carlos Díez fue asesinado entre las 23:00 y las 0:15 de la pasada noche a causa del traumatismo en la nuca causado por un destornillador largo. Le atacaron por la espalda –continuó el inspector- y creemos que debió ser alguien zurdo.
-¿Y por qué estoy yo aquí, Nicolás? ¿Por qué me estás interrogando? –preguntó Gabriel notablemente enfadado-. En las horas que llevo aquí nadie ha venido a ofrecerme nada, ni comida ni algo para beber. Como si yo fuera un peligroso criminal. Yo no tengo porque estar aquí y lo sabes.
-Perdona, ha sido culpa mía. Ahora pediré que te traigan algo –se excusó el inspector.
-No quiero nada. Tan sólo irme a mi casa. Yo no he hecho nada.
-Gabriel, no me pongas esto más difícil, por favor.
-Te he dicho que yo no he hecho nada. No tienes ni una prueba contra mí, así que déjame marchar inmediatamente –exigió Gabriel un tanto alterado.
-¡Ya está bien! –Dijo el inspector golpeando la mesa con la mano-. Esto no es un juego, Gabriel. Eres sospechoso de un asesinato.
-¡¿Y qué pruebas tienes contra mí?! –gritó Gabriel enfadado, inclinándose hacia delante.
-¡Te han visto, maldita sea!
La respiración agitada, el sudor frio recorriendo sus sienes y, una sensación de malestar y angustia hundían aun más en su asiento a Gabriel. Trató de seguir sus propios pasos buscando el error, el momento justo en el que le podían haber visto, pero no logró encontrar nada.
-Hay gente que dice haberte visto solo en el puerto en las horas en las que puede haberse cometido el crimen. Por eso eres sospechoso. Gabriel, tan sólo necesito saber la verdad –dijo el inspector para calmar todo lo posible la tensión acumulada.
Gabriel permaneció en su sitio callado y sin apenas moverse. Tragó saliva mientras pensaba en alguna forma de justificar el haber estado allí.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó el inspector al ver su reacción-. Bebe un poco de agua.
-No –contestó tajantemente-, no quiero beber. ¿Quieres saber la verdad? ¿Por qué estaba allí a esas horas? ¿Qué hacía? Te contaré toda la verdad, todo lo que pasó.
-De acuerdo –dijo el inspector tras una pausa-. Puedes empezar cuando quieras.
-El día que fui a hablar contigo a comisaría vi allí a aquella mujer desconsolada hablar contigo sobre lo que ese anciano le había hecho a su hija. Me sonaba su cara de algo y no fue hasta unos días después cuando recordé que la había visto en el puerto con ese anciano. Él se llevó a la niña para enseñarle el barco mientras sus padres terminaban el café.
-¿A dónde quieres ir a parar?
-Déjame terminar –le pidió Gabriel-. No le di mucha importancia al asunto. Hasta que un día paseando por el puerto vi a un hombre abalanzarse sobre Carlos para pegarle y recriminarle, mientras lo apartaban de él, que había abusado de su hija.
Fui atando cabos que me llevaron a pensar que Carlos podía haber abusado de varias niñas, por lo que decidí vigilarle de cerca. Pensaba delatarle, pero necesitaba alguna prueba más concluyente por lo que tenía pensado entrar en su barco y buscar algo que lo pudiera inculpar.
Sabía sus hábitos y sus horarios pero, anoche regresó antes de lo previsto al barco por lo que tuve salir de allí. Después, me fui del puerto al bar donde había quedado con dos amigas. Una de ellas es Carmen, la puedes preguntar cuando quieras. Después me llamó mi jefe y me pidió que fuera al puerto para cubrir la noticia. Eso fue todo lo que hice anoche.
-Cuántas veces te he dicho que no metas las narices donde no debes –dijo resignado el inspector tras escucharle-. Eres sólo un periodista, así que no te excedas en tus labores porque te puedes meter en líos.
-Es todo lo que puedo decirte.
-De acuerdo, pero aun no puedes irte, tengo que corroborar algunas cosas de las que has dicho.
En ese instante, por megafonía llamaron al inspector. Antes de salir, le pidió a Gabriel que esperara allí. Caminó rápidamente hacia la entrada de comisaría donde le esperaba Juan Pérez, el jefe de Gabriel en el periódico.
-¿Puedo hablar con usted en privado? –preguntó Juan dando un fuerte apretón de manos al inspector.
-Por supuesto, acompáñeme a mi despacho.
Los dos entraron al despacho y el inspector no tardó en cerrar la puerta. Se sentó en su sillón y Juan en una silla frente a él.
-Me he enterado de que tienen retenido a Gabriel, ¿es así? –preguntó Juan.
-Sí. ¿Por qué lo pregunta?
-Es por lo de anoche, ¿verdad?
-Sí. ¿Qué sabe usted de lo de anoche? –dijo el inspector inclinándose hacia delante.
-Si me lo permite, yo le contaré toda la verdad sobre lo que hizo anoche Gabriel.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
22-Diciembre-2011
Interesante relato, quedamos a la espera de lo que hizo Gabriel aquella noche.
ResponderEliminarUn cordial saludo.
Ramón