martes, 17 de enero de 2012

La oscuridad en la luz-1x09-Tras el amanecer




Estaban sentados, uno frente al otro. Juan Pérez sacó del bolsillo interior de su chaqueta un puro.

-¿Puedo…? –preguntó levantando el puro entre sus dedos índice y corazón.
-Sí, sí. Descuide.

Nada más recibir la respuesta del inspector Ramírez, se lo llevó a la boca y buscó, con ambas manos, en los bolsillos de su chaqueta. El inspector no tardó en sacar un encendedor de su bolsillo y ofrecérselo. Juan no dudó en cogerlo para encender su puro.

-Gracias, señor Ramírez –dijo tras exhalar una gran bocanada de humo.
-¿Le importa si grabo esta conversación?
-No. Por supuesto, grábelo –contestó devolviéndole el encendedor.
-Bien, recuerde que debe decir antes de la declaración su nombre y lo que antes le he dicho. ¿De acuerdo?
-Sí, no se preocupe. Cuando quiera podemos empezar.
-Adelante –murmuró el inspector mientras daba al botón de su vieja grabadora.
-Mi nombre es Juan Pérez Medina y, en plena posesión de mis facultades, vengo a declarar, libre de coacción alguna, lo siguiente –tras decir esto, dio una calada larga al puro; continuó-: La noche del crimen, Gabriel, el sospechoso de haber asesinado al señor Díez, estaba en el lugar de los hechos –aseveró ante la atenta mirada del inspector Ramírez- y en el justo momento en el que sucedió.
-¿Afirma entonces, señor Pérez, que Gabriel estuvo en el lugar de los hechos cuando estos ocurrieron? –preguntó con seriedad el inspector.
-Sí.
-¿Cómo puede afirmar usted tal cosa sin haber estado en el lugar de los hechos en ese preciso momento?
-Porque fui yo quien le pidió a Gabriel que fuera a ese lugar y en ese momento –dijo Juan Pérez acomodándose en su asiento.

El inspector Ramírez frunció el ceño y tragó saliva. Sorprendido, guardó silencio y se inclinó hacia delante. Miró atónito la pasividad que Juan mostraba tras su confesión. La grabadora seguía recogiendo todo lo que allí se decía.

-Perdone, ¿cómo dice?
-Sí, como lo oye señor Ramírez –espetó Juan tras una sonora carcajada-. Yo mandé a Gabriel ir allí.

El inspector Ramírez no salía de su asombro. No tenía claro nada de aquel asunto y no sabía de qué manera reaccionar. Aquellas declaraciones escapaban a su entendimiento y no comprendía el motivo por el cual Gabriel iría a aquel lugar.

-No se preocupe inspector. Todo tiene una explicación.
-Prosiga entonces –le pidió prestándole toda la atención.
-Gabriel me comentó que tenía algunas sospechas acerca de que Carlos Díez podría estar haciendo cosas un tanto ilegales. Le pregunté sí, realmente, él estaba seguro de afirmar algo así, si tenía pruebas. No tardó en contestarme que vio algo que fue determinante para acrecentar sus sospechas. Por lo que le ofrecí mi total apoyo para buscar pruebas con el fin de delatarlo y tener la primicia de la noticia. Sería algo bueno para el periódico.
-Ya, pero, ¿qué hacía allí Gabriel a la hora del crimen? ¿Cómo puede asegurar que no fue él quien lo hizo?
-¿Cree usted que Gabriel podría matar a alguien? –dijo riéndose-. Yo creo que no.
Pedí a Gabriel que encontrara una prueba cuanto antes y él me dijo que buscaría en su barco, no sabía que lo fuera a hacer anoche, la verdad. Yo no iba a impedírselo, usted sabe tanto como yo cómo es el chico. Cuando me enteré de lo que pasó en el puerto me preocupé. En un principio temí que se pudiera tratar de él. Lo llamé y me dijo que estaba en un bar cercano. Eso me tranquilizó.
-Y, ¿qué hizo en las horas previas a su llamada? En esas horas le perdió la pista, no puede saber lo que hizo -cortó el inspector tajante la declaración de Juan-. ¿Cómo sabe usted que no fue él quien asesino a Carlos Díez cuando éste le descubrió en el barco?
-Tiene razón. Yo no estaba con él. Le pregunté si había conseguido alguna prueba y me contestó que no pudo porque Carlos había vuelto al barco antes de lo que él creía. Por lo que tuvo que irse de allí. Le pregunté, de nuevo, si sabía lo que había pasado en el puerto y me dijo que no. Entonces le pedí que fuera a ver lo que había ocurrido y que cubriese la noticia. Le repito, inspector, que no creo que Gabriel fuera capaz de matar a alguien.
-¿Cómo sabía que lo teníamos aquí retenido?
-Él me dijo que tendría el artículo a primera hora y suele ser muy puntual. Por lo que al no verlo por la redacción pensé que podría estar aquí, sacándole a usted algo de información sobre lo ocurrido. Y mira por donde, resulta ser él parte de la noticia. Irónico, ¿no cree? –terminó de explicarse mientras apagaba su puro, aun a medias, en un enorme cenicero de cristal.

El inspector Ramírez no veía nada claro en la confesión de Juan pero, por otra parte, no tenía ninguna prueba concluyente para culpar a Gabriel. Miraba, taciturno, la grabadora.

-Inspector Ramírez –dijo Juan llamado su atención-, ¿de veras cree usted posible que Gabriel matara a ese anciano?
-La verdad es que no lo sé –dijo el inspector tras levantarse y apagar la grabadora-. Gracias por su ayuda señor Pérez. Si me acompaña.

Los dos hombres salieron del despacho. El inspector Ramírez acompañó a Juan a la salida de la comisaría. Allí se dieron un fuerte apretón de manos y se despidieron. El inspector volvió a la sala de interrogatorios donde le esperaba Gabriel.

-Levántate y acompáñame –le pidió el inspector a Gabriel con seriedad.

Juntos fueron hacia un mostrador.

-Sus pertenencias, ya se va –dijo el inspector a la mujer que se encontraba en el mostrador-. Están a nombre de Gabriel, el número es 2406670.

La mujer abrió con llave la puerta que había tras el mostrador y entró. No tardó en salir con una caja en las manos. Tras ponerla en el mostrador, volvió a cerrar la puerta con llave.

-Aquí tiene sus pertenencias señor Gabriel –y fue nombrando cada objeto que sacaba de la caja-: un teléfono móvil, un mechero, una pequeña libretilla, un lapicero, una cartera de cuero y un libro. ¿Está todo, señor? –preguntó la mujer a Gabriel.
-Sí, está todo. Muchas gracias –contestó mientras guardaba todas sus cosas.

El inspector Ramírez acompañó a Gabriel hasta el vestíbulo y allí se despidió de él.

-Perdona las molestias que te hayamos podido causar. Entiende que es necesario.
-Claro, no te preocupes –espetó Gabriel sonriendo-. Sólo miráis por el bien de la sociedad.

Se dieron un fuerte apretón de manos y Gabriel salió de la comisaría. A tan sólo unos pasos de la puerta de comisaría se encontró con su jefe, Juan Pérez, que se acercó a hablar con él.

-No sé lo que hiciste anoche ni me importa. Pero cuenta con que ésta será la última vez que te salvo el culo.
-¿Cómo sabía…? –preguntó Gabriel extrañado al verle.
-Yo también tengo mis contactos –explicó Juan-. ¿Tienes material para el artículo?
-Sí, señor.
-Ve a casa, descansa y en cuanto puedas te pones con ello. Espero, después de todo, que sea algo bueno y todo esto haya merecido la pena.
-Sí, señor. No le defraudará.

Gabriel se marchó a casa. Y justo antes de entrar por la puerta de su casa, recibió una llamada.

-Te has librado por poco.
-Estoy arto de tus amenazas. ¡Da la cara de una vez! –dijo Gabriel claramente enfadado tras escuchar aquella voz. Tras pronunciarse, la conversación se cortó.

Mientras tanto, el inspector Ramírez estaba reunido en comisaría con sus hombres.

-Vosotros tres os encargaréis de vigilar a Gabriel por turnos rotativos. Él no os conoce, por lo que os será más fácil. Procurad que no se dé cuenta de que lo vigiláis o todo se irá al traste.
-Señor, ¿cree entonces que él pudo tener algo que ver con el asesinato de Carlos Díez? -preguntó uno de sus compañeros.
-Tengo algo más que sospechas…



Continuará…



Obra original de Jesús Muga
13-Enero-2012 

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