lunes, 23 de enero de 2012

La oscuridad en la luz-1x10-Señales de vida



Miraba la punta de sus zapatos. Estaba allí, de pie, esperando a que ella llegara. Levantó la vista y miró buscando el autobús pero aun no había llegado. Llevaba ya tiempo esperando y se estaba empezando a impacientar. Cogió su teléfono móvil para llamar y justo cuando estaba marcando su número, apareció el autobús en la estación.
Se dirigió directamente a la dársena y espero a que el autobús aparcara para ponerse frente a la puerta. Miró a través de los cristales del autobús, buscándola, mientras otros pasajeros bajaban. La vio caminando hacia la parte trasera del autobús y él no tardó en seguirla para esperarla en la puerta. Nada más bajarse, le dio un beso en la mejilla.

No tardaron en sacar su maleta del autobús y salir de la estación.

-¿Cogemos un taxi? –preguntó Sara mirando a su alrededor.
-No. Iremos andando.
-Pero… ¿no está un poquillo lejos de aquí?
-No mucho, iremos dando un paseo. Además, así te despejas un poco del viaje –zanjó Gabriel la conversación.

Gabriel llevaba la maleta y Sara le seguía. Ella no sabía muy bien por dónde le estaba llevando Gabriel, siempre había ido por el mismo sitio a casa y aquella zona no la conocía demasiado bien. Aun así, le siguió sin poner en duda lo que hacía.
Callejearon por las calles que había entre La Rambla y la Avenida del Mediterráneo.

-¿Estás seguro de que es por aquí? –preguntó la chica tras llevar un buen rato andando.
-Claro que es por aquí. Con todo el tiempo que llevas, ¿aun no conoces esta zona de la ciudad?
-Es que siempre suelo ir por calles principales.
-Bueno. No te preocupes. Me conozco bien la ciudad y sé de sobra que esta es una zona segura –dijo Gabriel mirándola.
-Gabriel. Quería darte las gracias por haber venido a recogerme –dijo tras una pausa-. No quería llegar a la estación y sentirme sola –se sinceró Sara.
-De nada mujer. Para eso estamos. Además, tu prima no podía y a mí no me cuesta ningún trabajo venir a recogerte.
-¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? –preguntó Sara tras un largo silencio.
-Más del que puedo recordar –contestó rápidamente Gabriel-.  Llevo aquí toda la vida.
-¿Tus padres también son de aquí?

Tras escuchar aquella pregunta, Gabriel dejó de caminar repentinamente. Sara continuó caminando y se volvió al ver que Gabriel se había parado.
Permaneció en silencio, mirando al suelo. Tras un instante en el que parecía estar completamente ausente, Gabriel levantó la mirada hacia Sara.

-Vamos. Aun queda un rato de camino.

Y tras decir esto, Gabriel continuó caminando. Sara se reparó, viendo, en silencio, cómo él pasaba por su lado. Cabizbajo, entristecido; Gabriel no volvió a pronunciarse y tampoco Sara intentó sacarle alguna palabra más.
No tardaron en llegar a su casa. Gabriel ayudó a subir el equipaje a Sara.

-Bien, pues aquí lo tienes todo –dijo Gabriel poniendo la maleta en el suelo.

Los dos se quedaron en silencio, uno frente al otro. Gabriel evitó cruzar la mirada con Sara mirando, disimuladamente, algunas de las cosas que había en el salón.

-Bueno, pues…, me voy –dijo Gabriel girándose hacia la puerta.
-Espera. ¿No quieres tomar algo? Un café, una cerveza…
-No. Tengo que irme ya. Ya nos veremos –tras contestar, fue hacia la puerta.
-Gabriel –dijo Sara llamando su atención antes de que saliese-. Perdona si lo que te he dicho antes te ha molestado, no era mi intención…
-Descuida –dijo girándose hacia ella-, no pasa nada.

Gabriel se marchó a casa. Caminaba rápido. Yendo, de nuevo, por las calles más recónditas de la ciudad. Aun le quedaba un rato para llegar cuando sonó su teléfono. Era Carmen quien le llamaba.

-Ya era hora de que dieras señales de vida –dijo Carmen nada más descolgar-. Si no te llamo yo ni te preocupas en llamar. ¿Qué tal todo?
-Pues bien. No me puedo quejar. Con mucho trabajo. Y tú, ¿qué tal?
-Bien también. La verdad es que he estado también liada. Oye, ¿qué te parece si quedamos esta noche y hablamos un rato? –preguntó Carmen.
-Pufff… Esta noche no puedo. Acabo de llegar de recoger a tu prima Sara y tengo que adelantar trabajo para mañana.
-Entonces, ¿has ido tú a por ella al final?
-Claro, como tú no podías…
-¿Cómo que no podía? –le interrumpió Carmen-. Pero si yo misma le dije ayer que iría a por ella y me dijo que no hacía falta, que se pillaría un taxi. Además me dijo que era muy probable que viniera en avión.
-Vaya. Pues a mí me llamó hace unos días para decirme que fuera a la estación de tren a recogerla porque tú no podías –contestó Gabriel-. Bueno, no pasa nada –dijo Gabriel tras un breve silencio entre los dos-. Ya está en casa que es lo que importa.
-Ya… Bueno chico, pues si no puedes quedar esta noche, cuando puedas quedar me dices algo y ya está –dijo Carmen un tanto enfadada-. Te dejo, que voy a salir a por unas cosas. Un beso. Adiós.

Colgó antes de que Gabriel pudiera decir algo más. Le extrañó todo aquello pero no quiso darle más importancia de la que realmente tenía.

Al llegar a su casa, subió las escaleras tan rápido como pudo y nada más entrar corrió hacia una de las ventanas.
Movió la cortina lo justo para poder ver lo que pasaba fuera pero evitando que le pudiesen ver a él. No había nada, ni nadie. Esperó paciente y, de pronto, vio como un hombre cruzaba la calle y se ponía frente a su casa. Aquel hombre sacó un teléfono móvil y comenzó a hablar mientras miraba con total atención a las ventanas. Gabriel no pudo evitar sonreír. Sin duda, aquel hombre le llevaba siguiendo todo el día. Ya era la tercera persona a la que pillaba siguiéndole desde lo del puerto.

Gabriel cogió rápidamente su teléfono móvil e hizo una llamada.

-Carmen. Soy yo. Verás, lo he estado pensando mejor y…, creo que deberíamos quedar esta noche para hablar y eso… ¿Qué te parece?
-… ¿Y ese cambio tan repentino de planes? –dijo ella tras un largo silencio-. ¿No te sentirás mal por algo, verdad?
-No, por nada. Que si no quieres quedar no pasa nada…
-No…, perdona. Claro que quiero quedar –respondió Carmen cambiando su actitud-. ¿Me paso por tu casa?
-No. Quedamos mejor en el Cerro a las 10 más o menos. Tengo una sorpresa para ti.
-Vale. Me parece bien. Hasta esta noche. Un beso.
-Venga, un beso guapa –se despidió Gabriel.

Salió en moto. Fue a comprar un ramo de rosas y dio una vuelta por la ciudad antes de subir al Cerro de San Cristóbal. Llegaba con algo más de media hora de antelación y esperó allí, en total oscuridad, mirando cómo lucía la ciudad. Estaba todo tranquilo, apenas se podía oír el murmullo del ruido que provocaba el tráfico.
De una de las calles contiguas al cerro salió, de repente, un coche a gran velocidad que subió hasta el lugar donde él se encontraba. Del coche en marcha, y con las luces cegando a Gabriel, se bajó alguien y se puso justo al lado del coche. Gabriel trató de ver quién era pero le fue imposible por el fuerte destello de las luces.

-No te acerques –le dijo el hombre con voz grave.
-No me lo puedo creer… -dijo Gabriel tras dar una sonora carcajada-. ¿De verdad eres tú?
-Me dijiste que diera la cara. Pues aquí estoy –respondió desafiante-. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Matarme? –dijo levantando los brazos enérgicamente.
-¿Acaso me vas a matar tú?
-Puede que sí –contestó el agresor.

Aquel hombre se llevó una de las manos a la chaqueta y Gabriel, asustado, retrocedió un paso levantando ambas manos y dejando caer el ramo al suelo. Antes de que al hombre le diera tiempo de sacar algo de su chaqueta, otra persona subía hacia el cerro gritándole para que no hiciera nada. El agresor subió inmediatamente a su coche y, a toda velocidad, escapó por el mismo lugar por el que había venido.
Cuando aquella persona llegó al lugar donde estaba Gabriel, le enseñó su placa y le apuntó con su arma. Le pidió al chico que pusiera las manos sobre la cabeza y se arrodillara. El policía le estaba registrando cuando llegó un coche de policía, del cual se bajó el inspector Ramírez, que se dirigió rápidamente hacia Gabriel.

-Pero, ¿qué haces tú aquí? –dijo el inspector, sorprendido, al verlo.
-¿Qué está pasando aquí? –dijo Carmen nada más llegar-. ¿Gabriel? –también se sorprendió al verle en aquella situación.
-La estaba esperando a ella, inspector –dijo Gabriel al verla.

Lo único que rompía el silencio en aquel lugar era la sirena del coche de policía.

-Los dos os venís conmigo –dijo el inspector-. Tenéis que aclararme lo que ha pasado aquí.



Continuará…




Obra original de Jesús Muga
18-Enero-2012 

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