A sus pies cayó un pedazo de pan. No se
levantó del banco para cogerlo, tan sólo alargó su brazo. El niño se acercó a él
tímidamente y Gabriel, sonriendo, alargó su brazo ofreciéndole el trozo de pan.
El pequeño no dudó en cogerlo.
Había estado toda la tarde, como otras
tantas en el último mes, sentado en aquel banco. Contemplando desde aquel
privilegiado lugar todo lo que acontecía en el puerto. Gente paseando, tomando
un helado, echando pan a los peces… Pero algo había llamado su atención
sobremanera.
Cada tarde, dos hombres y una mujer
paseaban por el puerto. Solían ir a media tarde, directamente a la terraza de
la cafetería. Después paseaban durante cerca de hora y media por los muelles
del puerto. Se acercaban a la cafetería para pedir un helado y daban una última
vuelta viendo los barcos antes de irse.
Gabriel se percató de que Carlos apenas
salía de su barco cuando aquellas tres personas paseaban por el puerto.
Permanecía dentro de su barco, o en la cubierta, hasta que se marchaban. Al
anochecer, salía unos minutos para ir al bar del puerto. Regresaba a su barco
un par de horas después, tambaleándose, y ya no volvía a salir hasta el día
siguiente.
Llevaba tanto tiempo observando toda
aquella parafernalia que sabía bien cómo jugar sus cartas.
Comenzó a ir en su moto al puerto.
Siempre aparcaba en el mismo lugar, bajo la atenta mirada de dos de las cinco
cámaras del puerto. Al bajarse de la moto, saludaba al guarda de seguridad del
aparcamiento para después caminar lentamente hasta el banco donde siempre se
sentaba. Desde allí, Gabriel, podía ver con claridad todo lo que hacía Carlos.
Aquella tarde, Carlos parecía malhumorado.
Estaba reparando algo, salía constantemente a por herramientas a la cubierta
del barco. Aquellas tres personas estaban dando el último paseo cerca de su
barco y eso le inquietaba. La claridad del día comenzaba a dar paso a la
oscuridad de la noche y esas tres personas no tardarían en irse. Carlos los vio
alejarse desde la cubierta del barco.
Gabriel se inclinó hacia delante para ver
mejor lo que haría Carlos cuando, sin previo aviso, un hombre se dirigió al
anciano súbitamente. Sin dirigirle ni una palabra saltó a la cubierta del barco
y le propinó un puñetazo; Carlos cayó al suelo.
Antes de que aquel hombre le pudiera
hacer algo más, algunas personas fueron rápidamente a separarlo. Los dos
hombres se volvieron al sentir el alboroto y redujeron al hombre, mientras
tanto, la mujer enseñó a todos los presentes una placa de policía y ayudó a
Carlos a incorporarse. Esposaron al hombre para llevárselo de allí y este
recriminó a Carlos haber abusado de su hija. Él no tardó en negarlo.
Los dos agentes se llevaron al agresor de
allí y la mujer permaneció junto a Carlos, haciéndole algunas preguntas. Trató
de convencerle para llevarle al hospital pero el anciano se negó a recibir
cualquier asistencia médica y pidió que le dejaran solo.
Volvió la tranquilidad a aquel lugar.
Gabriel permaneció allí, inmóvil, observando desde el banco todo lo que Carlos
hacía. El anciano salió un par de veces del barco para asegurarse de que allí
no quedaba ni un alma. Entró una última vez al barco para coger algo y salió apagando
todas las luces. Como cada noche, se fue al bar.
Nada más irse, Gabriel se levantó del
banco y caminó con paso ligero hasta el barco. Se cercioró, mirando a ambos
lados, de que ninguna persona le viera saltar al barco.
Trató de abrir la puerta para entrar en
los camarotes pero estaba cerrada. Carlos se había asegurado de mantener bien
protegida su privacidad. Gabriel buscó por la cubierta del barco
concienzudamente algo que le inculpara. Sólo encontró herramientas esparcidas
por toda la cubierta, algunas cuerdas y restos de comida, nada más.
Volvió a su casa con la certeza de que
Carlos guardaba más de un secreto en aquel barco, alguna prueba que lo culpara
claramente de ser un pederasta y estaba más que decidido a encontrarla.
La tarde siguiente fue de nuevo al
puerto. Aparcó la moto en el mismo lugar y, antes de entrar, saludó
cordialmente y como cada tarde al guarda de seguridad. Caminó hacia el banco
buscando con la mirada a los agentes de policía que cada tarde vigilaban de
cerca a Carlos, pero no los vio. No estaban tomando café ni paseando por el
puerto. A Gabriel no le resultó nada extraño.
Se sentó en el banco y vio desde allí
como Carlos seguía reparando algo en el barco. Tras unas horas, salió a la
cubierta y miró atentamente a su alrededor. Bajó del barco pero esta vez no fue
al bar, salió del puerto.
Nada más salir, Gabriel volvió a ir a
investigar al barco. De nuevo intentó entrar en los camarotes pero estaba la
puerta cerrada. No dudó en forzarla para entrar.
Buscó a conciencia dentro del barco sin
suerte alguna. Allí no había nada fuera de lo normal. Consternado, se sentó en
el sofá frente a la mesa. Desde ahí miró a su alrededor, no encontró nada con
lo que culpar a Carlos. Respiró hondo y se apoyó con ambas manos en el sofá
para levantarse e irse.
Fue al apoyarse cuando crujió aquel
asiento.
Gabriel comprobó que tan sólo crujía una
parte de la banca. Buscó alguna hendidura o alguna forma de poder abrirlo y ver
qué había en su interior. Entonces comprobó que sólo aquella parte estaba
atornillada.
Salió rápidamente a la cubierta y buscó
en la caja de herramientas un destornillador. Cogió uno largo con punta de
estrella y volvió para tratar de abrirlo. Gabriel al fin encontró lo que tanto
había buscado.
Escondido dentro de aquel banco había
algunas fotografías de niñas semidesnudas y algo de ropa interior de mujer.
Estaba revisando las fotografías cuando sintió pasos en la cubierta. Con toda
la rapidez que pudo, guardó todo en el hueco del asiento y lo cerró. Entonces
Carlos entró en el salón.
Permaneció en silencio y quieto, mirando
a su alrededor. Gabriel se escondió bajo la mesa.
-¿Hay alguien aquí? –dijo mientras
golpeaba con su bastón en el suelo.
No se escuchó nada. Tan sólo el crujir
del barco al balancearse por el suave oleaje.
Carlos se quedó un instante allí,
esperando en silencio a escuchar algo que le indicara donde podía estar el
intruso. Muy lentamente caminó con el bastón en la mano al camarote principal.
En ese instante, Gabriel aprovechó pasa escapar de allí lo más rápido posible.
Corrió por el muelle hasta salir del
puerto. Esa noche volvió andando a su casa.
Pasaron algunos días hasta que Gabriel
volvió a ir allí. Esa tarde fue a recoger su moto. Condujo hasta el anochecer
por la ciudad, eso siempre le despejaba.
Volvió a su casa para cenar algo y
después se sentó en el sofá. Permaneció en silencio, mirando el destornillador
que cogió del barco de Carlos. Lo limpió cuidadosamente con un pañuelo de tela
y lo dejó sobre la mesa. Se puso su chaqueta y sus guantes de cuero, y guardó
el destornillador en uno de los bolsillos de su chaqueta.
Salió de casa y caminó hacia el puerto.
Fue despacio, serio. Esperó fuera,
paseando por los aledaños al puerto. Después entró al bar. Tomaba una cerveza
cuando Carlos entró. Pidió una botella de whiskey y un vaso. Se sentó en una
mesa, solo, para beberse la botella. Una hora y media después, Carlos se acercó
a la barra para pagar y salió del bar.
Gabriel se levantó y se puso sus guantes
antes de salir tras él, guardando una distancia pero cada vez más cerca. El
puerto estaba completamente solitario a aquella hora, Gabriel lo sabía bien.
Cada vez estaban más cerca del barco y,
Gabriel, más cerca de Carlos. Metió su mano en el bolsillo y cogió el
destornillador. Estaba seguro de hacerlo cuando una voz llamó su atención.
-¡Gabriel! –gritó Carmen desde el otro
extremo del muelle.
Gabriel se giró sacando la mano del
bolsillo. Carlos también se giró al escuchar la voz y, al ver a Gabriel tras
él, caminó rápidamente hasta el barco. Gabriel se giró hacia el barco viendo
como se marchaba su gran oportunidad de hacer justicia.
Carmen se acercó junto con una chica a
él.
Continuará…
Obra original de Jesús Muga
Obra original de Jesús Muga
30-Noviembre-2011

Pues parece que es un problema del equipo.
ResponderEliminarMe encanta.
Patry.
Gracias!! El capítulo de mañana será bastante intenso. Espero que te guste.
ResponderEliminarNos vemos, un beso!!
Un saludo,
Jesús Muga.