domingo, 2 de noviembre de 2014

Transcendence

Sin pena ni gloria esta producción recuerda a Nolan en lo estético, quizá debido a que la dirige su director de fotografía de confianza, y a una extraña mezcla entre Her y Lucy en el trasfondo que trata de transmitir, eso sí, sin la misma eficacia que éstas.

El Doctor Will Caster, un afamado investigador en inteligencia artificial, trata de crear una compleja máquina capaz de manejar la inteligencia colectiva de todo el mundo junto con emociones humanas. Con su compañera y pareja, Evelyn, y su compañero y mejor amigo, Max Waters, logra su propósito aunque no le llegan a implantar una consciencia a esta máquina. Caster, al igual que otros científicos y parte de su equipo, es atacado por un grupo anti-tecnología, lo que hace que se apresure en introducir una consciencia en la máquina, consiguiendo crear una máquina con habilidades sorprendentes y una consciencia humana. El objetivo de Carter es crear un mundo mejor con ayuda de la tecnología pero los medios para lograrlo no son del gusto de sus compañeros, lo que les hace plantearse un dilema moral entre lo que es correcto y lo que no.

Transcendence trabaja sobre una base que en los últimos tiempos está siendo bastante explotada: El empleo de la inteligencia artificial en concreto y la tecnología en general para mejorar el mundo en el que estamos y nuestras vidas. Un concepto interesante que no logra manejar con el mismo éxito que otras producciones, quizá por la falta de rotundidad, por extenderse demasiado en ciertos aspectos menos interesantes o por la falta de pasión en la interpretación de sus actores y la pasividad con la que se describe todo.
Es llamativo todo lo que trata, sobretodo para quienes amamos los avances tecnológicos, pero aburre cómo lo trata. Adolece de secuencias vacías que no llevan a ninguna parte y que se estancan en una misma premisa: la de que Carter necesita alcanzar una fuente de poder casi ilimitada para llevar a cabo su función; dejando abandonados otros aspectos que podrían haber sido mejor explotados. Y es que apenas profundiza en el conflicto moral que supone crear inteligencia artificial con consciencia, superhumanos capaces de procesar información a elevados niveles. Tan sólo somos testigos de una guerra entre dos bandos poco definidos y una historia de amor poco creíble.

Lo cierto es que esta producción se antoja desconcertante de principio a fin ya que no deja claro lo que quiere transmitir al público. En un principio se nos muestran los avances de Carter como un gran avance, la panacea. A la mitad de la película somos testigos de cómo estos avances pueden suponer un peligro para la humanidad y justo al final comprendemos que el buen uso de la tecnología puede mejorar el planeta y nuestras vidas. Un perfecto juego de manos que no hacen sino aturdirnos para confundir el significado final de la película. Algo negativo y positivo a la vez, ya que cada uno puede sacar sus propias conclusiones después de verla pero al mismo tiempo nos deja desconcertados.
Quizá algo que lapida el interés que pueda despertar el tema que trata sea lo poco atractiva que es la forma en la que lo trata. No es una película entretenida con la que no quedamos pegados a la butaca y en más de una ocasión despertará el bostezo. Una desgracia, ya que podría haber sido más de lo que es.

Con toda probabilidad, la parte más llamativa es casi al final, cuando mediante efectos especiales muy bien elaborados nos muestra las capacidades de la máquina y lo que en realidad quiere hacer. Sin embargo, la parte del conflicto armado deja un sinsabor y para nada resulta impresionante al haberse presentado en pantalla con demasiada simpleza.
Si en algo se ha acertado ha sido en la ambientación, la cuál representa con cierta fidelidad lo que acontece en cada localización, siendo el laboratorio una de las partes más logradas.
Queda clara la falta de rodaje de Pfister en lo que a la labor de realización respecta, con la cuál se limita a mostrar lo que ocurre y poco más. No encontramos planos complejos ni que aporten demasiado a lo que el guión trata de contar. Wally Pfister se limita a describirnos lo que ve sin intentar de darle un significado diferente, el suya propio. No trata de impresionarnos mediante tomas que aporten algo de aire fresco a la producción. Yerra al permanecer impasible mientras los minutos de su película se consumen sin llegar a reflejar con su trabajo lo que transcurre sin más.
Tampoco en el ámbito sonoro cabe destacar nada. No encontramos una banda sonora que vayamos a recordar, y tan sólo se usa para no dejar libre de sonidos algunos momentos.

Por supuesto, la pasividad en la interpretación también hace mucho y es que encontramos a un Johnny Depp demasiado alejado de lo que nos tiene acostumbrados. Quizá asimila demasiado bien el rol de su personaje y es por ello que durante toda la película se muestra como un ser sin vida, hierático. Esta vez ha sido superado por unos secundarios que por momentos parecen desubicados pero cuyos roles han sido bien definidos por sus actores. Depp parece pulular con desgana por los diferentes decorados, no transmite nada, ni tan si quiera como máquina. Con toda probabilidad, una de sus interpretaciones más descafeinadas.
Lo que si encontramos es a una Rebecca Hall expresiva que ha sabido adaptar las emociones de su personaje a cada momento, llevándolo a un climax al final bastante en la línea de lo que vemos durante todo el metraje.
La interpretación de Paul Bettany sigue la línea de su compañera femenina. Aporta sentimentalismo con el personaje que más se cuestiona si lo que experimenta su amigo Carter es lo correcto o no.
También encontramos a un Morgan Freeman bastante alejado de lo que vimos en Lucy, quizá al tener un rol más apartado de la trama principal. Si deja alguna pincelada propia del actor, pero no ahonda lo suficiente en su personaje ni interfiere demasiado en la acción.
Algo parecido le pasa a Cillian Murphy, incapaz de desarrollar su potencial al verse limitado a un secundario que aparece y desaparece de forma constante durante toda la película sin llegar a pertenecer de forma activa a la trama principal.
Kate Mara es la encargada de interpretar a la líder del movimiento anti-tecnología. Agresiva y poco más, le falta algo que la convierta en líder. No ha sabido adaptarse a lo que pedía su personaje y eso se nota, ya que encontramos una villana bastante descafeinada.

Transcendence trata un concepto interesante pero no lo hace atractivo. El empleo de la tecnología para nuestro beneficio es una carta que bien jugada puede suponer la creación de algo importante. Si se hubiera ahondado en esto, el resultado final sería muy distinto. Pero en realidad encontramos una historia de amor enmascarada por una trama que se queda a medias y que no logra el efecto deseado. Poco o nada queda en esta historia del dilema moral que suponen estos experimentos, de los conflictos que podrían tener lugar si algo de esto ocurre.
Es ridículo y poco acertado el planteamiento que se hace de un tema que podría haber dado para mucho más.


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