Un baile entre dos épocas diferentes pero ubicadas en un mismo lugar. En una el suspense es la herramienta sobre la que se asienta su discurso; en la otra, es el terror a base de sustos y el ambiente hostil en el que viven los protagonistas, el que marca una producción en la que se recurre a un objeto cotidiano pero que ha servido para sostener un terror universal como es el espejo. Aunque si es cierto que en esta ocasión se utiliza más bien el objeto como algo maldito que como un portal a otra dimensión, pero en momentos puntuales se saca partido de una forma formidable al propio reflejo del espejo, consiguiendo que adquiera sentido su finalidad y que, a pinceladas, vayamos descubriendo la verdad de lo que ocurre con él
Partiendo de una historia que en su comienzo nos da la sensación de déjà vu y de ser un tanto predecible, pronto nos envuelve con su discurso valiente y laberíntico que logra desconcertarnos mediante la confusión que envuelve a los propios protagonistas y que hace que despierte nuestro interés por descubrir lo que en realidad pasa. Algo que nos mantiene pegado a la pantalla y que sólo nos aparta de ella cuando aparecen, de forma estratégica y bien orquestados, los típicos sustos que parecen alimentar en los últimos años al cine de terror. Una forma inteligente de conseguir que permanezcamos atentos a la película en todo momento y que no nos perdamos ningún detalle para poder comprender una historia enrevesada, llena de misterio y que tiende a fomentar la inquietud en cada una de sus secuencias.
Mike Flanagan, mediante un juego simple pero efectivo de cámaras se encarga de enmarcar todo esto de forma coherente y precisa. Los tiros de cámara están bien ajustados, manteniendo la tensión en todo momento y revelando sólo lo necesario. En algunos momentos, se sirve de la colocación de las cámaras y la escenografía para crear el tipo de situación adecuado en cada secuencia, así como para fabricar situaciones que impresionan y que sirven para alimentar la confusión de los personajes y la nuestra.
El montaje de todos estos planos es el adecuado para este género. Algo simple que guarda la tensión para soltarla en el momento preciso. El salto entre las diferentes épocas apenas es apreciable, algo a lo que el realizador a sacado partido llegando a mezclar ambos espacios temporales para aturdir más a los personajes y desubicarnos a nosotros. Una herramienta factible para esta producción que proporciona circunstancias imposibles con las que se trata de dar una explicación coherente a un acontecimiento sobrenatural y grotesco.
La banda sonora es la típica compuesta por temas en ascendente preparada para potenciar los sustos de los seres que hacen aparición en pantalla así como para liberar la tensión de los momentos más álgidos. Bien implantada y contundente, cumple su función, como todas.
La ambientación ya desde el comienzo deja claro lo que debemos esperar. Ambientes fríos para localizaciones cotidianas, en las que la penumbra y los tonos apagados reinan.
Poco hay que destacar de las actuaciones salvo que no despuntan y se limitan a interpretar a un personaje sin terminar de hacerlo creíble. No hay rostros conocidos, algo positivo ya que así sólo nos centramos en la historia y no tendemos a decantarnos por alguno de los personajes en concreto. Con esto se consigue que veamos las opciones que se nos presentan con cierta distancia y perspectiva, por lo que tenemos en cuenta todas las opciones de principio a fin y esto aumenta nuestro desconcierto sobre la historia y nuestro interés sobre lo que realmente ocurre.
Esta producción bien trata ese concepto de superación de un trauma. El cómo diferentes personas afrontan a su manera un mismo conflicto y cómo tratan de superarlo, y por supuesto, el resultado final a la que cada acción les lleva.
Oculus no es más que otro intento que mama directamente de otras producciones tomando algunos elementos de éstas para lograr lo mismo que todas las del género. El terror da paso a los sustos mediante unos personajes enajenados y meditabundos que no inspiran ni un ápice de confianza que se ven influenciados por un objeto maldito al que se le podría haber sacado más jugo. Se podría decir incluso que es una más del montón si no fuese por eso que la hace diferente: ese juego constante del realizador en el que oculta la realidad de algo que percibimos en el horizonte.
Quizá lo mejor es ese momento sorprendente en el que descubrimos cómo los protagonistas han hecho algo que parecían no haber hecho y el ágil cambio temporal; la genialidad con la que se mezclan dos momentos diferentes en un mismo lugar. Y lo peor quizá sea la falta de terror psicológico del que bien se podría haber hecho uso. Se recurre antes al susto fácil y eso empieza a cansar a los amantes del género, entre los que me sumo.
Esta película es para aquellos que busquen algo más que sustos. Una historia enrevesada que nos va descubriendo su verdad en pequeños detalles.



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