Neds narra la evolución de un joven brillante en un pandillero violento. John McGill, trata de sobrevivir a la reputación de su hermano hasta que comprende que ese estilo de vida tiene sus ventajas. Sucumbe de forma tan drástica, que la realidad le golpea tan fuerte como lo hace él, por lo que la redención no le es sencilla sino la continuación de su tormentoso camino.
Peter Mullan nos trae un análisis bastante interesante sobre la repercusión que tiene la sociedad sobre las personas en un marco inmejorable como es el de las bandas callejeras. Pero lo hace de una forma tosca al representar esto mediante la conversión abrupta e inverosímil de un joven ejemplar en un adolescente violento. No hay una evolución coherente sino un cambio brutal que no ofrece respuestas razonables a dicha conversión. Todo se produce a un ritmo vertiginoso bajo la falsa naturalidad representada por los personajes. La violencia de las acciones, así como de los diálogos, puede suponer un problema a la hora de llegar a un mayor número de público, además de crear una atmósfera negativa que se apodera de toda la producción. Lo explícito de sus brutales acciones muestran la crudeza de una realidad que de la que no queremos ser conscientes o que hemos llegado a normalizar, la negrura que invade esta historia. De igual modo, esos momentos de paranoia cuando el protagonista está bajo los efectos de la droga o de su propia locura, interrumpen la línea respetable bajo la que permanece el conjunto, por lo que, por momentos, la película más bien se aleja de todo aquello que trata con la más estricta seriedad para funcionar como una especie de sátira o broma que no hace más que perjudicar y nublar el verdadero mensaje que pretende lanzar.
Larga, demasiado larga. El exceso de metraje la hace pesada y consigue que perdamos el interés durante varias ocasiones a lo largo de la película. Además, el no tratar el tema de una forma concisa también repercute negativamente en el resultado final, ya que ciertas secuencias no sirven más que de relleno sin llegar a contribuir de forma productiva en la trama principal, lo que hace que se pierda la continuidad y la tensión acumulada tras momentos álgidos en la historia.
Abundan esa situaciones inverosímiles pero reales que pueden hacernos reflexionar e incluso afectarnos y que, sin lugar a dudas, transportan un mensaje claro y conciso. Esta película trata de hacernos entender lo maleable que resulta una persona ante ciertos estímulos. Que debemos ser conscientes del potencial de nuestro entorno y de que la evolución de alguien depende de varios factores, entre ellos la sociedad. También lanza una crítica feroz a una sociedad que llena de prejuicios puede perjudicar a alguien en lugar de ayudarlo.
En realidad, la base de la película, eso que se esconde bajo tanta parafernalia insulsa y falta de significado, resulta ser impecable e interesante. Un verdadero análisis de una sociedad decadente y sin escrúpulos, capaz de mirar a otro lado ante las injusticias y la barbaridad.
Mullan se encarga de representar todo esto de una forma sobria aunque insuficiente, mediante una realización que llama más bien poco nuestra atención. Trata con naturalidad la virulencia de la historia, normalizando aquello que no teme ocultar sino que muestra de forma explícita. Utiliza el inestable movimiento de la cámara al hombro para dotar a la historia de cierto realismo e imprimir más tensión en aquella secuencias en las que tienen lugar peleas o huidas. Las transiciones entre secuencias son tan abruptas como sus saltos temporales, lo que nos desubica momentáneamente y corta la linealidad de la acción de algunas situaciones. La longitud de algunos planos acentúa esto. Exageradamente largos, pausados y monótonos para no contar nada.
La puesta en escena logra una composición de los planos más bien austera aunque equilibrada. Pocas veces, salvo en alguna que otra conversación o en un planos más bien amplio, se muestran varios elementos en diferentes términos, por lo que la profundidad en los planos queda relegada a la profundidad de la localización o decorado en el que se desarrolla la acción. Por su parte, la ambientación y caracterización destacan por conseguir que nos sintamos inmersos en la historia trasladándonos a ese momento histórico en el que las bandas callejeras poblaban las calles de Reino Unido. La fotografía, con unas luces tenues y homogéneas, y unos colores apagados, es la correcta para este tipo de historias, al acentuar lo que se ve en pantalla y corresponder con ello de una forma fiel.
Lo cierto es que el realizador se limita a mostrar lo que quiere contar sin innovar ni arriesgar. Hace visible tanto la violencia en las acciones como la que atañe a lo moral de una forma poco atractiva pero efectiva en cierto modo. Cumple y poco más. No hay nada en la realización que apoye al argumento o que le de un sentido, no hace uso de ningún recurso para narrar de forma audiovisual el guión.
El empleo de la música para esta producción puede resultar algo anecdótico, sin embargo, si prestamos algo de atención, veremos como en los momentos de cambio de McGill se reproduce la misma canción, como símbolo de este cambio y para conectar lo visual con los sonoro en este acontecimientos. Sin embargo, mientras que prácticamente en la totalidad de la película apenas escuchamos alguna canción, en momentos puntuales como las fiestas, la música se emplea de forma directa sobre la acción siendo partícipe de la misma.
En cuanto a los actores cabe destacar la participación de Connor McCarron como el protagonista por su magnífica intervención y su creíble actuación al representar la evolución de su personaje y los cambios de conducta que vive a lo largo de la película. Tan sobrecogedora como aplaudible es también la actuación de Peter Mullan como el padre del protagonista. Un alcohólico maltratador sin compasión que busca redimirse tras un atroz acontecimiento,
El resto del elenco es tan particular como los variopintos personajes que aparecen en pantalla. La mayoría da la talla sin sobresalir del resto con interpretaciones dignas y personajes de caracteres propios y bien definidos.
Neds trata de representar una realidad de la que parece alejarse en ciertos momentos por culpa de un guión en el que hay demasiada paja y una realización dilatada y poco atractiva. Los pilares sobre los que se asienta esta producción son interesantes, tanto como el mensaje que arroja de una forma contundente. Si bien no es recomendable para todos los públicos, menos para las personas sensibles, debería al menos verse para comprender lo necesario que es construir una sociedad sana y sin prejuicios donde criar personas capaces y conscientes de diferenciar el bien del mal, un lugar donde la violencia sea tan sólo una definición y no una forma de vida.
Mullan consigue su propósito a medias, pero nos deja una película para reflexionar. Agresiva y tosca, cuyos detalles son apenas perceptibles pero magníficos. Ésta es una de esas películas para un público más selecto y menos generalizado.
Lo mejor: La base sobre la que asienta la historia y la interpretación de los actores.
Lo peor: La poco atractiva realización, el exceso de metraje y la falta de conexión entre algunas secuencias.



No hay comentarios:
Publicar un comentario