lunes, 5 de diciembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x05-Encuentro inesperado




A sus pies cayó un pedazo de pan. No se levantó del banco para cogerlo, tan sólo alargó su brazo. El niño se acercó a él tímidamente y Gabriel, sonriendo, alargó su brazo ofreciéndole el trozo de pan. El pequeño no dudó en cogerlo.

Había estado toda la tarde, como otras tantas en el último mes, sentado en aquel banco. Contemplando desde aquel privilegiado lugar todo lo que acontecía en el puerto. Gente paseando, tomando un helado, echando pan a los peces… Pero algo había llamado su atención sobremanera.
Cada tarde, dos hombres y una mujer paseaban por el puerto. Solían ir a media tarde, directamente a la terraza de la cafetería. Después paseaban durante cerca de hora y media por los muelles del puerto. Se acercaban a la cafetería para pedir un helado y daban una última vuelta viendo los barcos antes de irse.

Gabriel se percató de que Carlos apenas salía de su barco cuando aquellas tres personas paseaban por el puerto. Permanecía dentro de su barco, o en la cubierta, hasta que se marchaban. Al anochecer, salía unos minutos para ir al bar del puerto. Regresaba a su barco un par de horas después, tambaleándose, y ya no volvía a salir hasta el día siguiente.
Llevaba tanto tiempo observando toda aquella parafernalia que sabía bien cómo jugar sus cartas.

Comenzó a ir en su moto al puerto. Siempre aparcaba en el mismo lugar, bajo la atenta mirada de dos de las cinco cámaras del puerto. Al bajarse de la moto, saludaba al guarda de seguridad del aparcamiento para después caminar lentamente hasta el banco donde siempre se sentaba. Desde allí, Gabriel, podía ver con claridad todo lo que hacía Carlos.
Aquella tarde, Carlos parecía malhumorado. Estaba reparando algo, salía constantemente a por herramientas a la cubierta del barco. Aquellas tres personas estaban dando el último paseo cerca de su barco y eso le inquietaba. La claridad del día comenzaba a dar paso a la oscuridad de la noche y esas tres personas no tardarían en irse. Carlos los vio alejarse desde la cubierta del barco.

Gabriel se inclinó hacia delante para ver mejor lo que haría Carlos cuando, sin previo aviso, un hombre se dirigió al anciano súbitamente. Sin dirigirle ni una palabra saltó a la cubierta del barco y le propinó un puñetazo; Carlos cayó al suelo.
Antes de que aquel hombre le pudiera hacer algo más, algunas personas fueron rápidamente a separarlo. Los dos hombres se volvieron al sentir el alboroto y redujeron al hombre, mientras tanto, la mujer enseñó a todos los presentes una placa de policía y ayudó a Carlos a incorporarse. Esposaron al hombre para llevárselo de allí y este recriminó a Carlos haber abusado de su hija. Él no tardó en negarlo.

Los dos agentes se llevaron al agresor de allí y la mujer permaneció junto a Carlos, haciéndole algunas preguntas. Trató de convencerle para llevarle al hospital pero el anciano se negó a recibir cualquier asistencia médica y pidió que le dejaran solo.

Volvió la tranquilidad a aquel lugar. Gabriel permaneció allí, inmóvil, observando desde el banco todo lo que Carlos hacía. El anciano salió un par de veces del barco para asegurarse de que allí no quedaba ni un alma. Entró una última vez al barco para coger algo y salió apagando todas las luces. Como cada noche, se fue al bar.

Nada más irse, Gabriel se levantó del banco y caminó con paso ligero hasta el barco. Se cercioró, mirando a ambos lados, de que ninguna persona le viera saltar al barco.
Trató de abrir la puerta para entrar en los camarotes pero estaba cerrada. Carlos se había asegurado de mantener bien protegida su privacidad. Gabriel buscó por la cubierta del barco concienzudamente algo que le inculpara. Sólo encontró herramientas esparcidas por toda la cubierta, algunas cuerdas y restos de comida, nada más.
Volvió a su casa con la certeza de que Carlos guardaba más de un secreto en aquel barco, alguna prueba que lo culpara claramente de ser un pederasta y estaba más que decidido a encontrarla.

La tarde siguiente fue de nuevo al puerto. Aparcó la moto en el mismo lugar y, antes de entrar, saludó cordialmente y como cada tarde al guarda de seguridad. Caminó hacia el banco buscando con la mirada a los agentes de policía que cada tarde vigilaban de cerca a Carlos, pero no los vio. No estaban tomando café ni paseando por el puerto. A Gabriel no le resultó nada extraño.
Se sentó en el banco y vio desde allí como Carlos seguía reparando algo en el barco. Tras unas horas, salió a la cubierta y miró atentamente a su alrededor. Bajó del barco pero esta vez no fue al bar, salió del puerto.

Nada más salir, Gabriel volvió a ir a investigar al barco. De nuevo intentó entrar en los camarotes pero estaba la puerta cerrada. No dudó en forzarla para entrar.
Buscó a conciencia dentro del barco sin suerte alguna. Allí no había nada fuera de lo normal. Consternado, se sentó en el sofá frente a la mesa. Desde ahí miró a su alrededor, no encontró nada con lo que culpar a Carlos. Respiró hondo y se apoyó con ambas manos en el sofá para levantarse e irse.
Fue al apoyarse cuando crujió aquel asiento.

Gabriel comprobó que tan sólo crujía una parte de la banca. Buscó alguna hendidura o alguna forma de poder abrirlo y ver qué había en su interior. Entonces comprobó que sólo aquella parte estaba atornillada.
Salió rápidamente a la cubierta y buscó en la caja de herramientas un destornillador. Cogió uno largo con punta de estrella y volvió para tratar de abrirlo. Gabriel al fin encontró lo que tanto había buscado.

Escondido dentro de aquel banco había algunas fotografías de niñas semidesnudas y algo de ropa interior de mujer. Estaba revisando las fotografías cuando sintió pasos en la cubierta. Con toda la rapidez que pudo, guardó todo en el hueco del asiento y lo cerró. Entonces Carlos entró en el salón.

Permaneció en silencio y quieto, mirando a su alrededor. Gabriel se escondió bajo la mesa.

-¿Hay alguien aquí? –dijo mientras golpeaba con su bastón en el suelo.

No se escuchó nada. Tan sólo el crujir del barco al balancearse por el suave oleaje.
Carlos se quedó un instante allí, esperando en silencio a escuchar algo que le indicara donde podía estar el intruso. Muy lentamente caminó con el bastón en la mano al camarote principal. En ese instante, Gabriel aprovechó pasa escapar de allí lo más rápido posible.
Corrió por el muelle hasta salir del puerto. Esa noche volvió andando a su casa.

Pasaron algunos días hasta que Gabriel volvió a ir allí. Esa tarde fue a recoger su moto. Condujo hasta el anochecer por la ciudad, eso siempre le despejaba.
Volvió a su casa para cenar algo y después se sentó en el sofá. Permaneció en silencio, mirando el destornillador que cogió del barco de Carlos. Lo limpió cuidadosamente con un pañuelo de tela y lo dejó sobre la mesa. Se puso su chaqueta y sus guantes de cuero, y guardó el destornillador en uno de los bolsillos de su chaqueta.
Salió de casa y caminó hacia el puerto.

Fue despacio, serio. Esperó fuera, paseando por los aledaños al puerto. Después entró al bar. Tomaba una cerveza cuando Carlos entró. Pidió una botella de whiskey y un vaso. Se sentó en una mesa, solo, para beberse la botella. Una hora y media después, Carlos se acercó a la barra para pagar y salió del bar.
Gabriel se levantó y se puso sus guantes antes de salir tras él, guardando una distancia pero cada vez más cerca. El puerto estaba completamente solitario a aquella hora, Gabriel lo sabía bien.

Cada vez estaban más cerca del barco y, Gabriel, más cerca de Carlos. Metió su mano en el bolsillo y cogió el destornillador. Estaba seguro de hacerlo cuando una voz llamó su atención.

-¡Gabriel! –gritó Carmen desde el otro extremo del muelle.

Gabriel se giró sacando la mano del bolsillo. Carlos también se giró al escuchar la voz y, al ver a Gabriel tras él, caminó rápidamente hasta el barco. Gabriel se giró hacia el barco viendo como se marchaba su gran oportunidad de hacer justicia.
Carmen se acercó junto con una chica a él.

Continuará…


Obra original de Jesús Muga
30-Noviembre-2011 

lunes, 28 de noviembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x04-Grave




Permaneció sentado unos minutos más en aquella sala. Seguía esperando pacientemente al Inspector Ramírez, aunque su paciencia estaba a punto de terminar. En aquel momento no se cuestionó la presencia del anciano en aquel lugar, sabía que tarde o temprano sus dudas quedarían resueltas.

Se levantó enérgicamente y fue de nuevo hacia la ventanilla de información.

-Disculpe. Verá, me urge hablar con el Inspector Ramírez. Si pudiera hacer usted el favor…
-Señor, ya le he dicho que él mismo me ha pedido que no le moleste.
-Lo sé, pero si le dijera que soy yo quien…
-Está reunido y no se le puede molestar, lo siento pero debe esperar a que termine –replicó tajantemente la mujer.
-Mire –dijo Gabriel sacando una tarjeta-, dígale que me llame a este teléfono en cuanto pueda, que es algo urgente.

Justo antes de que Gabriel le diera a la mujer su tarjeta escuchó una voz familiar. El Inspector Ramírez y una mujer venían hablando por el pasillo, desde su despacho.

-Señora, sé bien cómo se siente, pero debe entender que sin pruebas no podemos retener por más tiempo a una persona –explicó Ramírez.
-Sé que él lo hizo, mi niñita…
-Están las dos muy nerviosas –trató de consolar a la mujer-. Lo mejor ahora es que se vaya a casa y permanezca junto a su hija.

El Inspector pidió a uno de sus compañeros que la acompañara hasta su casa. Un joven policía se acercó hasta la mujer y le pidió que le acompañara. Tras dar unos pasos junto al policía, la mujer se volvió hacia el Inspector.

-Sé que ese viejo tocó a mi niña –aseveró llorando.

Tras pronunciarse la mujer, ella y el policía salieron de comisaría. El inspector respiró hondo y se volvió bajando la mirada. Allí, frente a él, estaba Gabriel.

-Vamos –le dijo a Gabriel moviendo la cabeza-. Que no me molesten – se dirigió después a su compañera de la ventanilla de información.

El Inspector puso su mano sobre la espalda de Gabriel guiándole hacia su despacho. Los dos fueron en silencio.
Al entrar al despacho, el Inspector pidió a Gabriel que se sentara en una de las sillas que había frente a su mesa. Mientras tanto, él se dirigió a una de las estanterías situada al lado de su mesa. Buscaba algo entre los libros.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Gabriel desde su asiento con enfado.
-Espera –contestó mientras sacaba algo de entre los libros-. Vienes por esto, ¿verdad?

El Inspector arrojó sobre la mesa la edición del periódico con la noticia de Gabriel sobre el caso del hombre que se suicidó en el Cerro y la edición del mismo periódico sin su noticia. Gabriel se inclinó hacia delante para verlo mejor. Se le escapó una media sonrisa al verlo.
-¿Qué ha pasado? –preguntó el Inspector mientras se sentaba en su silla.
-Sabes bien lo que ha pasado. Me la has jugado Nicolás –sentenció Gabriel.
-En ningún momento te dije que hubiésemos cerrado el caso.
-¡Claro que sí! –gritó Gabriel claramente enfadado-. Me dijiste que había sido un suicidio.
-No. Te dije que aparentaba ser un suicidio según nos dijeron los forenses.

El sonido del silencio volvió a hacerse en el gran despacho. Gabriel permaneció sentado, mirando los dos periódicos. El Inspector se levantó y se sirvió algo de café en un vaso de plástico. Echó algo de café en otro vaso.

-¿Por qué habéis reabierto el caso?
-Realmente nunca se cerró –contestó el Inspector. Poniendo sobre la mesa, frente a Gabriel, uno de los vasos con café-. El cuerpo sigue en la morgue. Los forenses deben volver a examinarlo.
-Pero, ¿qué demonios ha hecho que volváis a tener que examinar el cuerpo?
-Si te cuento esto, no podrás usarlo para ningún artículo en tu periodicucho. ¿Entendido?

Gabriel tomó el vaso y bebió un pequeño sorbo. Tardó en afirmar con la cabeza que no usaría la información para un nuevo artículo.

-Lo digo totalmente enserio. Esta información no se puede filtrar.
-Que sí, que sí. De veras, no diré nada a nadie.
-Confío en que esta vez lo cumplas.
-Vamos. Soy tu colega desde antes que te saliera barba. Joder, si hasta soy el padrino de tu hijo mayor –dijo Gabriel.
-Por eso no quiero que esta vez la cagues. Hay muchas cosas en juego.
-Te lo prometo –dijo uniendo sus dedos índices.
-Déjate de niñerías. –El Inspector volvió a su asiento-. Ayer recibimos una llamada anónima. Nos confesó haber visto cómo alguien golpeaba al Señor Gutiérrez por la espalda en la cabeza, en lo alto del Cerro de San Cristóbal. Después esa persona lo tiró por el barranco y se dio a la fuga huyendo por la parte trasera de la Muralla de Jayrán.

En ese momento un escalofrío atravesó el cuerpo de Gabriel. Quedó boquiabierto, echándose sobre el respaldo de la silla. Apretó los puños y tragó saliva. Procuró que su amigo, el Inspector, no notara su ansiedad.

-Y si lo vio, ¿por qué ha esperado tanto hasta hacer esa declaración? –preguntó rápidamente Gabriel.
-Por temor a que el asesino lo ataque. Por eso te pido que no publiques nada acerca de esto. La vida de una persona puede correr peligro.
-Descuida – espetó Gabriel más sereno-. Y, ¿no sabéis nada de esa persona? Quién puede ser o algo.
-No. Sólo que tiene una voz ronca, grave. Y nos pidió que examináramos todo bien en busca de pruebas. Nos dijo además, que los matorrales suelen esconder secretos –explicó el Inspector-. Tras declarar dijo que hablaría sólo cuando encontráramos más pruebas, por su propia seguridad.
-¿Y no pudiste convencerle de que su seguridad estaba garantizada?
-No. Ese hombre tiene bastante miedo. Cree que el asesino puede andar tras él.
-¿Tenéis alguna idea de quién puede haber sido el asesino? –Preguntó Gabriel-. ¿Alguna prueba o algo?
-De momento creemos que pudo haber sido un ajuste de cuentas –contestó tras haber negado con la cabeza.
-¿Drogas o armas?
-No, nada de eso –contestó rápidamente Nicolás-. Al Señor Gutiérrez le gustaba bastante el juego. Hacer apuestas que no podía pagar y cosas así. Creemos que pudo haber quedado en el Cerro con alguien para saldar alguna cuenta o llegar a un acuerdo y las cosas se torcieron. Basamos la investigación en eso.

Gabriel respiró aliviado. Asintió con la cabeza. Tras un instante de silencio, se levantó de su asiento y tomó lo que quedaba de café en el vaso.

-Bueno, debo marcharme ya. Tengo un artículo que escribir.
-Espera, espera –dijo rápidamente el Inspector mientras se levantaba-. Sabes que de esto…
-Ya, descuida –le interrumpió Gabriel-. Es para arreglar el malentendido del artículo poco veraz de esta mañana. Nos vemos –dijo sonriendo.

Ambos amigos se despidieron con un fuerte abrazo y Gabriel se marchó de la comisaría. Fue directo a la redacción para escribir un nuevo artículo sobre el caso. Después se marchó a casa.

Al llegar, justo al entrar por la puerta, recibió una llamada desde un número oculto al teléfono de su casa.

-¿Sí? –dijo descolgando el teléfono.
-Pronto todos sabrán la verdad.

Empalideció al escuchar aquella voz grave. Gabriel no tardó en colgar el teléfono.

Continuará…


Obra original de Jesús Muga
25-Noviembre-2011 

lunes, 21 de noviembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x03-Ni una lágrima




Sonó el despertador, pero allí no había nadie para pararlo.

Hacía tan sólo unos minutos que el sol acariciaba la imponente Alcazaba. No había subido allí para contemplar el amanecer, ni si quiera las vistas del monumento o cómo la ciudad volvía a la vida desde el cerro. Gabriel observaba atentamente el lugar donde, unas semanas antes, se había despeñado aquel hombre.
Guardaba un respetuoso silencio y apenas se movía. Miraba fijamente al barranco, sumido en sus pensamientos, cuando aquella mujer llegó.

Ninguno dijo nada. Él sabía que estaba allí pero no se giró hacía ella, permaneció inmóvil. La mujer colocó sobre el bajo muro un ramo de flores y comenzó a llorar.
Su llanto apenas rompió el silencio. Gabriel, sin mediar palabra, alargo su brazo hacia ella ofreciéndola un pañuelo. Ella le miró y lo cogió sin más.

-Lo peor de todo es que no merece ni una lágrima –dijo ella enjugando sus lágrimas con el pañuelo.
-No derrames ni una lágrima por aquel que no se las merece –contestó Gabriel tras guardar silencio.
-No sólo lloro por él, sino por haberle permitido que nos arruinara la vida a mi madre y a mí.

Volvió a imperar el silencio en aquel lugar. Gabriel se volvió y, sin mirar a la joven, caminó hasta ponerse a su lado. Puso su mano sobre el hombro de la chica. La miró de reojo y respiró hondamente antes de marcharse. La dejó allí, sumida en su silencioso llanto.
El joven caminó con paso lento hacia su moto, sonriendo. Sonreía complacido, sabiendo que todo estaba bien.

No tardó en llegar desde el Cerro de San Cristóbal a la redacción. A Gabriel le gustaba moverse en moto por la ciudad, era la forma más rápida y cómoda de llegar a los sitios. Y para él la rapidez era importante.
Saludó a algunos de sus compañeros al entrar y fue directo a su mesa para soltar sus cosas. Vanesa no tardó en llamar su atención.

-Mira esto –dijo lanzando dos ejemplares del periódico sobre su mesa.

Gabriel cogió ambos periódicos y miró sus portadas. En uno de ellos venía publicada su noticia, en el otro no.

-¿Y esto? –dijo frunciendo el ceño mientras mostraba los periódicos a Vanesa.
-¿Cómo has llegado tan tarde? –preguntó ella con curiosidad.
-He estado en casa haciendo unas cosas. ¿Qué ha pasado con mi artículo?
-El jefe ha salido de su despacho con la primera edición en la mano buscándote –contestó la mujer apoyándose en la mesa-. Estaba más cabreado de lo común. Ha dejado claro que en cuanto pisarás aquí quería tu culo en su despacho.
-Pues que bien…
-Y eso no es todo.
-Ah, que hay más –ironizó Gabriel.
-Sí, hay más. También ha mandado retirar tu artículo del diario digital con urgencia.

A Gabriel se le torció la sonrisa. No entendía el motivo por el cual habían retirado su artículo de la portada y mucho menos del periódico. Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondamente. Apenas se sentó en su silla, El jefe abrió la puerta de su despacho.

-¡Gabriel! –gritó-. Quiero tu culo en mi despacho ahora mismo.

Cerró la puerta dando un portazo mientras Gabriel se levantaba de un salto de su silla. Vanesa corrió hacia su mesa y él fue rápidamente al despacho. Justo cuando iba a llamar a la puerta, El Jefe la abrió y, con tono serio y cara de pocos amigos, le invitó a entrar. Gabriel tragó saliva antes de hacerlo. Estaba claramente preocupado pero no se permitiría signo de flaqueza ante El Jefe.

-¿Qué quería? –preguntó Gabriel.
-¿Qué es esto?

El jefe le lanzó a Gabriel la primera edición del periódico del día. Él miró la portada y antes de que dijera nada, El Jefe le pidió que abriese el periódico por la primera página. Su artículo estaba marcado con un rotulador rojo.

-Es mi artículo, Señor Pérez.
-Claro que es tu artículo. Artículo que he tenido que retirar forzosamente por falta de veracidad.
-No puede ser, mis fuentes son fiables.
¿Fiables? –Preguntó el Señor Pérez tras una sonora carcajada-. Mira este, o este, o este otro –dijo mientras le enseñaba otros periódicos de la competencia-. En estos dicen que no han cerrado el caso.
-Pueden estar equivocados –se justificó Gabriel.
-¿Todos? –emitió de nuevo una sonora carcajada-. Permíteme dudarlo. Creo que tú eres el que está equivocado –zanjó con firmeza.
-Mi fuente es de fiar, señor. Sabe mejor que nadie acerca del caso y le aseguro que está cerrado. Es más, mi fuente me asegura que aquel hombre se suicidó arrojándose por el barranco del Cerro de San Cristóbal.
-Pues dile a tu fuente que cómo es posible que aun no hayan cerrado el caso, que sigan buscando pruebas de que fue un asesinato –le contestó tajante el Señor Pérez.

Gabriel no supo qué más decir. Se quedó boquiabierto tras escuchar al Señor Pérez decir aquello. No le preocupaba que retiraran su artículo, sino que el caso no estuviera cerrado.

-Gabriel, eres uno de mis mejores efectivos. Tus artículos son los mejores –se sinceró El jefe-, pero no puedes permitirte estos fallos. Para mañana a primera hora quiero un artículo bien redactado sobre el caso –le pidió mientras se encendía un enorme puro.
-Sí señor, para mañana tendrá su artículo. A primera hora –respondió Gabriel.

Salió del despacho sin rumbo aparente. Tenía la mirada perdida, no sabía exactamente qué hacer o a dónde ir. Encontró el camino a su mesa, allí se acercó Vanesa nada más verle. Él se desplomó sobre la silla con ambas manos sobre su rostro.

-¿Qué te ha dicho? –preguntó ella en voz baja.
-Nada, que debo asegurarme de que mis fuentes son fiables y que debo escribir un nuevo artículo sobre el caso para mañana –contestó él con total desgana.
-Y, ¿qué piensas hacer?

Durante un instante Gabriel se mantuvo en silencio. Entonces pareció despertar. Retiró las manos de su rostro, se levantó rápidamente de la silla, recogió su bandolera de encima de la mesa y salió corriendo de la redacción ante la asombrada mirada de sus compañeros.
Corrió a coger su moto y condujo raudo por las calles de Almería hasta llegar a la comisaría. Tenía claro su destino.

Entró, ahora más tranquilo, y se dirigió hacia la ventanilla de información.

-Buenos días. Perdone, ¿puedo ver al Inspector Ramírez por favor? –preguntó nada más llegar.
-Lo siento, pero el Inspector Ramírez está ahora ocupándose de un asunto y me ha pedido que no lo molesten.
-Es urgente, tengo que hablar con él. Dígale que Gabriel está aquí, él sabrá quién soy.
-Ya señor, pero le he dicho que debe esperar. Puede esperar en esos asientos de ahí –dijo señalándole los asientos de la sala de espera.
-Pero…
-Lo siento señor, tendrá que esperar –contestó tajante la mujer.

El joven, resignado, se volvió y ocupó uno de aquellos asientos. Esperó durante unos minutos pacientemente. Y fue al levantarse para irse cuando escuchó una voz familiar.

-Sentimos haberle causado molestias Señor García, ya sabe que ante tal acusación más vale prevenir, y tanto la niña como la madre están un tanto nerviosas y confusas.
-No se preocupe agente. Ustedes sólo velan por la seguridad de todos, es su deber.
-Si me lo permite, le acercaré en coche a su casa –dijo el agente de policía.
-No es necesario hijo, no se preocupe –espetó el anciano.

Gabriel se sentó mientras vio cómo el anciano avanzaba hacia la puerta de salida ayudándose de su bastón de madera. El sonido del golpe del bastón contra el suelo retumbaba en aquella sala. El anciano se paró en la entrada y se giró mirando a Gabriel, levantó el bastón para saludarle.
Gabriel le miró desde su asiento, no movió un dedo ni dijo nada. Estaba completamente perplejo al ver a Carlos en aquella comisaría.

Continuará…

Obra original de Jesús Muga
16-Noviembre-2011 

lunes, 14 de noviembre de 2011

La oscurdad en la luz-1x02-Llamada perdida




Dejó sonar el teléfono móvil, ni si quiera comprobó quién le llamaba. Iba por el paseo marítimo, desde el puerto deportivo. Sus pasos eran largos y su caminar apresurado. El teléfono sonó de nuevo.

No tardó en llegar a la cafetería. Carmen, una vieja amiga, esperaba en la terraza. Tenía el teléfono móvil en una mano mientras que jugueteaba con los dedos de la otra entre los rizos de su larga melena castaña.
No tardó en levantarse al ver a Gabriel llegar. Le dio un beso en la mejilla.

-¿Dónde tienes el móvil? Te he llamado hace un momento –dijo Carmen mientras se sentaba.
-Ya, no te lo he cogido porque venía de camino –contestó Gabriel que, antes de sentarse, llamó la atención del camarero.
-Y, ¿de dónde vienes?
-De la redacción –no tardó Gabriel en contestar.
-¿Hoy?
-¡Sí, hoy! –sentenció groseramente.

Un silencio incómodo se hizo entre los dos jóvenes. Carmen tragó saliva y respiró hondo. Gabriel bajó la mirada en gesto de negación. Sabía que Carmen no merecía ese trato.

-Perdona, no quería…
-No, perdona tú –Gabriel no la dejó continuar-. Aun…, aun estoy tratando de asimilarlo todo, de acostumbrarme a esto y llevo unos días un tanto…, estresantes. Es agotador. Ya sabes, por ahora me toca cubrir lo peor.

Carmen sonrió y alargó su mano hasta ponerla sobre la de Gabriel. Él también sonrió y la miró a los ojos. Durante un instante puede que encontrara la paz en aquellos grandes ojos verdosos.
Al llegar el camarero, Carmen retiró la mano y se acomodó en el butacón de mimbre. Ella pidió un café solo con hielo; él, un bombón batido. No tardaron en servírselos.

-¿Qué tal te va en el hospital?
-Bien. La verdad es que esperaba que se me hiciese más cuesta arriba pero todo lo contrario –contestó Carmen mientras movía enérgicamente el café con la cucharilla-. Y tú, ¿no tienes ningún nuevo chisme que contarme?
-De momento nada nuevo. –Tras una pausa- ¿Sabes algo del hombre que se lanzó desde el Cerro de San Cristóbal?
-No llegó al hospital. Tú cubriste la noticia, ¿no?
-Si –contestó Gabriel-. Por lo poco que nos dijo la policía el hombre se lanzó desde lo alto del cerro. Un intento de suicidio.
-Es muy raro. No sé con qué intención lo hizo pero ese es el peor lugar para intentar suicidarse así.
-Nos dijeron que tenía un fuerte golpe en la cabeza –continuó Gabriel.
-Si, esa fue la causa de la muerte. Se pudo golpear con alguna mala piedra al caer. Aun así, creo que alguien lo pudo empujar.
-No creo –dijo tajantemente Gabriel-. Yo creo que el hombre se acercó demasiado al muro, resbaló y cayó por el barranco golpeándose la cabeza.

De nuevo se hizo el silencio. Carmen echó el café en la copa con hielo. Lo echó poco a poco, observando cómo se derretía el hielo. Después, volvió a moverlo con la cucharilla.
Gabriel raspaba con la pajita el chocolate del borde de la copa y tomaba un poco del dulce bombón batido.

-Conocí a una chica –dijo Carmen mientras metía la cucharilla en el vaso vacío-. Es muy simpática.
-Me alegro –contestó él tras un silencio.
-La he hablado de ti.

Gabriel guardó un largo silencio. Ni si quiera miró a Carmen, tan sólo se limitó a mover su bombón batido con la pajita.

-Vamos. Deberías pasar página. Hace ya…
-Haga el tiempo que haga –de nuevo, Gabriel, cortó la conversación de forma brusca-. Te agradezco que trates de ayudarme pero…, ahora mismo no es el momento.

Antes de que ella pudiera rebatirle nada llegaron Laura y José, otros dos viejos amigos de Gabriel. Se levantaron para saludar y todos se sentaron alrededor de la mesa. Pidieron algo para tomar.
Hablaron largo y tendido. Laura y José les contaron que habían comprando un pequeño piso en el centro de la ciudad. Tras contarlo, guardaron silencio repentinamente. Todos miraron a Gabriel, que contemplaba la espuma yacer sobre el culo de la copa. Esperaban quizá una reacción de él, algún gesto que contara algo, pero él sólo se limitó a sonreír.
Todos supieron que estaba bien, hacía ya tiempo de aquel desgraciado accidente y las heridas ya estaban sanando.

Pronto llegó el resto. Gabriel se levantó para saludar a todos, uno por uno. Hacía tiempo que no coincidían todos en la ciudad. Acercaron un par de mesas más y todos se sentaron. Conversaron durante horas sobre cómo les iba en sus vidas.
Gabriel se inundó de toda esa felicidad y olvidó todo por un momento. Sus amigos alabaron su labor como periodista pero él le restó importancia. Para él no era más que un trabajo que se le daba bien por pura vocación.

El teléfono de Gabriel volvió a sonar mientras conversaba con algunos de sus amigos. Lo sacó rápidamente del bolsillo de su pantalón, descolgó y se lo llevó a la oreja sin mirar quien era. Se disculpó con un gesto por cortar la conversación antes de hablar.

-Dígame.
-Sé lo que haces –dijo una voz ronca.
-¿Cómo dice? –preguntó inmediatamente Gabriel frunciendo el ceño.

La llamada se cortó. Gabriel, extrañado, miró la pantalla de su teléfono para ver el número del teléfono desde el que le habían llamado. Pero para su sorpresa no había número. Habían hecho la llamada con número oculto.
Gabriel guardó de nuevo el teléfono. Se mantuvo en silencio, con un serio gesto de preocupación mientras el resto de sus amigos continuaban con la conversación.
Carmen se percató de que algo no iba bien.

-¿Quién te ha llamado, Gabriel?
-No, nadie. Se habían equivocado y han colgado –contestó él.

Seguía pensando, pero no sabía quién podía haber llamado. Aquellas palabras machacaban su conciencia. Él era muy cuidadoso, ¿quién iba a saber nada? Sacó de nuevo el móvil y miró las últimas llamadas recibidas. Se sorprendió al ver que las seis últimas eran de un número privado.
Se levantó súbitamente de la silla, guardando el teléfono en el bolsillo, y puso sobre la mesa un billete de 10 euros.

-Lo siento chicos, pero me tengo que ir –dijo despidiéndose de todos.
-¿Tan pronto? Vamos, espera un poco. Que ahora estamos en lo mejor –le dijo uno de sus amigos.
-No puedo tío, tengo que ir urgentemente a la redacción –respondió enseguida-. Otro día echamos otro rato, me lo he pasado bien.
-Gabriel, otro día no olvides traerme mi libro. Que hace ya tiempo que lo tienes –le dijo Laura.
-Sí, descuida. No sé muy bien donde lo tengo, lo tengo que buscar, pero te prometo que te lo devolveré pronto.

Gabriel se despidió de todos y se marchó.

Sus pasos eran largos, tenía prisa. No tardó en llegar al puerto deportivo. Paseo durante unas horas por los muelles del puerto y allí lo vio. Sin duda era él. Estaba sentado en el muelle, cerca de su barco. Lo observó durante un rato y, justo antes de que anocheciera, se marchó.

Días más tarde Gabriel volvió al puerto. Estaba comiendo en el restaurante. Había pedido que lo pusieran en la mesa más cercana a las ventanas que daban al puerto. Después de comer salió al balcón, se apoyó sobre la barandilla y le volvió a ver. El anciano llevaba a una niña de su mano; señalaba con el bastón su barco. Mientras tanto, los padres de la niña se despedían desde la terraza. Tomarían café mientras que la niña veía el barco.
Gabriel observó la escena desde lo alto del balcón. Sin duda alguna, era Carlos.

Continuará…



Obra original de Jesús Muga
14-Noviembre-2011 

lunes, 7 de noviembre de 2011

La oscuridad en la luz-1x01-Las dos caras


Parque Nicolás Salmerón - Almería


Su caminar era lento y sinuoso. Ya llegaba al fin su paseo diario.

Bajó por La Rambla hacia el Parque de Nicolás Salmerón. Portaba un viejo libro en sus manos, ni si quiera lo había abierto. Caminó por el parque buscando el cobijo de los árboles más viejos, sus pasos lo llevaron casi hasta la rotonda de la fuente de los peces.
Allí había un gran árbol. Su espesa copa apenas dejaba pasar la luz mortecina de la tarde, y sus raíces, gruesas y alargadas, dibujaban a su antojo sobre el suelo diversas formas.

Se sentó en el banco más cercano al árbol, puso el libro sobre sus piernas y contempló en silencio, taciturno, la portada. Pocos minutos después un anciano se sentó en el mismo banco, al otro extremo. El joven parecía no haber notado la presencia del anciano, continuaba ensimismado mirando la portada del libro en total silencio.
El anciano le miró sonriendo. No dijo nada, tan sólo observo guardando el mismo silencio. No tardó en apartar sus ojos del chico para mirar lo que acontecía a su alrededor.
Entonces, el joven le observó con disimulo.

El anciano tenía entre sus manos un bastón de madera. Deslizaba su pulgar por el relieve de la empuñadura, una impresionante talla de la cabeza de un águila, y movía de forma nerviosa la pierna izquierda. Tenía el pelo canoso y un espeso bigote, no era muy alto a pesar de su corpulencia.

Justo antes de que el anciano se girase hacia él, volvió súbitamente la vista al libro. El anciano sonrió nuevamente.

-Me gusta venir aquí por la vida que hay –dijo el anciano.

El joven ni se inmutó ante las palabras del anciano. Continuaba mirando el libro, ignorando a propósito todo lo demás.

-Míralos, tan inocentes –continuó el anciano-, sin preocupación alguna. Sin temor a los golpes o placeres que les depararán sus vidas. Cómo me gustaría volver a ser un crio, volver a esa inocencia y despreocupación. Eso sí, sin saber nada de lo que sé, claro –explicó el anciano riéndose-. Por cierto, me llamo Carlos García.

Carlos tendió la mano al joven, pero éste le ignoró una vez más. Tras retirarle la mano reflejando en su rostro la indignación por tal descortesía, el anciano se pasó la mano por la boca y volvió la vista al frente.

-Perdone mi intromisión, no era mi intención molestarle –espetó tajante Carlos-. Pero déjeme decirle algo –mirando de nuevo al joven-. La concentración no aparta a la educación.

Y tras decir esas últimas palabras se inclinó hacia delante apoyando ambas manos sobre el bastón.
No dijeron nada durante un instante. El chico seguía prestando toda su atención a aquel libro mientras que el anciano no apartaba la vista de una niña pequeña.  El joven se percató de lo que estaba ocurriendo, de la expresión que mantenía Carlos en su rostro. En aquel momento sintió más curiosidad por el anciano y aumento su deseo de conocerle.

-Me llamo Gabriel –dijo el joven ante la sorpresa de Carlos.

De nuevo se hizo el silencio. El anciano parecía ser quien le ignorara a él, pero no tardó mucho en volver a acomodarse en el banco y girarse hacia Gabriel.
Se miraron a los ojos manteniendo el gesto serio y una tensión asfixiante. Carlos tomó aire, no pudo evitar fijarse en la novela que sostenía Gabriel sobre sus manos.

-Buena novela. La leí hace años y me pareció una gran historia.
-Aun no la he leído, nunca he abierto este libro –contestó Gabriel.

No esperaba tal respuesta. Le era extraño haberle visto tan absorto en aquella novela y que, a pesar de todo, no la haya leído.

-Aun así, sé más o menos de que trata –explicó Gabriel al ver la cara de asombro de Carlos.
-¿Y por qué aun no lo has leído?
-No quiero llevarme una decepción –contestó tajante Gabriel.

El anciano asintió con la cabeza. No entendía que el chico llevara un libro que probablemente jamás abriría. Aun así, decidió no indagar más.

-Creo que todas las personas tienen dos caras, dos identidades –comenzó a explicar Gabriel-. Una es la visible, la que debemos mostrar al mundo, la correcta ante la sociedad. Lo que debemos ser. La otra es nuestra naturaleza real, la animal. Esa que se comporta mediante el instinto, la necesidad. Esa que debemos ocultar porque moral y socialmente no es la correcta. De eso creo que trata el libro.

Carlos permaneció atónito. No esperaba tal respuesta del joven. Parecía conocer a fondo la historia de aquella novela a pesar de no haberla leído nunca.

-¿Cómo…, cómo puede ser que conozcas tanto de la novela sin haberla leído? –preguntó Carlos con curiosidad.
-Esta historia está más que trillada –explicó Gabriel-. Cada día me cruzo con personas que no son lo que parecen.
-Bueno, todas las personas tienen algo que ocultar.
-Todas no –dijo tajantemente Gabriel.

En el rostro del joven se dibujó una media sonrisa. Carlos se había quedado sin palabras, no sabía que contestar a las palabras de Gabriel.

-Todos tenemos dos caras –dijo Carlos un tanto nervioso.
-Todos tenemos dos caras, pero no cosas que ocultar -aseveró Gabriel.

Carlos frunció el ceño mientras que Gabriel sonreía. Lentamente el joven dirigió su mirada hacia la niña que Carlos miró con tanta atención. El anciano siguió su mirada hasta la niña y rápidamente se giró hacia Gabriel.
Había empalidecido y tragaba saliva, parecía no tener palabras para explicarse.

-No sé en qué estás pensando, pero no es lo que crees –dijo Carlos inmediatamente.
-Todos tenemos algo que ocultar –espetó Gabriel.

Aun sonriendo, Gabriel se levantó del banco y se marchó sin decir nada más.
El viento silbaba entre las copas de los viejos árboles, no tardaría en anochecer y ya todos se despedían del día, preparándose para recibir a la noche. El anciano seguía allí, con aquel libro entre las manos. Gabriel lo había dejado allí, en el banco. Puede que olvidado, puede que a propósito.

Continuará…


Obra original de Jesús Muga
07-Noviembre-2011 




martes, 30 de agosto de 2011

Desde el sofá



Hay tanta mierda aquí que no sé si estoy esnifando coca o el polvo acumulado sobre la mesa.

Llevo en este sofá horas y no tengo intención alguna de moverme de aquí.
Desde aquí me alcanza lo suficiente la vista como para ver a la chica que me gusta darse el lote con el más inepto de todos los que hay aquí. Creo que también puedo ver a mi amigo intentar comerle la oreja a una rubia, venida nada menos que desde Alemania, y a un par de críos liándose un porro de maría.

Todo a mi alrededor se mueve, está vivo, y aun así yo parezco estar muerto. Cada mañana me prometo a mí mismo dejar esta mierda; el problema está en que pocas horas después estoy untando la nariz en este maldito polvo blanco, ya sea en el mugriento lavabo de una ruidosa discoteca, sobre una mesa como ésta o un espejo en el que apenas puedo ver mi reflejo.
Mi vida ha pasado de largo, ha pasado de mí y, lo peor, es que apenas me he dado cuenta.

Todos se divierten, ríen, conversan…, y yo. Yo sigo aquí, en el sofá. Contando los segundos que pasan hasta el momento en el que cierre los ojos por última vez. Luchando para no dejar de respirar.

Me hace gracia cuando oigo a alguien hacer planes de futuro. Yo no miro más allá de la raya que me meta porque puede ser lo último que vea antes de desplomarme y partirme la crisma contra el suelo.
Mi juego con la muerte está durando ya demasiado y a uno de los dos le tocará perder pronto. No temo ser yo.

Y aquí sigo. Luchando por mantenerme vivo. Por no dejar caer la cabeza hacia atrás. Viendo como mi vida se apaga, desde el sofá.

Obra original de Jesús Muga.
26-Agosto-2011

jueves, 4 de agosto de 2011

Mejoras en La Vereda


Tras comprobar, con alegría, el éxito que está teniendo La Vereda hemos decidido hacer algunas mejoras que a continuación explicamos

Hemos decidido separar las entradas por secciones para hacer el blog más accesible y facilitar así a los lectores la busqueda de entradas. Ahora las entradas están organizadas por temas. Se pueden encontrar todas las entradas en la pestaña Inicio, donde además se irán añadiendo las nuevas entradas por orden de publicación. Las nuevas entradas también se añadirán a su correspondiente sección.
Se añade una opción más para buscar y releer vuestras entradas favoritas de una forma más rápida y accesible.

Otra mejora es el traductor. Traduce al inglés, francés, alemán, italiano, portugués o ruso el contenido del blog. Realiza la traducción por secciones teniendo que clikcar en una flecha para que traduzca otro sector.
Sabemos que es precario y no muy cómodo, pero por ahora es lo mejor que hemos encontrado. Trataremos de mejorarlo.

Este proyecto empezó como una prueba que, a día de hoy, podemos decir que hemos superado ya que está teniendo más éxito del que esperábamos. Desde que comenzara, allá por Junio del 2009, hasta hoy hemos tenido casi 2000 visitas. Son muchas teniendo en cuenta el escaso número de entradas en este tiempo.
Por supuesto esto es algo que va a cambiar.

La Vereda evoluciona y crece a medida que pasa el tiempo. Se da cada paso buscando la comodidad y la interactividad del lector con La Vereda. Cada vez habrá más secciones que acogeran entradas más detalladas y mejor elaboradas. Habrá noticias sobre lo que acontece en nuestro entorno haciéndolas llegar a todos de la forma más rigurosa posible.

Quería recalcar, antes de acabar, la incorporación a La Vereda de Beatriz López. Estoy completamente seguro de que su aportación a La Vereda será más que excelente. Ya podemos leer una de sus primeras publicaciones: No sólo Escherichia Coli toca los pepinos.
También quería agradecer a Beatriz su apoyo y ayuda en todo este tiempo para hacer posible este proyecto.

Gracias por compartir este paseo por la vereda con nosotros.
Staff de La Vereda de la puerta de atrás.

viernes, 15 de julio de 2011

La II Época del Destape

Aviso: Esta entrada contiene imágenes de alto contenido sexual.

Hace algunas semanas vi un par de películas españolas (sí, a veces veo cine español). No eran otras que Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia y Primos de Daniel Sánchez Arévalo. Dos películas muy diferentes, siendo la primera un drama y la segunda un intento de comedia, pero ambas con algo en común…, el sexo.


En las dos películas, en Balada triste de trompeta más que en Primos,  el sexo se trata de una forma tan gratuita que incluso asquea.
En la de Alex de la Iglesia podemos ver como Sergio (Antonio de la Torre) mantiene relaciones sexuales sadomasoquistas con Natalia (Carolina Bang). En esta película no es ya sólo el acto, cuya única justificación sería la de usarse para mostrar la personalidad posesiva de Sergio y la sumisa de Natalia, sino la forma de mostrarse. En ningún momento se ve el miembro ni las formas de Antonio de la Torre, sin embargo si se ven las formas, los pechos e incluso algo más de Carolina Bang.
Además, como ya he dicho, el personaje de De la Torre sodomiza e incluso maltrata al personaje de Carolina. Un tema muy serio que se debe tratar con delicadeza ya que no se sabe a manos de quién podría llegar la película. Aun así, éste no es el tema a tratar.

Está claro que en el cine español nos gusta enseñar más desnudos de la mujer que del hombre (tendencia que está cambiando en los últimos años). Una actitud, para mí, totalmente machista que trata de llamar a ese público voyeur a acudir al cine.
Porque seamos sinceros, hay quien si no ve unas tetas o una mujer desnuda en una película española se siente como defraudado. Y como claro ejemplo de esto que digo está el segundo film nombrado arriba. 

Inma Cuesta en Primos

No voy a entrar en el argumento de Primos, ni en si está bien o mal realizada, pero tengo claro que, ya en el final del ¾ de la película, sobra que Inma Cuesta enseñe sus encantos haciendo topless en la playa. Y digo que sobra porque no tiene justificación ni por argumento, ni por hechos del personaje o externos a su acción, ni por motivo estético del plano o de la secuencia. Incluso en anteriores secuencias se da la misma situación y lleva la parte superior del bikini puesta. No tiene justificación de ningún tipo. Inma Cuesta sólo enseña su pecho por lo que todos conocemos como “exigencias del guión” (algo así como: “lo haces porque lo digo yo y punto”).
Claramente esta secuencia se podría haber rodado sin necesidad de que la actriz mostrara el pecho, con la parte superior del bikini puesta, pero claro, no tendría el mismo impacto que el ver el prominente pecho de la actriz valenciana.

Además en esta película hay otras situaciones vinculadas al sexo, como cuando Diego y Martina deciden practicar sexo por el mero hecho de estar durmiendo en la misma cama y se aburren. O el momento en el que Julián va a ver a Clara al burdel para comprobar si es prostituta y éste no deja de pedirle sexo.

Antes de continuar con el tema principal de esta entrada quiero aclarar algo. Tanto Balada triste de trompeta como Primos son dos películas que hay que ver. No tengo nada en contra de ellas, todo lo contrario.
La primera tiene una fotografía impresionante acompañada por un repertorio de actores de calidad y la segunda tiene unos gags cómicos bastante buenos y es entretenida.

Volviendo al tema. En el cine español el sexo siempre ha estado muy presente. Si no de forma explícita de forma alusiva. Las películas españolas siempre han tenido una alta carga sexual y se ha esperado esa escena de sexo, que tarde o temprano llega, siendo más  o menos explícita.

Paz Vega y Daniel Freire
Y es que siempre permanecerá en mi memoria la primera vez que vi Lucía y el sexo de Julio Medem y esa secuencia en la que Paz Vega y Daniel Freire, desnudos, se rebozan en arena mientras se masturban en la playa; o cuando Paz Vega y Tristán Ulloa se hacen fotos mientras mantienen relaciones sexuales. Lucía y el sexo es una gran historia que gira en torno al sexo, lo integra de tal forma que bien podría parecer un personaje más, no hay más que ver el título.
La verdad es que Paz nunca ha tenido problemas en desnudarse y mostrar su cuerpo. En Carmen de Vicente Aranda volvió a dar buena fe de ello.

Otra película que he podido visionar en varias ocasiones y que me encanta por la alta carga sexual y emotiva es La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia. Y digo de alta carga sexual por el tejemaneje que se traen desde el inicio del secuestro hasta el final Maribel Verdú y José Luis Manzano. Y ya que estamos, para mi es emotiva por el cariño que cogen ambas secuestradas a sus secuestradores, con los que llegan incluso a bailar.

Jamón Jamón
Como estos hay otros muchos ejemplos. Juana la Loca, también de Vicente Aranda; El corazón del guerrero de Daniel Monzón; Jamón Jamón de Bigas Luna; La pasión Turca de Vicente Aranda…Y lo dejo aquí porque la lista es bastante amplia.

Pero debo recordar que no sólo del cine español vive el sexo. Hay gran variedad en el cine internacional. Más o menos explícito, más o menos real, pero ahí está. Acompañando a la historia, formando parte de ella como algo natural, o no.

Hay una película, la cual me recomendaron su visionado, en la que el sexo se trata con total naturalidad siendo, prácticamente, uno de los ejes de la historia. No es otra que Ken Park de Larry Clark. Cuenta la historia de cinco jóvenes que mal viven en un ambiente extremo donde las escenas de sexo, drogadicción, asesinatos y problemas familiares está a la orden del día. Las escenas de sexo en esta película son tan explícitas que parecen reales, como el momento en el que uno de los jóvenes le hace un cunnilingus a una mujer madura y casada. O una de las secuencias finales en la que dos chicos mantienen relaciones sexuales con una chica.

Vale que la mayoría no sepa de qué película se trata pero también hay películas de grandes estudios de Hollywood (o de grandes estudios europeos) bastante tórridas.

Ken Park
No podemos dejar sin mención a Eyes Wide Shut protagonizada por la pareja de éxito, en la época, Tom Cruise y Nicole Kidman y dirigida por el gran Stanley Kubrick (esta fue su última obra, por cierto). Cómo olvidar esas secuencias en las que la cámara hace un travelling desvelando las orgías que tienen lugar en esa imponente mansión, o a Kidman desnuda ante el espejo en su dormitorio.

Otro clásico que no podría dejarme en el tintero es el cruce de piernas de Sharon Stone en Instinto Básico dirigida por Paul Verhoeven. Explícitamente no muestra nada pero es una situación con una alta carga sexual.
Lie with Me
Otra no muy conocida que muestra sexo explícito es Lie with Me del realizador Clément Virgo, protagonizada por unos Lauren Lee Smith y Eric Balfour muy entregados con su papel. Trata sobre una chica con problemas familiares que se refugia en el sexo con desconocidos para escapar de sus problemas. Hasta que un día se enamora de uno de los desconocidos. El sexo y los desnudos integrales están a la orden del día en esta película.
Tampoco me voy a exceder en esta lista porque es bastante larga y mi intención es tan sólo mostrar algunos ejemplos.

El sexo y las relaciones sexuales no se han tratado de la misma forma en el cine. Tenemos el claro ejemplo de Habitación en Roma de Julio Medem en la que Elena Anaya y Natasha Yarovenko mantienen relaciones sexuales (durante el 90 por ciento de la película) de una forma distinta a las que mantiene Santiago Segura en la saga Torrente con las distintas mujeres que pasan por su vida; siendo en el primer ejemplo un sexo más erótico y en el segundo algo más visceral y casposo.

Yo, como realizador, apuesto más por un sexo natural en pantalla. No veo nada natural que una pareja esté haciendo el amor en su casa arropados hasta la cabeza y prácticamente vestidos. Al igual que no veo natural que el hombre vaya medio vestido y la mujer desnuda por completo.
El sexo no se debe ver como un tabú, como algo que tengamos que alejar de la sociedad. No es sólo un acto de reproducción, carnal y visceral, sino una muestra más de amor hacia la persona con la que compartes todo. Y en el cine se debe mostrar como tal, sin velos ni censuras
Pero también considero que no hay que mostrar sexo de forma gratuita. No hay que convertir una película de género o convencional en una película pornográfica. El sexo o los desnudos se deben mostrar cuando sean necesarios, bien por la acción, por argumento, por propia personalidad del personaje..., pero no porque sea algo vistoso y llamativo.

Es cierto, que en el cine, se debe expresar el sexo de diferente manera según la circunstancia. Porque no se debe mostrar de igual manera una relación sexual de un hombre con una prostituta en la parte trasera de un vehículo que la de una pareja en su primera vez. Puede que haya circunstancias externas similares pero no de los sentimientos de los personajes.
Y en esto juega un papel importante la actitud y el aporte que un actor le pueda dar a su personaje. Si un actor se autocensura en lo que a escenas de sexo o desnudo se refiere, censura y mata parte del personaje al que interpreta. Además de que rompe con esa naturalidad que el realizador quiera darle a su obra.
También es cierto, que hay realizadores que se sobreexceden al mostrar escenas de sexo y esto lleva a sobrecarga, innecesariamente, la película.

Pajares Y Esteso
Hace tiempo leí una crítica en la que decía que ésta es la continuación de la I Época del Destape. Yo considero que es una muy distinta a la que iniciaron Pajares y Esteso tras la desaparición de la censura franquista. Ésta es sin duda la II Época del Destape.

Al levantarse la censura tuvo lugar un atiborro de cine con escenas subidas de tono porque el público lo solicitaba. Es como si mantienes a un niño durante dos años sin comer golosinas y un día le das vía libre. Pues el niño se hincha a comer golosinas.
Los realizadores sentían la necesidad y el deseo de poder contar lo que deseaban y, de la forma que deseaban, por todos esos años en los que habían sentido el poder de la tijera en sus metrajes, en los que ni tan si quiera se podían mostrar los muslos de una mujer.

Hoy en día, el sexo en el cine se usa de forma natural y sin reparos. No por necesidad de despojarse de las cadenas de la censura, sino por gusto de mostrar. En algunas películas el sexo es exagerado y sin necesidad; siendo en otras una parte tan importante sin la que se entendería el resto. También se usa el sexo como herramienta para dar a conocer la personalidad o actitud de un personaje para con otros.

Para acabar, les recuerdo el primer desnudo integral de una mujer en el cine español. María José Cantudo mostró su cuerpo desnudo a través de un espejo en La Trastienda de Jorge Grau. El Felpudo de la Cantudo está aún muy presente y se nombra en las escuelas de cine.

La Trastienda