Se
lanzó por la ventana tras descubrir que nunca podría amar. Un final trágico,
pero un final al fin y al cabo. Quizá esperaba algo mejor de la vida, algo que
nunca llegó. Un beso, una caricia, una palabra. Amor.
La
recuerdo bien, muy bien. Nunca olvidaré el movimiento de su cuerpo al caminar o
cómo resonaba su voz en el oscuro callejón que daba a la rambla cuando se
vendía a los hombres. El pelo le caía como un velo sobre sus hombros y sus curvas
se marcaban bajo la ajustada ropa que siempre llevaba. Era, simplemente,
preciosa.
Me
podía pasar horas mirándola a través de la ventana, imaginarme con ella. Algún
día la rescataría de aquel callejón, le daría una vida mejor. Sería sólo mía.
La tendría por toda la eternidad entre mis brazos; le daría todo ese amor que
anhelaba, que buscaba cada noche entre las sábanas o en los rincones más
oscuros de la ciudad.
Si, sólo ilusiones, pero…, ¿qué importaba eso? ¿Acaso no vivimos más en nuestra imaginación que en la realidad que nos rodea? ¿No nos encerramos en la esperanza de ver nuestros sueños hechos realidad? Ella lo era todo para mí, y lo seguirá siendo mientras que en mi memoria perdure la imagen de su silueta estampada contra el fondo del callejón.
Si, sólo ilusiones, pero…, ¿qué importaba eso? ¿Acaso no vivimos más en nuestra imaginación que en la realidad que nos rodea? ¿No nos encerramos en la esperanza de ver nuestros sueños hechos realidad? Ella lo era todo para mí, y lo seguirá siendo mientras que en mi memoria perdure la imagen de su silueta estampada contra el fondo del callejón.
Una voz
áspera recitando poesía acompañada por el sonido de una guitarra resonaba en la
estancia. Era Sabina, ¿quién si no iba a entender mejor todo lo que sentía por
aquella mujer de la calle?
Ella se deslizaba, una noche más, por entre los hombres que transitaban el callejón. Era como un baile, una danza sensual cuya única finalidad era la de llamar la atención de cualquiera. Y surtió efecto, alguien se le acercó. No pude distinguir con claridad de quién se trataba, pero sin duda no era de uno de los hombres que ocupaba su larga lista de clientes. Ella se aferró a su brazo y se dejó llevar. Los perdí de vista cuando doblaron la esquina. La perdí de vista por algunas semanas…
Ella se deslizaba, una noche más, por entre los hombres que transitaban el callejón. Era como un baile, una danza sensual cuya única finalidad era la de llamar la atención de cualquiera. Y surtió efecto, alguien se le acercó. No pude distinguir con claridad de quién se trataba, pero sin duda no era de uno de los hombres que ocupaba su larga lista de clientes. Ella se aferró a su brazo y se dejó llevar. Los perdí de vista cuando doblaron la esquina. La perdí de vista por algunas semanas…
La
buscaba cada noche a través del cristal, pero ella ya no estaba allí. Me había
abandonado. ¿Habría encontrado el amor? Aquella cuestión se había clavado en lo
más profundo de mi ser y apenas me permitía pensar con claridad.
¿Dónde se
encontraba? ¿Quién era ese fulano? Y, lo más importante, ¿estaba bien? Dudas.
Las dudas se habían enquistado en mi interior. Apenas podía dormir, el apetito
había desaparecido, hacía días que no salía a la calle, ni para ir al trabajo.
¿Qué importaba eso? ¿Qué importaba todo si no la podía ver? Me consumía, podía
sentirlo, pero no me importaba en absoluto.
Y fue
una noche, tras varias horas detrás del cristal, cuando vi su sombra dibujada
sobre la exangüe luz de la única farola del callejón. Si, era ella. Reí a
carcajadas. No pude hacer otra cosa que reír. Ella había vuelto, así como mi
felicidad. Entonces comprendí que no debía dejarla escapar, nunca más.
Me lancé escaleras abajo hacia la calle y corrí, poniéndome el abrigo, calle arriba en dirección al callejón, hacia ella. No tardé en encontrarla. -Te amo-, le dije, y ella lanzó una carcajada ante mi confesión. -¿Qué me amas?-, no tardó en contestar. -¡Sí!-, repliqué dando un paso al frente. -No puedes amar a alguien que vende sus besos o sus caricias-, sentenció. No supe qué decir ante aquello. Mi mundo, yo mismo, todo, comenzó a desmoronarse. Entonces supe qué hacer. Sacando la cartera, miré a sus ojos y dije: -¿Cuánto vale tu amor?- Ella me miró, sorprendida. Seguro que nadie le había planteado nunca tal cuestión.
Me lancé escaleras abajo hacia la calle y corrí, poniéndome el abrigo, calle arriba en dirección al callejón, hacia ella. No tardé en encontrarla. -Te amo-, le dije, y ella lanzó una carcajada ante mi confesión. -¿Qué me amas?-, no tardó en contestar. -¡Sí!-, repliqué dando un paso al frente. -No puedes amar a alguien que vende sus besos o sus caricias-, sentenció. No supe qué decir ante aquello. Mi mundo, yo mismo, todo, comenzó a desmoronarse. Entonces supe qué hacer. Sacando la cartera, miré a sus ojos y dije: -¿Cuánto vale tu amor?- Ella me miró, sorprendida. Seguro que nadie le había planteado nunca tal cuestión.
Por un
momento vi en sus ojos esa neblina que precede al llanto. Pero no tuvo lugar
tal cosa. Se mantuvo firme y fiel a sus principios, haciendo gala de un
caparazón que repelía cualquier ataque externo tuviese la forma que tuviese. –Yo
no puedo amar- sentenció. –Yo amaré por los dos- quise decir, pero no lo dije.
¿Cómo podía alguien no amar, o al menos intentarlo? No concebía tal cosa, y por
ello, debía lograr que amara, que me concediera una oportunidad de demostrarle
que sí podía amar.
-Entonces
dime, ¿qué vale uno de tus besos?- Espere su respuesta con impaciencia y ésta
se hizo de rogar. –Las prostitutas no podemos besar…- y antes de que me diera
tiempo a replicar, ella lo zanjó todo: -porque podríamos enamorarnos.-
Me
quedé petrificado ante tal razonamiento. Me dedicó una sonrisa y se alejó hacia
las sombras del callejón, se llevó una parte de mí consigo, o al menos eso fue
lo que sentí.
Volví a
mi apartamento, desolado. Pensando en la posibilidad de que, con toda
seguridad, jamás encontraría el amor en otra que no fuera ella. Mis pasos me
llevaron casi por inercia hacia la ventana y la vi de nuevo en el callejón,
esta vez en la distancia, como cada noche hasta aquel momento. Y entonces pensé
en que quizá nunca debí haberme movido de allí, debía haber seguido amándola
desde la distancia, desde el anonimato que ofrecía la ventana.
Y
decidí que así sería, por siempre. Esperaría un beso, una caricia, una palabra.
Amor. Lo esperaría por toda la eternidad.
Jesús Muga
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