domingo, 5 de junio de 2016

Antes del anochecer

No cabe duda de que esta tercera parte es más ambiciosa que sus predecesoras en todos los aspectos. Linklater cierra su trilogía con unos protagonistas más maduros, autocríticos y viscerales que tratan de lidiar con los problemas de una larga relación que parece oxidada.

Jesse y Celine vuelven a aparecer en escena, esta vez no sólo como amantes sino como padres, y eso se hace notar desde la primera secuencia. Por ello, a las preocupaciones que colmaban las interesantes y profundas conversaciones de la pareja, se suman ahora otros problemas con los que tienen que lidiar, como el óxido que poco a poco corroe lo que a priori parece una férrea relación o las dudas que se ciernen sobre Jesse al ser consciente de que su hijo se está criando sin una figura paterna a su lado, con lo que consigue que el universo de una segura y convencida Celine se tambalee.
Todo transcurre en una hermosa Grecia, tan llena de poesía, magia y encanto como las anteriores localizaciones, aunque esta vez los protagonistas se ven rodeados de otros personajes que aportan variedad y agilidad a las conversaciones, en las que se salta de tema en tema con tanta fluidez y naturalidad que los giros apenas se notan. El sexo, la vida y el amor como temas principales dan paso a charlas sobre la existencia, la muerte o el legado que dejamos. Queda presente en todo momento la madurez que han alcanzado los protagonistas y la evolución tanto en su forma de expresarse como en todo aquello sobre lo que hablan. Algo a destacar es el realismo con el que todo se trata, incluso una fuerte discusión final en la que Celine deja constancia de todo lo que ha pasado en esos nueve años desde la última vez que se vieran, cómo ha tenido que lidiar con ciertos problemas de los que Jesse se alejaba por cuestiones de trabajo. Queda claro el discurso inconformista y feminista de la protagonista que no se da por vencida en lo que a la consecución de sus sueños y deseos se refiere, así como los anhelos de Jesse para tratar de poner fin a una situación que detesta, criticando duramente la situación de los hombres ante un divorcio. Las inseguridades entre la pareja y la importancia de individualismo en la misma, están igualmente bien reflejados.
En algunas ocasiones el discurso parece diluirse en temas banales, lejos del argumento tan bien tejido que se dan en algunas secuencias. Pero salvo esto, todo discurre con cierta linealidad, alterada sólo por altibajos dados por las emociones expresadas por los protagonistas al tratar ciertos temas, a través los cuales descubrimos más acerca de la pareja y de lo que les ha ocurrido a lo largo de los años. Las diferentes situaciones hacen que exista una gran variedad de temas; lo que hace la película más ágil y menos introspectiva que sus precuelas.


La variedad de situaciones obliga a Linklater a emplear planos más cortos y una edición más ágil cuando los protagonistas se encuentran en compañía de los secundarios, mientras que mantiene planos largos fijos cuando la pareja habla entre sí. Los planos secuencian están a la orden del día y pese a no ser demasiado vistosos, cumple con su objetivo: que nos centremos en la conversación que mantienen Jesse y Celine, pues debemos tener en cuenta de que en esta película prima el diálogo sobre la acción. El mantener enfocado siempre a los personajes sobre el fondo también ayuda a que esto sea así.
La fotografía cambia según el estado de ánimo de los protagonistas y el tema sobre el que versan sus conversaciones, siendo más sombría en la parte final, cuando todo parece desmoronarse; o con más luz al comienzo, cuando las charlas se mantienen en un ambiente más distendido.
La banda sonora aparece en momentos puntuales para ayudar a crear un contexto y apuntalar la emoción de un momento. Los silencios cobran su importancia al servir como separador de temas o para retratar la incomodidad al respecto de los personajes sobre algo en concreto así como ese momento en el que meditan sobre algo que ha ocurrido.

Se nota la madurez interpretativa tanto en Ethan Hawke como en Julie Delpy. Sus actuaciones siguen una línea ascendente respecto a las anteriores películas de la saga, cubriendo en esta ocasión un amplio abanico de emociones y sensaciones que quedan bien presentes desde el comienzo de la película hasta el final. Ambos nos regalan un momento para el recuerdo en la parte final, donde no sólo se quitan la ropa sino las máscaras para dar un golpe sobre la mesa y demostrar que son imparables en su interpretación de una pareja real que sufre altibajos, haciéndonos olvidar que son actores y mostrando tan sólo a los personajes, que una vez más se muestran reales y tan naturales como los entornos que recorren.

Antes del anochecer supone el final de una saga en la que se hacen guiños y menciones, como no podía ser de otra manera, a sus predecesoras. Es el punto y final que pone una guinda a una relación que hemos visto evolucionar y donde se han tratado temas tan dispares e interesantes que nos han servido para conocer a sus personajes y cada detalle de sus vidas.
Linklater ha querido entregarnos un mensaje vital de esperanza con el que trata de concienciarnos de que el amor puede superarlo todo; de que pese a todo, no hay nada más fuerte que el amor. Lo hace con la ayuda de dos titanes de la interpretación que no se limitan en dar vida a sus personajes sino que se convierten en ellos para regalarnos una historia impecable y llena de emociones. También se apoya en una realización más dinámica que quizá aporta un punto de agilidad al argumento y no lo hace tan espeso.
No hay lugar a dudas de que el mejor momento transcurre ya al final, en un hotel, donde la magia y el romanticismo parecen no existir. Posiblemente un reflejo de la realidad de una pareja estancada en la que todo parece surgir de forma mecánica y donde la pasión o la sorpresa, así como el romanticismo, parecen no tener cabida.
Lo peor es quizá que el excesivo empleo del diálogo sobre la acción pueden resultar agobiante o aburrido para el espectador que no comprenda que la importancia de esta película reside en todo aquello que se dice y no en aquello que se hace.

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