miércoles, 29 de junio de 2016

Como en casa

Aquel bramido me despertó. Me incorporé en la cama, con el rostro desencajado y empapado en sudor. Tenía los ojos bien abiertos y trataba de llevar todo el aire posible a mis pulmones. Por un momento olvidé dónde estaba y tuve que mirar a mi alrededor para recordarlo. Aquel lugar me resultaba familiar y ajeno al mismo tiempo. Estaba confuso. Algo sucedía, aunque no tenía demasiado claro de qué se trataba.
Ella se movió a mi lado y eso me tranquilizó, al menos en parte. Todo parecía estar bien. Fue entonces cuando aquel estruendo consiguió sobresaltarme una vez más. Un bramido, bronco y ensordecedor. Me mantuve en total quietud, sentado en la cama y pensando en lo que podría ser. De súbito caí en la cuenta de lo que se trataba. El camión. ¡Maldita sea! Había olvidado que llegaba el camión.
Salté de la cama y me vestí tan rápido como me lo permitieron los nervios. Ella se despertó y me miró con los ojos entrecerrados, tumbada boca abajo. Yo sólo pude sonreír. Había soñado con ella esa noche, como otras tantas desde que la conocí.
Una vez me calcé mis viejas zapatillas, salí por la puerta y el sol de un nuevo día me golpeó la cara con tal fuerza que me vi obligado a cerrar los ojos. Caminé hacia delante, un tanto desorientado y cubriendo con mi mano el sol. En la lejanía vi a mi padre, que trataba de llamar mi atención. Señalaba con insistencia un gran portón, tras el cual se adivinaba la silueta del camión. Tan pronto como vi a mi hermano tirar con brusquedad de una de las hojas, yo corrí hacia la otra y comencé a tirar con fuerza. Juntos no tardamos en abrir el portón.
El camión pasó raudo, levantando una gran polvareda. Y tan pronto como pudimos, nos dispusimos a cerrar las puertas. Cuando el metal golpeó contra el metal, mi hermano sonrió. Era una victoria, sin lugar a dudas lo era. Siempre lo era.
Nos dirigimos con paso ligero hacia el camión. Debíamos descargarlo tan rápido como fuera posible, pues aquello que nos mantenía encerrados en aquella prisión a cielo descubierto no tardaría en asaltarnos. No sabíamos a ciencia cierta qué era lo que les atraía. Quizá el olor, nuestro olor. Quizá nuestro miedo. Podían olerlo, estaba seguro de eso. Fuera lo que fuere nos tenían atormentados, pues éramos conscientes de que podrían saltar los muros en cualquier momento. Y aquel era uno de esos momentos en los que más vulnerables éramos a sus ataques.
Las puertas traseras se abrieron a nuestra llegada, y un hombre corpulento, vestido de un blanco impoluto, apareció dentro. Comenzó a lanzar cajas cargadas con la mercancía para que las bajáramos con inmediatez. Era lo que necesitábamos para sobrevivir durante al menos una semana. No tardamos más de diez minutos en descargar  todo cuanto nos correspondía. Fue un trabajo rápido y eficaz, tal y como le gustaba a mi padre.
Todo había salido según lo planeado. Un rotundo éxito. Chocamos nuestras manos en señal de victoria mientras preparaban el camión para su marcha. Ya había comenzado a dar la vuelta para dirigirse hacia el portón cuando la vi salir del pequeño barracón, y empleando su mano a modo de visera, recorrió el lugar en mi busca. Levanté la mano para indicarle dónde estaba y nuestros ojos se encontraron. Ella me dedicó una de sus arrebatadoras sonrisas y yo no pude hacer otra cosa que corresponderle con otra.
Comenzó a acercarse hacia nosotros cuando echamos a correr hacia el portón. Lo abrimos con rapidez, una vez más, para que saliera el camión. Todo permanecía en un silencio incómodo, roto tan sólo por el rugido del motor. Algo malo se avecinaba. Podía sentir esa sensación de angustia sacudiéndome. Quizá habíamos cantado victoria demasiado pronto.
Fue algo fugaz. Tan rápido que apenas nos dio tiempo a reaccionar. Se me estremeció el alma cuando vi saltar una de esas cosas por encima del muro. Tanto mi hermano como yo empujamos cada hoja del portón hasta que éstas golpearon con el tope. Corrí el pesado cerrojo y corrí en su dirección. Debía llegar a ella antes de que esa cosa lo hiciera.
El caos y el miedo se apoderaron de nuestro humilde campamento. Todos corrían hacia la seguridad de sus barracones. Vi a mi padre hacerlo, y a mi hermano. Más de esas cosas saltaron dentro. Algunos se quedaron a puertas de la salvación, otros tuvieron mejor fortuna. Yo debía conseguirlo. Así que corrí con todas mis fuerzas. Corrí. Corrí. Corrí. Y mientras lo hacía, pude sentir el aliento de una de esas alimañas en la nuca. Lo tenía cerca. Demasiado cerca.
Ella llegó a la puerta a tiempo y la abrió. Me esperó angustiada bajo el marco. Vi en su rostro la preocupación, el miedo. Pensé en rendirme, dejarme caer y permitir que esa cosa me destrozara. Al menos moriría sabiendo que ella estaba a salvo. Pero seguí corriendo. No me rendí. No podía dejarla sola en un mundo como ese.
Apenas me quedaban unos pasos cuando me tiré hacia ella, y en un abrazo salvador la empujé dentro del barracón. Caímos al suelo estrepitosamente y raudo me levanté para empujar la puerta ante aquella cosa.

No entraría. No sabía exactamente por qué, pero no lo haría. Allí estábamos a salvo. Y al fin me sentí en paz. Como en casa.

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