A veces me cuesta plasmar las palabras que se anidan en mi cabeza. Me cuesta formular frases que completen historias. Otras, esas palabras salen como un chorro hacia la hoja en blanco conformando historias increíbles que jamás pensé que podría crear.
Hoy quiero compartir con todos vosotros una parte del primer acto de una obra de teatro que estoy escribiendo. No desvela nada por lo que toda la sorpresa se guardará hasta el día en el que se estrene.
He decidido escribirla en este momento porque me nace hacerlo ahora. Porque como digo, las palabras salen solas. Quizá estoy en ese momento, una vez más, en el que tengo que encontrar ciertas respuestas y en el que no me encuentro del todo bien, por ello me resulta más fácil escribir esta historia. Ya que es dura, crítica y no apta para todos los públicos.
Como todos sabéis, siempre intento que todo lo que escribo tenga algo que haga reflexionar al público al que llega y es inevitable que una parte de mí resida en esa creación, por lo que espero que su protagonista, Laura, y su historia no deje indiferente a nadie. Sobretodo, que haga meditar y reflexionar a todas las personas que puedan disfrutar algún día de esta obra de teatro.
Aquí os dejo el primer diálogo del primer actor:
Siempre he pensado que las cicatrices son hermosas. Tras una cicatriz
siempre se encuentra una buena historia O una historia al menos. Y es
que, ¿no son las cicatrices la parte visible de algo que ocurrió? El
motivo real por el que existen estas peculiares marcas en nuestra piel
no es otro que recordarnos algo que tuvo lugar en algún momento de
nuestra vida. Bien fuera por algo bueno o por algo malo, por algo
absurdo o verdaderamente terrorífico, esas marcas, y sus historias, nos
acompañan durante toda nuestra vida.
No entiendo cómo puede haber gente que trate de ocultarlas o que las
repudie. ¿Acaso no comprenden que son una parte más de ellos como lo
son un brazo o una pierna? Tengo un amigo que tiene una cicatriz en la
barbilla. Él siempre ha dicho que se la hizo en una pelea, pero yo sé
que en realidad se la hizo con un cuchillo cuando cortaba jamón a
hurtadillas y le pilló su madre. Otra de mis amigas tiene una gran
cicatriz en la barriga. Siempre nos ha hecho pensar que era por una
operación, pero en el grupo sabemos bien por qué fue. Mi padre tiene
una cicatriz en el pecho por una operación de corazón. Ese es del tipo
de cicatrices que tiene tras de sí una buena historia. Un recuerdo,
grabado en la piel, de una victoria. Aunque hay algunas cicatrices que
también se encargan de recordarnos algún mal momento o una derrota.
Pero esas también son valiosas, pues cada vez que las vemos logran
traer a nuestra memoria la lección que aprendimos cuando algo nos dañó,
pero sobretodo, que sobrevivimos a eso que nos dañó.
Por supuesto, hay cicatrices que no se ven. Son una clase de marcas más
profundas que quedan grabadas en el alma y, aunque no se pueden ver,
las miramos y recordamos más a menudo que las que podemos ver. Estas
cicatrices nunca se borran, y nos acompañan siempre allá donde vamos.
Algunas veces se hacen notar más; otras, menos. Pero tenemos la certeza
de que, suceda lo que suceda, están ahí y no podemos hacer nada por
evitarlo.
Yo amo las cicatrices que tengo, y sus historias. De vez en cuando me
las miro y las cuento. Me gusta hacerlo porque, algunas veces, descubro
que tengo algunas nuevas, y trato de averiguar cómo me las hice. Es
como un juego de memoria. Es gratificante. Me recuerdan el lugar de
donde vengo. Que estoy viva, y al mismo tiempo, que soy vulnerable. Al
fin y al cabo, las cicatrices también se encargan de eso, ¿no? De
recordarnos que somos frágiles, mortales. De que no estaremos aquí para
siempre. Nos hace comprender que nuestra existencia es algo
insignificante comparado con la existencia del todo. De que la
eternidad no está a nuestro alcance. Todo es efímero por mucho que nos
lo neguemos a nosotros mismos.
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