Y a veces te cansas, tanto de perseguir aquello que amas como de chocar siempre contra el infranqueable muro de la frustración por verte obligado a hacer algo que detestas. Llega un momento en el que no sabes si te pesa más el alma que el cuerpo; si merece la pena que la piel te la rasgue el tiempo. Y quieres escribir, desahogarte, pero no sabes el qué ni el cómo. Y quieres amar y ser feliz, pero no sabes con quién ni cómo. Entonces te sientes caer en una espiral infinita de la que crees que nunca vas a salir. Y detestas todo, absolutamente todo. Y te sientes solo, absolutamente solo.
Nadie entiende tus motivos o tus palabras, todos exigen demasiado a alguien que quizá no pueda ofrecer mucho más. Todos esperan aquello que quizá nunca le dé por llegar. Pues los trenes pasan a más velocidad de lo que alcanzan las piernas a correr y el tiempo pasa sin que nada más se pueda hacer. Porque es inevitable caer una y otra vez, y aprender. Si, aprender. Porque necios seríamos si no aprendemos de cada lección que nos impone una vida cruel.
No todo debe tener un motivo o una explicación. Hay algo insalvable en nuestras vidas que sucede sin más, como por arte de magia, para moldearnos y hacernos ser; hacernos sentir. La vida es tan compleja que podemos conocer a una persona que nos haga inmensamente felices en el peor de los momentos, del mismo modo que nos pueden romper el corazón en la mejor de nuestras situaciones.
Romper el corazón... Sólo aquellos que han sufrido de este mal pueden hablar de ello, pues aún quedan las cicatrices en su interior ya que por mucho que se cosan o se pongan parches, las heridas permanecerán hasta que entreguemos el último aliento. Y duele, duele más de lo que cabe imaginar. Es por ello que al amor hay que guardarle cierta distancia, cierto respeto. Hemos infravalorado la palabra amor desde el comienzo. La empleamos más de lo que deberíamos. Y es que el amor es lo más puro que podemos entregar a otra persona, por ello la cautela es fundamental.
No temáis por mí, yo aprendí a matar dragones con mis manos y sin necesidad de espadas ni escudos. Ya se me hizo tan de piedra la piel como el corazón. Ya me acostumbré al dolor y a lamer mis propias heridas. Todo forma parte de mí del mismo modo que yo formo parte de la nada. Y aunque a veces me quede sin aliento, habré de seguir respirando. Y aunque me fallen las fuerzas, a rastras me dirigiré hacia el horizonte en busca de aquello que parece huir de mí.
Sé dónde estoy, no necesito que nadie me lo recuerde. Y sé a dónde me dirigen mis pasos. Sólo yo puedo saberlo pues nadie más puede llevar mi calzado. Dejadme caminar... Ya encontraré en algún momento mi lugar.
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