Ella
le dio la mano, él no sabía muy bien qué hacer con ella. Jamás había estado en
tal tesitura, nunca nadie mostró ni una pizca de amor por él y ahora que
alguien se lo mostraba, no sabía qué hacer.Paseaban bajo un manto de estrellas por la plaza del pueblo con la tranquilidad de quien no es observado. Se dirigían hacia ningún lugar, bueno si, a ese sitio hacia el que sólo los que han encontrado el amor parecen ir. Caminaban despacio, como si por ello pudieran lograr que el tiempo pasara con mayor lentitud. No querían que la noche terminara, ya que a su fin, se verían separados de nuevo.
Jugaba con sus dedos, entrelazados con los de ella, mientras recorrían las angostas calles del pueblo. Se limitaba a mirarla y sonreír. Su mayor temor era fastidiar aquel momento o causarle mala impresión. Entonces ella, percibida de esto, comenzó a hablar, quizá a sabiendas de que eso le calmaría en cierta medida. Y funcionó. Él se liberó y comenzó a hablar, a mostrarse tal cual era, y eso no hizo más que acentuar lo que ella sentía ya por él.
Estaban tan entusiasmados con la charla que no se percataron en que sus pasos les habían llevado hacia un pequeño parque, al que él, con gesto amable, la invitó a pasar. Buscaban un banco en el que sentarse mientras él seguía hablando. Sus ojos le habían hipnotizado de tal manera que no podía dejar de mirarlos. Nunca había visto un verde tan vivo, tan profundo. Ella es increíble. Pararon bajo una farola, junto a un banco. Y entonces, en un breve silencio, ella le besó. A pesar de que él nunca lo ha aclarado del todo, en el fondo sabe que fue así. Y tras el beso supo que era ella quien le enseñaría a amar; esa mujer a la que tenía que amar, su mitad. La mujer que le haría el hombre más feliz del mundo. Y en su rostro se dibujó una pequeña sonrisa, una de verdad, de esas que no puedes ocultar. Ella lo vio, todo aquello era de verdad.
En
silencio se sentaron en el banco. No dijeron nada más, ya no necesitaban las
palabras. Sólo ellos, estar el uno con el otro. Y allí siguen siete años y
medio después, en aquel banco, mirándose el uno al otro a los ojos, con una
pequeña sonrisa dibujada en sus rostros.
Para ella.
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