—Como ya
sabrá —prosiguió con la conversación—, he trabajado con las autoridades de
diferentes países para atrapar a los asesinos más viles y despiadados. He sido
de gran ayuda y mi actuación ha logrado salvar muchas vidas.
Gabriel lo
observaba con atención. Morrison tenía el pelo lacio y canoso, y a pesar de que
algunas arrugas se le marcaban considerablemente en el rosto, no aparentaba
tener demasiada edad. Llevaba un pañuelo rojo atado al cuello y unos gemelos
brillantes asomaban bajo las mangas de la chaqueta negra que llevaba puesta.
Estaba más que claro que cuidaba los detalles y que era un hombre elegante. A
Gabriel le costaba imaginárselo en el barro, tras la pista de un asesino. Tenía
pinta de ser el típico detective inglés que abusaría, sin dudarlo, de sus
buenas palabras y elegantes modales para lograr sus objetivos, pero poco más.
A pesar de
que aún no había tratado de indagar más profundamente en los asuntos ni
pensamientos de Morrison, Gabriel se sentía cómodo y no mostraba síntomas de
impaciencia. Era una extraña sensación provocada por el ambiente de tranquilidad
que reinaba en toda la sala. Lo sabía y no le importaba demasiado. Tan sólo él
y el profesor parecían estar allí. El resto de personas que ocupaban la sala guardaban
un respetuoso silencio y una cierta distancia para propiciar esa artificial
sensación de intimidad.
—Me he
percatado, Gabriel, de que no ha probado usted el té —dijo Morrison de forma
repentina e interrumpiendo la entrevista—. No tema, le aseguro que no está
envenenado —concluyó con una elegante carcajada.
—¡Oh!,
disculpe, señor Morrison, pero la verdad es que no tengo ganas de té —contestó
Gabriel excusándose.
—No se
preocupe, pediré que lo retiren.
—No, no es
necesario —le interrumpió Gabriel—. No se moleste. Si le parece bien, me gustaría
seguir con la entrevista, señor Morrison.
—Si, por
supuesto. Continuemos.
—Bien. Señor
Morrison, ¿está usted trabajando en este momento en algún proyecto?
—Siempre hay
que mantener la mente despierta; estar activos. Por eso siempre procuro estar
investigando o informándome sobre algún caso. La perseverancia es uno de los
factores claves para el buen desempeño de un trabajo como el mío, por eso
procuro siempre estar…, ¿cómo se dice?..., —se preguntó a sí mismo mientras
arqueaba las cejas y miraba de forma breve al techo—. ¡Ah, sí! ¡Activo! Eso es,
activo. Procuro siempre estar activo.
—Ya…, pero…,
eso no contesta a mi pregunta, señor Morrison.
De nuevo,
Morrison contestó con una fuerte risotada. Algo que hizo sentirse incómodo a
Gabriel, el cual se limitó a sonreír con cierta timidez. No dijo nada, temía
que la pregunta fuera obviada por el entrevistado y pasara de largo a la
siguiente. Pensaba que a través de la respuesta que Morrison diera a su
pregunta podría sacar más conclusiones, por lo que no tenía intención de perder
esta oportunidad.
—Me fascina
esa tenacidad que atesora la gente de su gremio —dijo al fin—. Es usted un gran
profesional. Está atento a todo; no deja pasar una. Y eso es algo que aprecio
de forma considerable. No tema, ninguna de sus preguntas quedará sin la
respuesta que usted espera.
Tomó un gran
sorbo de té. Lo saboreo y, como si de un ritual se tratara, colocó la taza
sobre el plato y la cucharilla sobre la taza. Después le miró y tomó aire, pero
no dijo nada. Se limitó a sonreír con sus manos entrelazadas sobre el regazo,
como si estuviera meditando una respuesta. Eso inquietó a Gabriel. Hasta aquel
momento, Morrison, se había comportado de una forma ejemplar, nada
extravagante, ni un detalle extraño que hiciera saltar las alarmas. Pero desde
que Gabriel formulara esa pregunta se hacía cada vez más visible que el
escritor ocultaba algo sobre un tema de vital importancia para Gabriel.
—¿Y bien,
Señor Morrison? —irrumpió Gabriel el estado dubitativo del escritor.
—Lo que le
voy a contar —dijo el escritor inclinándose hacia Gabriel—, no podrá usted
utilizarlo para su trabajo, me temo. Es información de vital importancia que
debe ser manejada de forma confidencial. ¿Entiende lo que le quiero decir? —con
cierto disimulo, dirigió su mirada hacia la grabadora que había sobre la mesa
para luego volver a mirar a Gabriel.
Se quedó pasmado.
Observando la claridad de sus ojos con la misma atención que lo haría si lo
hubiese hipnotizado. Trató de moverse, pero no pudo. ¿Qué estaba a punto de
contarle Morrison? Debía ser algo de suma importancia para que se viera
obligado a apagar la grabadora. Quizá le incumbía a él…, quizá sabía todo
respecto a él. Si, lo mejor para Gabriel era apagar la grabadora por lo que
pudiera decir el bueno de Morrison.
Sin decir
nada, Gabriel llevó su mano sobre la grabadora y la desconectó. Morrison sonrió
y, haciendo gala de su elegante compostura, se echó hacia atrás, apoyándose
sobre el respaldo del butacón en el que estaba sentado.
—No dejo
nunca nada al azar. No actúo de forma impulsiva, si no por alguna razón. ¿Crees
que vine aquí por el clima? ¿Que he viajado a una calurosa ciudad del sur de
España sin motivo alguno? Sé que no. Eres demasiado inteligente como para dar
por sentado algo que no es así. —Se sirvió un poco más de té y lo removió con
la cucharilla. Tomó un sorbo y se echó hacia atrás, aún con la taza humeante en
las manos—. He viajado a este…, maravilloso lugar por lo acontecido en los
últimos meses.
—¿Los
asesinatos? Eso quedó resuelto hace meses, señor Morrison.
—¿Resueltos?
—Negó con la cabeza.
—Señor
Morrison, le puedo asegurar que lo de los asesinatos está resulto. Yo mismo me
vi involucrado y pude ver con mis propios ojos cómo la policía abatía al
asesino.
—Estoy al
tanto de ello —le interrumpió—. Sé de su aventura con…, ¿cómo se llamaba aquel
joven?... ¿Iván? ¿De verdad cree que aquel pobre muchacho es el responsable de
todos esos asesinatos?
—Bueno…, la
policía…
—La policía
no tiene ni la menor idea, señor Gabriel —volvió a interrumpirle.
Sonrió.
Gabriel intuía la dirección que estaba tomando todo aquello y hacia dónde se
dirigía Morrison. Comenzaba a ponerse nervioso, pero no dejaría que el escritor
lo notara. Si lo hacía, saldría perjudicado y toda la ventaja sería para él.
—¿Pone en
entredicho el trabajo de todo un equipo policial?
—No. Sólo
digo que no han terminado el trabajo. Quizás hayan dado por sentado que con la
muerte de Iván todo había acabado, pero tú y yo sabemos que no es así.
—¿Yo?
—preguntó, tratando de hacerse el sorprendido.
—He estado
investigando, por encima, todos esos crímenes acontecidos en esta ciudad los
últimos meses…
—Y…, ¿ha
descubierto algo?
En esta
ocasión era Gabriel quien cortaba el discurso del señor Morrison. Esperaba
poder sacarle la información que necesitaba. Quería oír salir de su boca las
conclusiones que Gabriel esperaba con cierta desesperación. Quedaba vigente que
Morrison sabía más de lo que dejaba entrever. Y toda esa información podría
perjudicarle de forma considerable.
—Eso…, no se
lo puedo revelar. Al menos por ahora, Gabriel. Se trata de información
clasificada que aún debo constatar. No puedo, ni quiero, lanzar afirmaciones
que podrían no ser del todo ciertas. Si lo hago sin haber desarrollado un
argumento construido a partir de pruebas fehacientes, podría perjudicar a
muchas personas que poco o nada tendrían que ver con todo esto. Y sería algo
completamente injusto, ¿no cree?
—Si. No hay
que dar pasos en falso.
Gabriel le
echó un último vistazo a Morrison y se levantó tomando la grabadora. Acto
seguido, Morrison le siguió.
—Señor
Morrison, me encantaría estar al tanto de los avances en sus investigaciones.
Ha sido un placer entrevistarle y deseo, de verdad, que tenga éxito.
—El placer ha
sido mío, Gabriel. Le prometo mantenerle al tanto de todo —dijo haciendo un
además con el que le invitaba a dirigirse hacia la puerta por la que había
entrado.
Morrison
acompañó a Gabriel hacia la puerta. Tras él, un par de los hombre que había
allí se movilizaron, y no tardó en salirles al paso la mujer que había
acompañado al periodista hasta allí.
—Yo le
acompañaré hasta la salida —se ofreció la mujer abriendo la puerta.
Antes de
salir, Gabriel se volvió hacia Morrison y le ofreció su mano en señal de
despedida. Ante tal cortesía, Morrison se acercó a él y cubrió con sus dos
manos la del periodista.
—Es usted una
pieza fundamental en todo esto, Gabriel. Cuídese.
—¿A qué se
refiere usted?
—¿Acaso no lo
ve? —contestó Morrison sonriendo—. Usted es el elemento que aparece de una
forma u otra en todos y cada uno de los crímenes.
Continuará…
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