domingo, 1 de febrero de 2015

La oscuridad en la luz-2X03-Un secreto a voces

—Como ya sabrá —prosiguió con la conversación—, he trabajado con las autoridades de diferentes países para atrapar a los asesinos más viles y despiadados. He sido de gran ayuda y mi actuación ha logrado salvar muchas vidas.
Gabriel lo observaba con atención. Morrison tenía el pelo lacio y canoso, y a pesar de que algunas arrugas se le marcaban considerablemente en el rosto, no aparentaba tener demasiada edad. Llevaba un pañuelo rojo atado al cuello y unos gemelos brillantes asomaban bajo las mangas de la chaqueta negra que llevaba puesta. Estaba más que claro que cuidaba los detalles y que era un hombre elegante. A Gabriel le costaba imaginárselo en el barro, tras la pista de un asesino. Tenía pinta de ser el típico detective inglés que abusaría, sin dudarlo, de sus buenas palabras y elegantes modales para lograr sus objetivos, pero poco más.
A pesar de que aún no había tratado de indagar más profundamente en los asuntos ni pensamientos de Morrison, Gabriel se sentía cómodo y no mostraba síntomas de impaciencia. Era una extraña sensación provocada por el ambiente de tranquilidad que reinaba en toda la sala. Lo sabía y no le importaba demasiado. Tan sólo él y el profesor parecían estar allí. El resto de personas que ocupaban la sala guardaban un respetuoso silencio y una cierta distancia para propiciar esa artificial sensación de intimidad.
—Me he percatado, Gabriel, de que no ha probado usted el té —dijo Morrison de forma repentina e interrumpiendo la entrevista—. No tema, le aseguro que no está envenenado —concluyó con una elegante carcajada.
—¡Oh!, disculpe, señor Morrison, pero la verdad es que no tengo ganas de té —contestó Gabriel excusándose.
—No se preocupe, pediré que lo retiren.
—No, no es necesario —le interrumpió Gabriel—. No se moleste. Si le parece bien, me gustaría seguir con la entrevista, señor Morrison.
—Si, por supuesto. Continuemos.
—Bien. Señor Morrison, ¿está usted trabajando en este momento en algún proyecto?
—Siempre hay que mantener la mente despierta; estar activos. Por eso siempre procuro estar investigando o informándome sobre algún caso. La perseverancia es uno de los factores claves para el buen desempeño de un trabajo como el mío, por eso procuro siempre estar…, ¿cómo se dice?..., —se preguntó a sí mismo mientras arqueaba las cejas y miraba de forma breve al techo—. ¡Ah, sí! ¡Activo! Eso es, activo. Procuro siempre estar activo.
—Ya…, pero…, eso no contesta a mi pregunta, señor Morrison.
De nuevo, Morrison contestó con una fuerte risotada. Algo que hizo sentirse incómodo a Gabriel, el cual se limitó a sonreír con cierta timidez. No dijo nada, temía que la pregunta fuera obviada por el entrevistado y pasara de largo a la siguiente. Pensaba que a través de la respuesta que Morrison diera a su pregunta podría sacar más conclusiones, por lo que no tenía intención de perder esta oportunidad.
—Me fascina esa tenacidad que atesora la gente de su gremio —dijo al fin—. Es usted un gran profesional. Está atento a todo; no deja pasar una. Y eso es algo que aprecio de forma considerable. No tema, ninguna de sus preguntas quedará sin la respuesta que usted espera.
Tomó un gran sorbo de té. Lo saboreo y, como si de un ritual se tratara, colocó la taza sobre el plato y la cucharilla sobre la taza. Después le miró y tomó aire, pero no dijo nada. Se limitó a sonreír con sus manos entrelazadas sobre el regazo, como si estuviera meditando una respuesta. Eso inquietó a Gabriel. Hasta aquel momento, Morrison, se había comportado de una forma ejemplar, nada extravagante, ni un detalle extraño que hiciera saltar las alarmas. Pero desde que Gabriel formulara esa pregunta se hacía cada vez más visible que el escritor ocultaba algo sobre un tema de vital importancia para Gabriel.
—¿Y bien, Señor Morrison? —irrumpió Gabriel el estado dubitativo del escritor.
—Lo que le voy a contar —dijo el escritor inclinándose hacia Gabriel—, no podrá usted utilizarlo para su trabajo, me temo. Es información de vital importancia que debe ser manejada de forma confidencial. ¿Entiende lo que le quiero decir? —con cierto disimulo, dirigió su mirada hacia la grabadora que había sobre la mesa para luego volver a mirar a Gabriel.
Se quedó pasmado. Observando la claridad de sus ojos con la misma atención que lo haría si lo hubiese hipnotizado. Trató de moverse, pero no pudo. ¿Qué estaba a punto de contarle Morrison? Debía ser algo de suma importancia para que se viera obligado a apagar la grabadora. Quizá le incumbía a él…, quizá sabía todo respecto a él. Si, lo mejor para Gabriel era apagar la grabadora por lo que pudiera decir el bueno de Morrison.
Sin decir nada, Gabriel llevó su mano sobre la grabadora y la desconectó. Morrison sonrió y, haciendo gala de su elegante compostura, se echó hacia atrás, apoyándose sobre el respaldo del butacón en el que estaba sentado.
—No dejo nunca nada al azar. No actúo de forma impulsiva, si no por alguna razón. ¿Crees que vine aquí por el clima? ¿Que he viajado a una calurosa ciudad del sur de España sin motivo alguno? Sé que no. Eres demasiado inteligente como para dar por sentado algo que no es así. —Se sirvió un poco más de té y lo removió con la cucharilla. Tomó un sorbo y se echó hacia atrás, aún con la taza humeante en las manos—. He viajado a este…, maravilloso lugar por lo acontecido en los últimos meses.
—¿Los asesinatos? Eso quedó resuelto hace meses, señor Morrison.
—¿Resueltos? —Negó con la cabeza.
—Señor Morrison, le puedo asegurar que lo de los asesinatos está resulto. Yo mismo me vi involucrado y pude ver con mis propios ojos cómo la policía abatía al asesino.
—Estoy al tanto de ello —le interrumpió—. Sé de su aventura con…, ¿cómo se llamaba aquel joven?... ¿Iván? ¿De verdad cree que aquel pobre muchacho es el responsable de todos esos asesinatos?
—Bueno…, la policía…
—La policía no tiene ni la menor idea, señor Gabriel —volvió a interrumpirle.
Sonrió. Gabriel intuía la dirección que estaba tomando todo aquello y hacia dónde se dirigía Morrison. Comenzaba a ponerse nervioso, pero no dejaría que el escritor lo notara. Si lo hacía, saldría perjudicado y toda la ventaja sería para él.
—¿Pone en entredicho el trabajo de todo un equipo policial?
—No. Sólo digo que no han terminado el trabajo. Quizás hayan dado por sentado que con la muerte de Iván todo había acabado, pero tú y yo sabemos que no es así.
—¿Yo? —preguntó, tratando de hacerse el sorprendido.
—He estado investigando, por encima, todos esos crímenes acontecidos en esta ciudad los últimos meses…
—Y…, ¿ha descubierto algo?
En esta ocasión era Gabriel quien cortaba el discurso del señor Morrison. Esperaba poder sacarle la información que necesitaba. Quería oír salir de su boca las conclusiones que Gabriel esperaba con cierta desesperación. Quedaba vigente que Morrison sabía más de lo que dejaba entrever. Y toda esa información podría perjudicarle de forma considerable.
—Eso…, no se lo puedo revelar. Al menos por ahora, Gabriel. Se trata de información clasificada que aún debo constatar. No puedo, ni quiero, lanzar afirmaciones que podrían no ser del todo ciertas. Si lo hago sin haber desarrollado un argumento construido a partir de pruebas fehacientes, podría perjudicar a muchas personas que poco o nada tendrían que ver con todo esto. Y sería algo completamente injusto, ¿no cree?
—Si. No hay que dar pasos en falso.
Gabriel le echó un último vistazo a Morrison y se levantó tomando la grabadora. Acto seguido, Morrison le siguió.
—Señor Morrison, me encantaría estar al tanto de los avances en sus investigaciones. Ha sido un placer entrevistarle y deseo, de verdad, que tenga éxito.
—El placer ha sido mío, Gabriel. Le prometo mantenerle al tanto de todo —dijo haciendo un además con el que le invitaba a dirigirse hacia la puerta por la que había entrado.
Morrison acompañó a Gabriel hacia la puerta. Tras él, un par de los hombre que había allí se movilizaron, y no tardó en salirles al paso la mujer que había acompañado al periodista hasta allí.
—Yo le acompañaré hasta la salida —se ofreció la mujer abriendo la puerta.
Antes de salir, Gabriel se volvió hacia Morrison y le ofreció su mano en señal de despedida. Ante tal cortesía, Morrison se acercó a él y cubrió con sus dos manos la del periodista.
—Es usted una pieza fundamental en todo esto, Gabriel. Cuídese.
—¿A qué se refiere usted?
—¿Acaso no lo ve? —contestó Morrison sonriendo—. Usted es el elemento que aparece de una forma u otra en todos y cada uno de los crímenes.



Continuará…

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