La cabeza le
daba vueltas. No dejaba de pensar en la entrevista, en cada detalle. La
elegancia del señor Morrison; su inteligencia. Cómo le miraba; de tal forma que
pareciera estar escudriñando cada uno de sus gestos en busca de algo en
concreto, como si supera ya lo que andaba buscando desde mucho antes de que él
entrara a su lujosa suite.
No tenía
hambre. Llevaba desde entonces con esa rara sensación de desazón que no le
permitía hacer nada más que no fuera pensar en la conspiración que se tejía a
su alrededor. Una paranoica idea que le estaba consumiendo en sus idas y
venidas. ¿Quién le mando mantener un encuentro con Morrison? El Jefe, sin lugar
a dudas él había comenzado todo esto. Él tiene que saber algo… Pero no. Él no
le traicionaría. Le ha prestado ayuda incondicional en más de una ocasión. No,
él no. Pero entonces…, ¿quién?
—¿No vas a
comer hoy tampoco?
Una voz le
sacó de sus pensamientos. Fue entonces cuando se vio mirando el plato de sopa
mientras lo removía con la cuchara en un constante y sinuoso movimiento. Alzó
la vista para contemplar cómo la luz golpeaba el rostro esbelto de Sara dándole
un aspecto angelical. Era bella, muy bella. E inteligente. Una de esas personas
que logran con su sola presencia inundar una vida de felicidad. Con su sonrisa
conseguía que él se sintiera en calma. Hacía tanto tiempo que Gabriel no sentía
eso… Quería disfrutar de aquella sensación que volvía a él después de tantos
años. De verdad lo quería; pero sus propias preocupaciones se lo impedían. Le
golpeaban con más fuerza de lo que podía resistir y ni tan si quiera pensar en
ella o verla sonreír le calmaba.
Frunció el
ceño y respiró hondo antes de llevarse la cuchara con algo de sopa a la boca.
No pretendía disgustarla, no quería. Pero eran cosas suyas. Reacciones ante
ciertas situaciones que no podía controlar. Algo a lo que ya se había
acostumbrado y contra lo que ni quería ni podía luchar. Tan sólo se dejaba
arrastrar por la corriente hasta que podía aferrarse a algo que le permitiera
salir a flote. Quizá un error, ya que en algún momento dejaría de haber algo a
lo que aferrarse.
—¿Te
encuentras bien?
—Sí, claro
que sí. Es sólo que llevo unos días pensando en algo.
—¿En qué? —no
tardó ella en preguntarle.
Dudó en
hablar sobre ello. No es que no pretendiera hacerla partícipe de sus problemas.
No, no se trataba de eso. Lo que no quería era cometer algún error y que
alguien pudiera actuar contra él por ciertos detalles, por mínimos que fueran,
sobre lo que hacía o dejaba de hacer. No podía confiar en nadie, desde hacía ya
bastante tiempo no podía hacerlo. Podrían traicionarle en cualquier momento ya
que no conocía lo suficiente a quienes le rodeaban. Era mejor guardar silencio,
o al menos no contarlo todo.
—Verás, tengo
que entregar una entrevista importante a El Jefe y…
Levantó la
vista y la miró a los ojos. Ella esperaba sonriente a que hablara y le contara
sus problemas. En eso consiste una relación, ¿no? En que el uno está para el
otro y viceversa. Lo comprendió en aquel instante. Sara no era ella. En
realidad nadie podría volver a ser ella, jamás se ocuparía su lugar. Pero los
sentimientos eran los mismos; eso sí había vuelto y parecía querer quedarse.
Por supuesto,
eso sólo era el comienzo. Aún no podía confiarle a Sara ciertos secretos. En
realidad no se los podía confiar a nadie. Serían sólo suyos, se los llevaría a
la tumba. Y lograría ser feliz con ella. Se lo prometió a sí mismo. Algún día
dejaría de hacer lo que hacía y volvería a tener una vida normal. Eso también
se lo prometió, como tantas veces antes.
—¿Y qué?
—preguntó ella al comprobar que se había quedado inmóvil, mirándola—. Seguro
que se quedará pasmado con la gran entrevista que has hecho y te devolverá a tu
puesto. Tienes que confiar más en ti mismo.
—No se trata
de eso —confesó Gabriel enseguida.
Sara frunció
el ceño. ¿De qué se trataba entonces? Sabía que algo no iba bien. Desde hacía
algunos días tenía la certeza de que algo preocupaba a Gabriel de forma
considerable. Tenía que averiguar de qué se trataba pero sabía que no sería
algo fácil.
—Entonces…,
¿de qué se trata?
—Es que…
—Gabriel guardó silencio durante un instante y después continuó—: Debo confesarte
que tuve un problema en la entrevista. No salió como esperaba.
—¿Qué paso?
—preguntó echándose hacia delante—. Puedes contármelo. Confía en mí.
Esa frase:
“Confía en mi”. Expone tanto al que la dice como al que la escucha. Es un arma
que pone en compromiso a todo aquel que tiene la desgracia de oírla; más aún
cuando quien la dice es esa persona por la que seríamos capaces de mover el
mundo. Una invitación que abre las puertas de par en par a la sinceridad y, al
mismo tiempo, a la desconfianza. Porque, ¿quién no la dice con el único fin de
hallar la verdad?
Gabriel sabía
que tenía que decir algo lo suficientemente acertado para no levantar sospechas
ni enredar más la situación. Sabía que toda buena mentira debe ser breve y
contener los menores detalles posibles. En realidad no quería engañarla, pero
una mentira piadosa sólo haría bien.
—Pues resulta
que Thomas Morrison no me contó todo cuanto necesitaba en la entrevista para el
artículo.
No tardó en
dibujársele una sonrisa en la cara. Ella sabía que Gabriel siempre se exigía
demasiado pero, ¿debía sentirse así por algo tan insignificante? Aún no se
conocían lo suficiente; ella no lo conocía todo acerca de él. Por eso prefirió
no juzgarle.
—Pero estoy
convencida de que tú sacarás lo mejor de esa entrevista para el artículo y
dejarás asombrado a tu jefe.
Él sonrió.
Todo aquel momento le hizo sonreír. Se basaba en la mentira y eso era lo que le
hacía gracia. No había nada de real en todo aquello. Era un momento basado en
humo, sólo eso. Un momento especial que para él no tenía importancia pero que
en otras circunstancias hubiese tenido cierta relevancia. Quizá en otra vida;
otras personas.
—Claro que sí
—acertó a contestar.
Se pasó toda
la tarde transcribiendo la entrevista. Tomó sólo lo mejor para pasarlo a
formato digital. Bueno, en realidad, tomó todo aquello que a él le convenía.
Nada más. No le gustaba la censura y mucho menos la autocensura, pero era
necesario. Cuantas menos pistas diese, mejor. Y trabajaba para un diario que
leía mucha gente. Con suerte, el inspector Nicolás y sus hombres no sabrían de
Morrison hasta pasado bastante tiempo, siempre y cuando el escritor no se hubiese
puesto ya en contacto con ellos. Tenía sus dudas sobre esto, aún así no sería
él quien mediante su publicación propiciara el encuentro entre las dos partes.
Una vez hecho
todo el trabajo decidió tomarse un respiro. Descansar y despejar su mente. Fue
con Sara al Paseo Marítimo, cenaron en un elegante restaurante italiano y tras
tomar unas copas en el puerto se fueron a casa a hacer el amor.
La
contemplaba, tumbada en la cama, mientras no pensaba en nada. Era la viva
imagen de la plenitud, de todo aquello que quería. Pensó en ello, en cómo una
persona completamente desconocida podía llegar a ser aquello sobre lo que gira
todo el universo. Su universo. Algo raro, ¿verdad?
Se levantó con
aire renovado. Dejó a Sara acostada y él emprendió el camino hacia la
redacción. Nada más entrar por la puerta supo que había llegado demasiado
temprano. No importaba, lo prepararía todo para la reunión matinal. Quizá la
primera a la que acudiera desde que empezó a trabajar para ese diario. Vanesa,
al llegar, le miró con sorpresa y no pudo evitar sonreír al ver que había
llegado antes.
—¿Estás bien?
—dijo acercándose a su mesa.
—Claro, ¿por
qué no iba a estarlo?
—Pues no sé,
como no acostumbras a estar por aquí a estas horas…
Gabriel
sonrió.
—Oye, esto de
las reuniones matinales…, ¿cómo va?
—¡Ah, claro!
Como tú nunca has estado en una de ellas… No te preocupes, normalmente sólo habla
El Jefe y no dice nada de interés. Habla de cifras y poco más. A algunos les
dice lo que tienen que preparar para los siguientes números, pero eso sólo los
lunes.
—Y me parecía
a mí que me estaba perdiendo algo interesante…
—Creo que en
breves lo descubrirás —le interrumpió haciéndole un gesto para que mirara a su
espalda.
Era El Jefe,
venía sorbiendo lo que parecía ser un café en un vaso de plástico. Todos
acudieron a él como moscas a la miel y lo rodearon de inmediato. Gabriel fue el
último en llegar.
—¡Vaya! ¡Esto
sí que es una sorpresa! —dijo tras revisar cada uno de los rostros que le
rodeaban—. ¿Está…, estás bien, Gabriel?
—Sí, por supuesto
—contestó echando un vistazo fugaz a todos, sonriendo.
La reunión
fue breve y, tal y como Vanesa le había dicho, habló de cifras y poco más. Una
reunión aburrida hasta la saciedad que no aportaba nada a la plantilla. Tan
sólo humillación al comprobar las abultadas cifras de ventas y compararlas con
sus bajos salarios.
Al terminar,
El Jefe llamó a Gabriel a su despacho.
—He podido
escuchar la entrevista —le dijo antes de que se llegara si quiera a sentar.
—Y…, ¿qué le
parece?
—¿Hubo algún
problema en la entrevista?
Gabriel dudó
sobre qué decir. La entrevista se cortaba, no cabía la menor duda. Quien
hubiese escuchando la grabación se habría percatado de que algo no fue bien. En
aquel instante se arrepintió de no haber retocado el final de la grabación, no
tenía ni idea de que El Jefe la revisaría. Nunca antes lo había hecho. ¡¿Por
qué ahora sí?!
Continuará…
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