Leonardo Sabaraglia, que lleva a cabo una interpretación salvaje que se dispara a medida que avanza la trama, se mete en la piel de Martín Circo (ya de por si el nombre se las trae) que tras ganar un gran premio en un concurso tiene que lidiar con Hacienda y los gastos que conlleva tal fortuna para no arruinarse. ¿Quién dijo que ser millonario fuera barato?
Cortés trata de mostrarnos el funcionamiento de la banca y los préstamos que ésta concede, al mismo tiempo que hace una dura crítica del sistema bancario y a la sociedad consumista en la que nos hemos convertido. Un tema interesante y muy visible durante casi todo el metraje que se diluye al final en una especie de carrera a contrareloj a ninguna parte con un montaje en paralelo desconcertante que nos hace compartir la agonía de Martín. Cortés juega con nosotros, ya que nos presenta una cosa que se torna en otra un tanto distinta al final. Y es que la poesía del comienzo da paso a una aventura salvaje y arriesgada, descontrolada, que fluye sin control aparente y que acaba de una forma un tanto simplona y previsible.
Los diálogos explosivos y una acción llena de violencia nos hacen sentir vértigo en algunos momentos e intranquilidad en otros. Esto se ve potenciado por una realización más característica de un spot publicitario que de una película, al emplear una diversa y amplia gama de técnicas audiovisuales que en alguna que otra ocasión más bien parecen sobrar que hacer falta al no suponer ningún aporte para la narración. Un método con el que el propio Cortés lastra la agilidad en el desarrollo de la trama y que tan sólo sirve para abrumarnos y confundirnos. Cierto es que se sirve de estas técnicas para dar sentido a alguna situación en concreto o dar un aspecto más poético a una situación cotidiana y banal, pero la mayoría son excentricidades de un realizador sobrado en recursos y falto en argumentos. Se ha excedido en lo que muchos no llegan.
Cortés traza una extraña mezcla de géneros que logra casar con cierta dignidad. La estética conseguida nos recuerda un tanto a ese cine negro, que se ve potenciado gracias a algunos momentos dignos que nos recordarán a este género, más en concreto a esos que Martín comparte con Edmundo Figueroa, en los que Chete Lera parece un auténtico detective. Muy buena interpretación de este veterano actor, cuyo excéntrico personaje parece esconder algo más de lo que descubrimos. Y por su puesto no podemos olvidar a la femme fatale particular: Miryam Gallego, que está más que correcta representando a la nueva chica rica que sólo sabe gastar y que abandona el barco cual rata al ver que se hunde. Pero Concursante no deja de ser un drama satírico. Se sirve de situaciones puntuales para provocar una risa socarrona, pero más bien es lograda por la acidez de estas situaciones o los diálogos que se dan en ella. Para este punto juega un papel importante Luis Zahera, quien llama la atención desde el comienzo con una exagerada actuación en la que gesticula con demasiada pasión.Está claro que no debemos olvidar que la base de esta producción es un auténtico drama en el que vemos cómo un hombre lucha contra un sistema que se pone en su contra y que sólo le lleva a su propia destrucción.
La banda sonora es una mezcla de géneros que se corresponde a cada situación, potenciando los sentimientos que transmite la acción en un momento determinado. Una comunión entre imagen y sonido bastante decente.
Concursante es una baza mal jugada. Con toda probabilidad llegara a destiempo y si se hubiese estrenado hoy, su repercusión habría sido mayor. Su despliegue técnico es espléndido aunque excesivo en algunas partes, pero esto no quiere decir que sea absurdo o esté mal ejecutado, aunque si es cierto que puede llegar a confundirnos en ciertas partes por ser demasiado complejo lo que expone. Es una buena historia que, según captemos el mensaje, nos puede venir bien o no. La trama se ve empañada por un final apoteósico que vuelve lo sencillo demasiado complejo. Lo bueno es que a nivel general se desarrolla bien, con la agilidad suficiente como para que se sucedan los minutos y no nos demos cuenta si quiera.
La interacción del protagonista con el espectador es un acierto, rompe la cuarta pared de una forma elegante y graciosa con la que incluso se permite algún recurso que le viene al pelo para enlazar secuencias muy dispares. El resto del reparto cumple. Cada rol está bien marcado y son piezas indispensables que forman parte de un conjunto sólido y sin fisuras.
Nos encontramos con una producción interesante pero que en ocasiones aparenta ser una auténtica paranoia del guionista y realizador, Rodrigo Cortes. Pero justo en eso reside su exclusividad y el acierto. Gracias a sus excentricidades, la película rebosa originalidad por los cuatro costados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario