Caminar por
la ciudad siempre le apaciguaba.
Había
decidido ir andando hasta el hotel. Era una de las cosas que le gustaba de Almería:
poder ir a cualquier lugar caminando.
Se sentó un
instante en uno de los banco de la Rambla. Debía organizar cada uno de los
pensamientos que corrían a toda velocidad por su cabeza. Hacía tiempo que no
sentía esa aplastante sensación de agobio, y aquel encuentro era, sin duda, un
tanto complicado para él. Pero pese a todo, haría todo lo posible para poner la
balanza de su lado. Gabriel sabía desenvolverse bien en ese tipo de situaciones
y lo tenía todo estudiado al milímetro.
Tras ese
breve instante, se levantó del banco y cruzó la calle en dirección al hotel.
Nada más
entrar por la gran puerta acristalada del hotel, el recepcionista se acercó a
él.
—Buenas
tardes, caballero. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Ehmm… Si…,
verá…, soy Gabriel, periodista del Diario Al-Bayyana —se presentó—. Venía para
ver al señor…
—Al Señor
Morrison, ¿verdad? —le interrumpió el recepcionista.
—Sí, así es.
—Muy bien.
Venga por aquí —con un ademán le indicó que le siguiera.
Subieron por
una gran escalera de mármol y recorrieron un largo pasillo. Caminaba tras el
recepcionista, observando la ostentosa decoración que vestía el pasillo y las
zonas comunes por donde pasaban. El suelo estaba cubierto casi en su totalidad
por una llamativa alfombra roja y de las paredes, revestidas en madera lacada
de un blanco impoluto, colgaban vistosas lámparas doradas y diversos lienzos en
los había representadas diferentes escenas. Gabriel jamás había pensado que
aquel hotel fuera tan sumamente lujoso. Aquel tipo de decoraciones siempre le
habían asombrado, aún así, supo disimular bien ante el recepcionista.
Habían
recorrido el largo pasillo hasta llegar al ascensor. El recepcionista le cedió
el paso a Gabriel y, una vez dentro, insertó una pequeña llave en una cerradura
que había junto al panel de botones del ascensor. Tras haberla accionado, el
ascensor comenzó a moverse. Gabriel se fijó en el panel luminoso que anunciaba
el destino y en lugar de haber números, como esperaba, había dos letras: “PA”.
No entendía muy bien que querían decir aquellas siglas, pero sí tenía la
sensación de que el ascensor subía a una velocidad considerable.
Pararon en
seco, y el agudo sonido de la campana precedió a la apertura de las puertas.
Ante Gabriel se extendía una ancha antesala, iluminada por la luz exterior que
entraba directa por una impresionante claraboya. Aquella antesala estaba
mínimamente decorada pero con una exquisitez sin igual en el hotel.
Gabriel se
deleitó observando algunos de los cuadros de artistas reconocidos que colgaban
de las paredes mientras caminaba sobre el blanco y bien pulido mármol. Estaba
tan ensimismado observando las obras de arte que no se percató de que el
recepcionista seguía dentro del ascensor.
—Discúlpeme,
¿es aquí? —se dirigió amablemente al recepcionista.
—Sí, debe
llamar a esa puerta de enfrente y esperar, en seguida le abrirá alguien del
servicio.
—Muchísimas
gracias —tras agradecerle al recepcionista la ayuda prestada, Gabriel se giró
hacia la puerta que le había indicado.
—Señor —le
llamó la atención el recepcionista.
—Sí, dígame.
—Esta es una
zona reservada para clientes exclusivos, por lo que le pido que no se haga ver
demasiado por las zonas comunes. No quisiéramos que nuestros clientes se
pudieran sentir incómodos. Espero que lo comprenda.
—Sí,
descuide. Le aseguro que no tendrá ninguna queja.
—Muchas
gracias, señor —le dijo sonriendo el recepcionista—. Al terminar la reunión con
el Señor Morrison, uno de mis compañeros le llevará de vuelta a la entrada
principal. Espero que tenga una muy buena tarde.
A Gabriel no
le dio tiempo ni a abrir la boca. Las puertas del ascensor se cerraron ante él
y se quedó solo en aquel lugar. Observó que al lado de la puerta del ascensor
había una pequeña placa dorada en la que estaban grabadas las palabras:
“PRIVATE AREA”. Comprendió entonces qué querían decir las siglas que vio en el
ascensor cuando el recepcionista introdujo la llave. Aquella era una zona
exclusiva del hotel a la que sólo unos cuantos privilegiados, a base de
talonario, tenían acceso.
De nuevo,
Gabriel se dirigió hacia la puerta que le había indicado el recepcionista y
llamó dando un par de golpes. De inmediato le abrió la puerta otro hombre
vestido con el solemne uniforme del hotel.
—Pase por
aquí, caballero —le indicó aquel hombre.
Y sin
cuestionarse nada, entró. El botones cerró la puerta a su paso y la bloqueó
pasando una tarjeta por el lector. A Gabriel comenzó a inquietarle la excesiva
seguridad que había montado el hotel para su inquilino. Sin duda, no era
demasiado bueno para él. Había un ingente número de cámaras vigilando en todo
el hotel, y en especial en aquella zona. Sin olvidar las infranqueables, y bien
selladas, puertas que separaban las diferentes estancias del hotel; o al propio
personal, omnipresente en todo el edificio. A pesar de todo, no dejaría que todo
aquel asunto le preocupara en aquel momento.
El botones
pasó por delante de él y le pidió que le siguiera. Fueron por un largo pasillo
acristalado que dividía el exuberante jardín en dos mitades. No tardó en
llegarle el fresco aroma de las flores. Gabriel miraba a ambos lados, fascinado
por el colorido del extraordinario jardín. Había visto algunos jardines de
interior, pero ninguno como aquel.
Accedieron a
otro ala del hotel. De nuevo, el botones tuvo que hacer uso de la tarjeta para
abrir y cerrar la puerta. Esta vez el pasillo se dividía en tres corredores, el
botones le guió por el de la derecha. No había decoración alguna en el
corredor, ni si quiera la alfombra que acostumbraba a haber en todo el hotel.
Llamó a la puerta que había al final de corredor, dio primero un golpe y, sin
apartarse de la puerta, volvió a golpearla de nuevo. Al cabo de unos minutos se
abrió la puerta, aunque no más de un palmo.
—¿Es él? —dijo
la persona que había tras la puerta.
—Sí —contestó
el botones sin perder tiempo—. Es Gabriel.
Aquello
empezó a crispar los nervios de Gabriel. Se sentía cada vez más desprotegido en
aquel lugar, como si todo aquello fuera una encerrona preparada para atraparle.
Le sudaban las manos y no paraba de mirar de un lado a otro. Se vio a sí mismo,
histérico, a punto de ser abatido por sus propios nervios. Pero supo calmarse a
tiempo. Entonces, la puerta se abrió.
Allí, frente
a él, había un hombre bastante corpulento que lo examinó de pies a cabeza.
Después se hizo a un lado, permitiéndole entrar. El botones se marchó dejándolo
allí solo.
Gabriel pudo
comprobar que aquello no era más que un control de seguridad. Le hicieron poner
sus pertenencias sobre una bandeja y pasar bajo un arco metálico, el cual se
activó haciendo sonar una chillona alarma. Tuvo que pasar una vez más y de
nuevo volvió a activarse la alarma, por lo que decidieron registrarle, pero no
encontrarían nada de interés. Gabriel no era tan estúpido como para ir armado a
un lugar que desconoce.
—Está limpio,
¿lo dejo pasar? —dijo el guardia de seguridad a través de su pinganillo. Y tras
unos segundos se dirigió a Gabriel—: Ya puedes pasar.
Se acercó a
la puerta y dio tres golpes. Esta vez fue una mujer la que apareció tras
abrirse la puerta. El guardia de seguridad se hizo a un lado y le permitió
entrar.
—Sígame por
aquí, Gabriel— le indicó la mujer, y no tardó en hacerlo.
Entró a un
gran recibidor cuya decoración era excesivamente barroca. Una de las paredes
era acristalada y se podía observar desde allí el jardín. Había una pequeña
fuente de estilo andalusí justo en el centro. Todo el techo estaba decorado con
escayola, moldeada en detalles imposibles. Y las paredes estaban pintadas en un
rojo crudo un tanto desgastado.
Superado el
recibidor, llegaron al salón central de la habitación. Estaba decorado de igual
manera que el recibidor. De nuevo, toda la decoración giraba en torno a una
fuente situada en el centro de la habitación, pero en lugar de la pared
acristalada, había un balcón que daba al jardín, abierto de par en par, y del techo
colgaba una impresionante lámpara, que iluminaba toda la estancia.
En el centro,
sentado en un butacón junto a la fuente, un hombre permanecía en total quietud.
La mujer se apresuró en acercarse a él. Le dijo algo, lo suficientemente bajo
como para que Gabriel no pudiera escuchar, y tras esto, se apartó de él
volviendo al recibidor.
—Le estaba
esperando. Llega justo a tiempo, Gabriel —dijo aquel hombre, levantándose, con
un peculiar acento inglés—. Justo a la hora del té.
Continuará…
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