domingo, 18 de enero de 2015

La oscuridad en la luz-2X02-A la hora del té

Caminar por la ciudad siempre le apaciguaba.
Había decidido ir andando hasta el hotel. Era una de las cosas que le gustaba de Almería: poder ir a cualquier lugar caminando.
Se sentó un instante en uno de los banco de la Rambla. Debía organizar cada uno de los pensamientos que corrían a toda velocidad por su cabeza. Hacía tiempo que no sentía esa aplastante sensación de agobio, y aquel encuentro era, sin duda, un tanto complicado para él. Pero pese a todo, haría todo lo posible para poner la balanza de su lado. Gabriel sabía desenvolverse bien en ese tipo de situaciones y lo tenía todo estudiado al milímetro.
Tras ese breve instante, se levantó del banco y cruzó la calle en dirección al hotel.

Nada más entrar por la gran puerta acristalada del hotel, el recepcionista se acercó a él.
—Buenas tardes, caballero. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Ehmm… Si…, verá…, soy Gabriel, periodista del Diario Al-Bayyana —se presentó—. Venía para ver al señor…
—Al Señor Morrison, ¿verdad? —le interrumpió el recepcionista.
—Sí, así es.
—Muy bien. Venga por aquí —con un ademán le indicó que le siguiera.
Subieron por una gran escalera de mármol y recorrieron un largo pasillo. Caminaba tras el recepcionista, observando la ostentosa decoración que vestía el pasillo y las zonas comunes por donde pasaban. El suelo estaba cubierto casi en su totalidad por una llamativa alfombra roja y de las paredes, revestidas en madera lacada de un blanco impoluto, colgaban vistosas lámparas doradas y diversos lienzos en los había representadas diferentes escenas. Gabriel jamás había pensado que aquel hotel fuera tan sumamente lujoso. Aquel tipo de decoraciones siempre le habían asombrado, aún así, supo disimular bien ante el recepcionista.
Habían recorrido el largo pasillo hasta llegar al ascensor. El recepcionista le cedió el paso a Gabriel y, una vez dentro, insertó una pequeña llave en una cerradura que había junto al panel de botones del ascensor. Tras haberla accionado, el ascensor comenzó a moverse. Gabriel se fijó en el panel luminoso que anunciaba el destino y en lugar de haber números, como esperaba, había dos letras: “PA”. No entendía muy bien que querían decir aquellas siglas, pero sí tenía la sensación de que el ascensor subía a una velocidad considerable.
Pararon en seco, y el agudo sonido de la campana precedió a la apertura de las puertas. Ante Gabriel se extendía una ancha antesala, iluminada por la luz exterior que entraba directa por una impresionante claraboya. Aquella antesala estaba mínimamente decorada pero con una exquisitez sin igual en el hotel.
Gabriel se deleitó observando algunos de los cuadros de artistas reconocidos que colgaban de las paredes mientras caminaba sobre el blanco y bien pulido mármol. Estaba tan ensimismado observando las obras de arte que no se percató de que el recepcionista seguía dentro del ascensor.
—Discúlpeme, ¿es aquí? —se dirigió amablemente al recepcionista.
—Sí, debe llamar a esa puerta de enfrente y esperar, en seguida le abrirá alguien del servicio. 
—Muchísimas gracias —tras agradecerle al recepcionista la ayuda prestada, Gabriel se giró hacia la puerta que le había indicado.
—Señor —le llamó la atención el recepcionista.
—Sí, dígame.
—Esta es una zona reservada para clientes exclusivos, por lo que le pido que no se haga ver demasiado por las zonas comunes. No quisiéramos que nuestros clientes se pudieran sentir incómodos. Espero que lo comprenda.
—Sí, descuide. Le aseguro que no tendrá ninguna queja.
—Muchas gracias, señor —le dijo sonriendo el recepcionista—. Al terminar la reunión con el Señor Morrison, uno de mis compañeros le llevará de vuelta a la entrada principal. Espero que tenga una muy buena tarde.
A Gabriel no le dio tiempo ni a abrir la boca. Las puertas del ascensor se cerraron ante él y se quedó solo en aquel lugar. Observó que al lado de la puerta del ascensor había una pequeña placa dorada en la que estaban grabadas las palabras: “PRIVATE AREA”. Comprendió entonces qué querían decir las siglas que vio en el ascensor cuando el recepcionista introdujo la llave. Aquella era una zona exclusiva del hotel a la que sólo unos cuantos privilegiados, a base de talonario, tenían acceso.
De nuevo, Gabriel se dirigió hacia la puerta que le había indicado el recepcionista y llamó dando un par de golpes. De inmediato le abrió la puerta otro hombre vestido con el solemne uniforme del hotel.
—Pase por aquí, caballero —le indicó aquel hombre.
Y sin cuestionarse nada, entró. El botones cerró la puerta a su paso y la bloqueó pasando una tarjeta por el lector. A Gabriel comenzó a inquietarle la excesiva seguridad que había montado el hotel para su inquilino. Sin duda, no era demasiado bueno para él. Había un ingente número de cámaras vigilando en todo el hotel, y en especial en aquella zona. Sin olvidar las infranqueables, y bien selladas, puertas que separaban las diferentes estancias del hotel; o al propio personal, omnipresente en todo el edificio. A pesar de todo, no dejaría que todo aquel asunto le preocupara en aquel momento.
El botones pasó por delante de él y le pidió que le siguiera. Fueron por un largo pasillo acristalado que dividía el exuberante jardín en dos mitades. No tardó en llegarle el fresco aroma de las flores. Gabriel miraba a ambos lados, fascinado por el colorido del extraordinario jardín. Había visto algunos jardines de interior, pero ninguno como aquel.
Accedieron a otro ala del hotel. De nuevo, el botones tuvo que hacer uso de la tarjeta para abrir y cerrar la puerta. Esta vez el pasillo se dividía en tres corredores, el botones le guió por el de la derecha. No había decoración alguna en el corredor, ni si quiera la alfombra que acostumbraba a haber en todo el hotel. Llamó a la puerta que había al final de corredor, dio primero un golpe y, sin apartarse de la puerta, volvió a golpearla de nuevo. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta, aunque no más de un palmo.
—¿Es él? —dijo la persona que había tras la puerta.
—Sí —contestó el botones sin perder tiempo—. Es Gabriel.
Aquello empezó a crispar los nervios de Gabriel. Se sentía cada vez más desprotegido en aquel lugar, como si todo aquello fuera una encerrona preparada para atraparle. Le sudaban las manos y no paraba de mirar de un lado a otro. Se vio a sí mismo, histérico, a punto de ser abatido por sus propios nervios. Pero supo calmarse a tiempo. Entonces, la puerta se abrió.
Allí, frente a él, había un hombre bastante corpulento que lo examinó de pies a cabeza. Después se hizo a un lado, permitiéndole entrar. El botones se marchó dejándolo allí solo.
Gabriel pudo comprobar que aquello no era más que un control de seguridad. Le hicieron poner sus pertenencias sobre una bandeja y pasar bajo un arco metálico, el cual se activó haciendo sonar una chillona alarma. Tuvo que pasar una vez más y de nuevo volvió a activarse la alarma, por lo que decidieron registrarle, pero no encontrarían nada de interés. Gabriel no era tan estúpido como para ir armado a un lugar que desconoce.
—Está limpio, ¿lo dejo pasar? —dijo el guardia de seguridad a través de su pinganillo. Y tras unos segundos se dirigió a Gabriel—: Ya puedes pasar.
Se acercó a la puerta y dio tres golpes. Esta vez fue una mujer la que apareció tras abrirse la puerta. El guardia de seguridad se hizo a un lado y le permitió entrar.
—Sígame por aquí, Gabriel— le indicó la mujer, y no tardó en hacerlo.
Entró a un gran recibidor cuya decoración era excesivamente barroca. Una de las paredes era acristalada y se podía observar desde allí el jardín. Había una pequeña fuente de estilo andalusí justo en el centro. Todo el techo estaba decorado con escayola, moldeada en detalles imposibles. Y las paredes estaban pintadas en un rojo crudo un tanto desgastado.
Superado el recibidor, llegaron al salón central de la habitación. Estaba decorado de igual manera que el recibidor. De nuevo, toda la decoración giraba en torno a una fuente situada en el centro de la habitación, pero en lugar de la pared acristalada, había un balcón que daba al jardín, abierto de par en par, y del techo colgaba una impresionante lámpara, que iluminaba toda la estancia.
En el centro, sentado en un butacón junto a la fuente, un hombre permanecía en total quietud. La mujer se apresuró en acercarse a él. Le dijo algo, lo suficientemente bajo como para que Gabriel no pudiera escuchar, y tras esto, se apartó de él volviendo al recibidor.
—Le estaba esperando. Llega justo a tiempo, Gabriel —dijo aquel hombre, levantándose, con un peculiar acento inglés—. Justo a la hora del té.



Continuará…

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