A lo largo de estos días he visto la promo de la vuelta del programa de Samanta Villar. En su estreno tratará un asunto que en los últimos años se ha puesto de moda y al mismo tiempo ha pasado desapercibido. Si, hablo de muñecos que parecen bebés reales por los que algunas personas llegan a pagar unos cuantos miles de euros. ¿Su función? Ser objeto de carantoñas y cuidados que no necesita.
Muchos pensarán que las personas que adquieren este tipo de muñecos están mal de la cabeza; otros, sin embargo, creen que es algo sin importancia, una moda que pasará como todas. ¿Yo? ¿Que qué creo yo? Yo creo que detrás de esta moda se esconde un problema realmente serio de índole psicológica. Quizá las personas que se hagan con estos muñecos y los cuiden, vistan y atiendan de la misma forma que harían con un bebé, sufren algún tipo de problema psicológico importante. Falta de afecto, o incluso excesivas ganas de dar afecto. La necesidad de cuidar y proteger, innata en el ser humano (bueno..., en la mayoría de los seres humanos), es la clave por la que las ventas de estos muñecos se han disparado. Quizá también interceda la soledad, ya que es un factor importante que llega a condicionarnos sobremanera. Y es que estos muñecos ofrecen posibilidades que o bien la naturaleza o bien las circunstancias no pueden ofrecernos como el tener un bebé eterno al que cuidar, sabiendo de primeras que no enferma y por lo tanto no muere, y que se mantiene en el mismo estado siempre: como un auténtico bebé. Este hecho habrá llevado a más de una persona a comprarlo.
Existen otra clases de muñecos cuyo uso se limita al de cubrir las necesidades sexuales. No hablo de las típicas muñecas hinchables, sino de verdaderas obras de arte que parecen personas de verdad con las que muchas personas (japoneses y chinos, sobretodo) comparten sus vidas de la misma forma que lo harían con una persona real. No sólo mantienen relaciones sexuales con estos muñecos sino que les llevan a cenar y a todos tipo de eventos, les compran vestidos y joyas... En definitiva, hacen que estos muñecos se conviertan en personas invitando al resto a tratarles como tal.
Pero, ¿si estos muñecos sirven para suplir ciertas necesidades humanas? ¿Qué tienen de malo? Pues lo malo viene cuando se traspasa esa línea que divide la cordura de la locura y una persona llega a considerar que su muñeco es real, que vive, y no sólo le ofrece esos cuidados ficticios que no le hacen bien ni mal, sino que abandona su vida por prestarse en cuerpo y alma a los cuidados del inanimado muñeco. Ahí es donde está el problema. En hacer que una vida gire en torno a algo que no tiene vida.
Este problema viene dado por el tipo de sociedad en el que nos hemos convertido. No es algo individual o casual. No. Es el efecto de una causa que venimos alimentando en las últimas décadas. Ese abandono del contacto real en favor de las relaciones virtuales. La desnaturalización del ser humano es una realidad candente que nos consume sin pausa.
Por eso, cuando veamos que alguien ama más a un muñeco que a una persona no pensemos que está loco de remate, pensemos que nosotros mismos hemos sido los responsables de llegar hasta ese punto. Aún podemos cambiarlo para evitar que vaya a más. ¿La solución? Ser más humano, ser más sociales.
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