Le despertó el olor a café.
La luz del sol entraba tímidamente por la
ventana. Estaba amaneciendo. Puso los pies descalzos sobre el suelo, aún hacía
algo de frío por las mañanas pero él ya estaba acostumbrado. Se puso el
albornoz y salió del dormitorio.
Caminó, aún somnoliento, por el pasillo hacia
la cocina, guiado por el olor a café. Y al llegar, allí estaba ella.
—¡Qué madrugadora! —exclamó al verla.
—Ya ves. Hoy tengo que hacer muchísimas
cosas —dijo mientras ponía unas tortitas recién hechas en uno de los platos.
Inmediatamente después, puso el plato en la mesa, sobre la que había sirope de
dos clases, leche condensada, nata y azúcar—. Espero que te gusten.
—No tenías por qué…
—Claro que tenía —le interrumpió ella
sonriendo.
—No, de verdad. No tienes por qué hacer
esto —insistió.
Un incómodo silencio gobernó por un
instante la cocina. Parecía haberse abierto una gran brecha en el suelo que,
con lentitud, los distanciaba aún más.
La joven, visiblemente dolida por el desafortunado
comentario de Gabriel, se quitó el mandil y lo dejó sobre la mesa para después
dirigirse hacia la puerta. Pero Gabriel la detuvo asiéndola por el brazo.
—Perdóname… —se pronunció tras un breve
silencio—. Debo…, debo volver a acostumbrarme a estas cosas. Sólo dame un poco
de tiempo, Sara.
Gabriel la soltó. Y mientras ella se
sentaba a la mesa, él se sirvió un par de tortitas sobre las que vertió sirope
de chocolate.
—Sé que no podré reemplazarla y te
aseguro que no es lo que pretendo —se sinceró—. Lo único que quiero es hacerte
feliz, o al menos…, intentarlo.
Él la miro, en silencio, con total
quietud.
Como todos, ella tenía razón. Gabriel
había permitido que los fantasmas le guiasen por tempestuosos mares y ya
llegaba el momento de que él mismo tomara el timón, de que viviera mirando al
presente. Ya era hora de encontrar la felicidad.
Sonrió y la miró, al fin, a los ojos. “Todo saldrá bien”, le susurró. Apenas
salió una palabra de sus labios y comenzó con el desayuno.
—Están muy buenas —dijo Gabriel con la
boca llena—. ¿No vas a comerte ninguna?
—No. No es que me gusten mucho. Las he
hecho por ti más que nada. Sé que te gustan.
—Gracias —dijo Gabriel tras sonreír,
mirándola—. ¿Y qué vas a hacer hoy?
—Tengo que ir al centro a arreglar unos
asuntos de papeleo y eso, y después al mercado a comprar unas cosas.
—¿Eso es todo lo que tienes que hacer?
—También tengo que cuidar de ti, que
bastante es ya de por si… —le contestó ella burlándose.
—Sí —dijo tras dar una risotada—, ya
tienes bastante con eso.
No pudieron evitar reírse. Al terminar de
desayunar, Gabriel y Sara recogieron la mesa y se prepararon para irse.
Salieron juntos de casa. Gabriel fue a
por la moto y llevó a Sara al centro de la ciudad. Después él se dirigió hacia
la redacción.
Conducía despacio, como si así pudiese
parar el tiempo. Apenas le quedaban unas líneas para terminar el artículo y
tenía tiempo de sobra. Dejó la moto en un aparcamiento frente al edificio donde
se encontraba la redacción y caminó hacia la entrada principal con la misma
parsimonia con la que había ido a parar allí.
Al entrar, levantó la mano para saludar al recepcionista y subió las escaleras
hacia las oficinas, esta vez, con algo más de energía. Encendió su ordenador
antes de poner las cosas sobre la mesa y saludó a Vanesa, la cual estaba
pendiente de todos los movimientos que hacía. Apenas pudo sentarse frente a su
escritorio cuando El Jefe asomó por la puerta de su despacho y gritó su nombre.
Parecía estar malhumorado, pero nada más lejos de la realidad, era su estado
permanente y Gabriel lo sabía, por lo que no se sobresaltó.
—Disculpe que no haya terminado el artículo, señor, tan sólo me quedan unas líneas y le prometo que lo tendrá en su mesa de inmediato —se disculpó Gabriel nada más entrar al despacho. El Jefe le miraba desde su asiento y, tras un breve silencio, se inclinó hacia delante, invitándole a sentarse— ¿Por qué me ha llamado, señor? —preguntó mientras se sentaba.
—Disculpe que no haya terminado el artículo, señor, tan sólo me quedan unas líneas y le prometo que lo tendrá en su mesa de inmediato —se disculpó Gabriel nada más entrar al despacho. El Jefe le miraba desde su asiento y, tras un breve silencio, se inclinó hacia delante, invitándole a sentarse— ¿Por qué me ha llamado, señor? —preguntó mientras se sentaba.
El Jefe se llevó un puro a la boca y lo
encendió con la misma delicadeza con la que acostumbraba. Tomó el puro en su
mano izquierda y se apoyó sobre la mesa.
Llevaba algún tiempo planteándose la
situación de Gabriel y había ensayado en varias ocasiones un pequeño discurso,
buscando siempre las palabras adecuadas para provocarle el menor de los
disgustos. Sabía bien que no aceptaría esa proposición, ni aunque fuera lo
mejor para él. Tras tomar aire, se dirigió a Gabriel.
—Estás haciendo un buen trabajo, mejor
que tu predecesor. Llegas a tiempo con las críticas, no gastas más de lo
necesario y realmente se te da bien escribir ese tipo de artículos. ¿Te sientes
cómodo en esa sección?
—…Si… —Gabriel quedó perplejo tras
escuchar las palabras de El Jefe. Lo cierto era que no esperaba tal alago.
—¿Qué te parece si, a partir de ahora, te
encargas tú de esa sección? —le consultó El Jefe.
—Le he dicho que estoy cómodo, no que
quiera escribir críticas de cine de por vida.
—Después de lo que pasó…, no esperes que
te lance a la calle de nuevo. Al menos, no tan pronto.
—Estoy más que preparado para volver a la
calle. No tiene nada que temer.
—Corriste demasiados riesgos —le
recriminó—, y no permitiré que ninguno de mis empleados se la juegue por un
artículo.
—Entonces, ¿qué significa para usted este
trabajo? A veces, hay que correr riesgos para ser el mejor, para lograr lo
mejor —se justificó—. ¿Sabe?, hay dos clases de periodistas, los que se la juegan
por descubrir la verdad para hacérsela llegar al mayor número de personas
posibles y los que se limitan a ver la historia pasar para después contar lo
que consideren oportuno. Usted ya sabe de qué tipo soy yo —sentenció.
El Jefe se quitó el puro de la boca y lo
aplastó contra el cenicero. Se levantó lentamente de su asiento y caminó hacia
una de las ventanas de su despacho.
Tomó aire y lo expulsó lentamente
mientras miraba por la ventana.
Las palabras de Gabriel le recordaron a él mismo cuando era joven. Tenía el
mismo ímpetu y las mismas ganas de descubrir la verdad que escondía toda
noticia. Y eso era lo que le hacía tan bueno en su trabajo.—Si no puedo hacer mi trabajo aquí, entonces será mejor que me vaya. —Concluyó Gabriel levantándose de la silla.
A El Jefe no le sorprendió la sentencia
del joven periodista. Tenía la certeza de que no iba del todo enserio, de que
sólo pretendía chantajearle para conseguir lo que quería. Aún así, no podría
negarle por más tiempo lo que tanto deseaba y, por otro lado, no podía
permitirse perder al mejor de sus efectivos por tal estupidez como la de no
dejarle hacer lo que mejor sabe hacer.
Se giró hacia Gabriel, que esperaba una
respuesta, y, tras un gran suspiro, se sentó de nuevo. Comenzó a rebuscar entre
algunos de los papeles que había sobre su mesa hasta encontrar un viejo
artículo que había recortado de otro periódico local.
—Esto es lo que puedo ofrecerte de
momento —dijo mostrándole el artículo a Gabriel.
—¿Un escritor? —contestó nada más leerlo—.
¿Pretende que entreviste a un escritor? —indignado; prosiguió—: ¿Ahora me
rebajo a ser un simple entrevistador?
Tras pronunciarse, tiró el papel sobre la
mesa y se dirigió hacia la puerta.
—¿No tienes curiosidad por saber el
motivo por el cuál te enseño esto?
Gabriel empuñaba el bombín de la puerta en
su mano derecha y estaba más que dispuesto a irse, pero le frenaron las
palabras de El Jefe y su propia curiosidad.
—Thomas Morrison no es sólo un
escritor —dijo El Jefe llamando aún más
la atención de Gabriel—. Durante años ha investigado a los asesinos en serie
que han actuado en Europa.
Gabriel guardó silencio, soltó el bombín
de la puerta y se giró hacia él. Su interés por este escritor había aumentado
considerablemente y El Jefe se percató de ello.
—Ha colaborado con las diferentes
autoridades de cada país para descubrir a estos asesinos —le explicó mientras
buscaba algo en uno de los cajones de su mesa—. Incluso ha escrito un ensayo o algo
así sobre el tema.
Encontró lo que buscaba y se lo dio a
Gabriel. Era un ejemplar del ensayo de Morrison.
Ni si quiera lo abrió, tan sólo se limitó
a mirar la cubierta del libro. Lo giró, buscando el título, y lo leyó en voz
baja: “El fin de la cadena. ¡Qué típico!”,
pensó, no pudiendo evitar mostrar un gesto de incredulidad.
—En un par de días vendrá a Almería a
ofrecer una conferencia. ¿Puedo contar contigo? —le preguntó El Jefe.
Continuará…
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