sábado, 3 de enero de 2015

La oscuridad en la luz-2X01-Un tal Thomas Morrison

Le despertó el olor a café.
La luz del sol entraba tímidamente por la ventana. Estaba amaneciendo. Puso los pies descalzos sobre el suelo, aún hacía algo de frío por las mañanas pero él ya estaba acostumbrado. Se puso el albornoz y salió del dormitorio.
Caminó, aún somnoliento, por el pasillo hacia la cocina, guiado por el olor a café. Y al llegar, allí estaba ella.
—¡Qué madrugadora! —exclamó al verla.
—Ya ves. Hoy tengo que hacer muchísimas cosas —dijo mientras ponía unas tortitas recién hechas en uno de los platos. Inmediatamente después, puso el plato en la mesa, sobre la que había sirope de dos clases, leche condensada, nata y azúcar—. Espero que te gusten.
—No tenías por qué…
—Claro que tenía —le interrumpió ella sonriendo.
—No, de verdad. No tienes por qué hacer esto —insistió.
Un incómodo silencio gobernó por un instante la cocina. Parecía haberse abierto una gran brecha en el suelo que, con lentitud, los distanciaba aún más.
La joven, visiblemente dolida por el desafortunado comentario de Gabriel, se quitó el mandil y lo dejó sobre la mesa para después dirigirse hacia la puerta. Pero Gabriel la detuvo asiéndola por el brazo.
—Perdóname… —se pronunció tras un breve silencio—. Debo…, debo volver a acostumbrarme a estas cosas. Sólo dame un poco de tiempo, Sara.
Gabriel la soltó. Y mientras ella se sentaba a la mesa, él se sirvió un par de tortitas sobre las que vertió sirope de chocolate.
—Sé que no podré reemplazarla y te aseguro que no es lo que pretendo —se sinceró—. Lo único que quiero es hacerte feliz, o al menos…, intentarlo.
Él la miro, en silencio, con total quietud.
Como todos, ella tenía razón. Gabriel había permitido que los fantasmas le guiasen por tempestuosos mares y ya llegaba el momento de que él mismo tomara el timón, de que viviera mirando al presente. Ya era hora de encontrar la felicidad.
Sonrió y la miró, al fin, a los ojos. “Todo saldrá bien”, le susurró. Apenas salió una palabra de sus labios y comenzó con el desayuno.
—Están muy buenas —dijo Gabriel con la boca llena—. ¿No vas a comerte ninguna?
—No. No es que me gusten mucho. Las he hecho por ti más que nada. Sé que te gustan.
—Gracias —dijo Gabriel tras sonreír, mirándola—. ¿Y qué vas a hacer hoy?
—Tengo que ir al centro a arreglar unos asuntos de papeleo y eso, y después al mercado a comprar unas cosas.
—¿Eso es todo lo que tienes que hacer?
—También tengo que cuidar de ti, que bastante es ya de por si… —le contestó ella burlándose.
—Sí —dijo tras dar una risotada—, ya tienes bastante con eso.
No pudieron evitar reírse. Al terminar de desayunar, Gabriel y Sara recogieron la mesa y se prepararon para irse.

Salieron juntos de casa. Gabriel fue a por la moto y llevó a Sara al centro de la ciudad. Después él se dirigió hacia la redacción.
Conducía despacio, como si así pudiese parar el tiempo. Apenas le quedaban unas líneas para terminar el artículo y tenía tiempo de sobra. Dejó la moto en un aparcamiento frente al edificio donde se encontraba la redacción y caminó hacia la entrada principal con la misma parsimonia con la que había ido a parar allí.

Al entrar, levantó la mano para saludar al recepcionista y subió las escaleras hacia las oficinas, esta vez, con algo más de energía. Encendió su ordenador antes de poner las cosas sobre la mesa y saludó a Vanesa, la cual estaba pendiente de todos los movimientos que hacía. Apenas pudo sentarse frente a su escritorio cuando El Jefe asomó por la puerta de su despacho y gritó su nombre. Parecía estar malhumorado, pero nada más lejos de la realidad, era su estado permanente y Gabriel lo sabía, por lo que no se sobresaltó.
—Disculpe que no haya terminado el artículo, señor, tan sólo me quedan unas líneas y le prometo que lo tendrá en su mesa de inmediato —se disculpó Gabriel nada más entrar al despacho. El Jefe le miraba desde su asiento y, tras un breve silencio, se inclinó hacia delante, invitándole a sentarse— ¿Por qué me ha llamado, señor? —preguntó mientras se sentaba.
El Jefe se llevó un puro a la boca y lo encendió con la misma delicadeza con la que acostumbraba. Tomó el puro en su mano izquierda y se apoyó sobre la mesa.
Llevaba algún tiempo planteándose la situación de Gabriel y había ensayado en varias ocasiones un pequeño discurso, buscando siempre las palabras adecuadas para provocarle el menor de los disgustos. Sabía bien que no aceptaría esa proposición, ni aunque fuera lo mejor para él. Tras tomar aire, se dirigió a Gabriel.
—Estás haciendo un buen trabajo, mejor que tu predecesor. Llegas a tiempo con las críticas, no gastas más de lo necesario y realmente se te da bien escribir ese tipo de artículos. ¿Te sientes cómodo en esa sección?
—…Si… —Gabriel quedó perplejo tras escuchar las palabras de El Jefe. Lo cierto era que no esperaba tal alago.
—¿Qué te parece si, a partir de ahora, te encargas tú de esa sección? —le consultó El Jefe.
—Le he dicho que estoy cómodo, no que quiera escribir críticas de cine de por vida.
—Después de lo que pasó…, no esperes que te lance a la calle de nuevo. Al menos, no tan pronto.
—Estoy más que preparado para volver a la calle. No tiene nada que temer.
—Corriste demasiados riesgos —le recriminó—, y no permitiré que ninguno de mis empleados se la juegue por un artículo.
—Entonces, ¿qué significa para usted este trabajo? A veces, hay que correr riesgos para ser el mejor, para lograr lo mejor —se justificó—. ¿Sabe?, hay dos clases de periodistas, los que se la juegan por descubrir la verdad para hacérsela llegar al mayor número de personas posibles y los que se limitan a ver la historia pasar para después contar lo que consideren oportuno. Usted ya sabe de qué tipo soy yo —sentenció.
El Jefe se quitó el puro de la boca y lo aplastó contra el cenicero. Se levantó lentamente de su asiento y caminó hacia una de las ventanas de su despacho.
Tomó aire y lo expulsó lentamente mientras miraba por la ventana.
Las palabras de Gabriel le recordaron a él mismo cuando era joven. Tenía el mismo ímpetu y las mismas ganas de descubrir la verdad que escondía toda noticia. Y eso era lo que le hacía tan bueno en su trabajo.
—Si no puedo hacer mi trabajo aquí, entonces será mejor que me vaya. —Concluyó Gabriel levantándose de la silla.
A El Jefe no le sorprendió la sentencia del joven periodista. Tenía la certeza de que no iba del todo enserio, de que sólo pretendía chantajearle para conseguir lo que quería. Aún así, no podría negarle por más tiempo lo que tanto deseaba y, por otro lado, no podía permitirse perder al mejor de sus efectivos por tal estupidez como la de no dejarle hacer lo que mejor sabe hacer.
Se giró hacia Gabriel, que esperaba una respuesta, y, tras un gran suspiro, se sentó de nuevo. Comenzó a rebuscar entre algunos de los papeles que había sobre su mesa hasta encontrar un viejo artículo que había recortado de otro periódico local.
—Esto es lo que puedo ofrecerte de momento —dijo mostrándole el artículo a Gabriel.
—¿Un escritor? —contestó nada más leerlo—. ¿Pretende que entreviste a un escritor? —indignado; prosiguió—: ¿Ahora me rebajo a ser un simple entrevistador?
Tras pronunciarse, tiró el papel sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta.
—¿No tienes curiosidad por saber el motivo por el cuál te enseño esto?
Gabriel empuñaba el bombín de la puerta en su mano derecha y estaba más que dispuesto a irse, pero le frenaron las palabras de El Jefe y su propia curiosidad.
—Thomas Morrison no es sólo un escritor  —dijo El Jefe llamando aún más la atención de Gabriel—. Durante años ha investigado a los asesinos en serie que han actuado en Europa.
Gabriel guardó silencio, soltó el bombín de la puerta y se giró hacia él. Su interés por este escritor había aumentado considerablemente y El Jefe se percató de ello.
—Ha colaborado con las diferentes autoridades de cada país para descubrir a estos asesinos —le explicó mientras buscaba algo en uno de los cajones de su mesa—. Incluso ha escrito un ensayo o algo así sobre el tema.
Encontró lo que buscaba y se lo dio a Gabriel. Era un ejemplar del ensayo de Morrison.
Ni si quiera lo abrió, tan sólo se limitó a mirar la cubierta del libro. Lo giró, buscando el título, y lo leyó en voz baja: “El fin de la cadena. ¡Qué típico!”, pensó, no pudiendo evitar mostrar un gesto de incredulidad.
—En un par de días vendrá a Almería a ofrecer una conferencia. ¿Puedo contar contigo? —le preguntó El Jefe.


Continuará…

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