Amparo no interpretaba un papel, no hacía de un persona. Lo era. Ella se cubría con la piel de sus personajes hasta el punto de lograr interpretaciones creíbles y dignas. Su labor sobre los escenarios o sobre una cámara iba más allá de actuar. Ella era capaz de transmitir una serie de sentimientos con tan sólo un gesto o un ademán, con una sola frase. Algo con lo que otros muchos sueñan. Ha sido admirable en cada uno de sus trabajo y quienes hemos podido disfrutar de ella la recordaremos con cariño, como ese que repartía mediante collejas o pura ironía en 7 Vidas.
Todos nos quedamos un poquito huérfanos al perder a una grande, a una de esas artistas que es capaz de sobrevivir al tiempo y a la ausencia, que se clava en el pensamiento colectivo de varias generaciones para sobrevivir a las tempestades del tiempo.
Adiós, Baró. Descansa en paz.

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